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AMADOR ROJAS, BAILAOR FLAMENCO. ENTREVISTA
“Me gustaría que el flamenco
estuviera en los estadios”
Silvia Calado. Madrid, abril de 2011
Amador Rojas se inspira en el círculo mágico del ‘mandala’ para iniciar su viaje en solitario. Tras ser presentado ante el gran público por su mentor Antonio Canales, tras ponerse en la piel de Frida Kahlo, tras ser parte del cuerpo de baile de Eva Yerbabuena, tras encarnar a Hipólito en ‘Fedra’… el bailaor sevillano toma las riendas de su carrera en solitario. Y lo hace blandiendo el arma de la libertad. Ni quiere estar atado al pasado, ni a los cánones, ni a las coreografías, ni a los ensayos. El escenario, dice, es el espacio en el que se trasforma y la atalaya desde la que mira a lo lejos. ¿Por qué no un musical en Broadway? ¿Por qué no un baile con Beyoncé? ¿Por qué no soñar con que el flamenco esté en grandes estadios?
¿Cuál es tu propuesta en ‘Mandala’?
‘Mandala’ es, para mí, un círculo sagrado en cuyo centro está la cultura. Yo soy bailaor flamenco y para que el público me vea bailar flamenco después de interpretar personajes en otro tipo de espectáculos, simplemente quiero utilizar los diferentes palos para llevarlos por el alma pasando por diferentes culturas -india, tibetana, africana...- y quedarme en la cultura flamenca. Quiero dar una vuelta de colores y de emociones por diferentes palos.
¿Y cuáles son esos palos?
Bailo por soleá, por alegrías, por farruca… pero no guardando los cánones, sino llevándolos a la emoción y dándoles un color diferente. Que, por ejemplo, con una farruca veas como una balada, como una media noche... Se trata de que se respire. Los distintos colores van simbolizando el estado de ánimo de la persona. Y el flamenco no es un arte de efecto, que es lo que se busca hoy en día. Yo sé que la gente con el sudor y un pelo largo y un taconeo muy exagerado, va a aplaudir. No estoy descubriendo nada, me voy mucho tiempo atrás, haciendo como un movimiento que puede ser modernista, un poco de interpretación, contemporáneo, clásico español… no se puede enfocar muy bien porque yo soy libre al expresarme. Por eso lo que me sirve para bailar no son ocho horas de estudio, sino conocerte, ver de dónde vienes, qué te conmueve. Eso me lo quedo y puede haber en el escenario una milésima de segundo en la que eso sale. Eso no es parte de mí, eso es parte del flamenco. Quiero dar a entender que el flamenco es una cosa más profunda y es por lo que el mundo entero se enamora de él.
¿Con qué elementos configuras ‘Mandala’?
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“Hay que recordar de dónde se viene, para decidir a dónde vamos”
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‘Mandala’ es muy individual porque bailo solo con guitarra, violín, percusión, una voz masculina y una voz femenina. Son pocos elementos, para que se entienda muy bien que no se trata de ver la coreografía ensayada, sino ver cómo se hablan el baile y la guitarra, cómo se esperan el uno a la otra, qué se transmiten y qué se cuentan el baile y la música. Hay que recordar de dónde se viene, para decidir a dónde vamos. Después de todas las moderneces que se han hecho, ya no es moderno sacar una guitarra eléctrica, por ejemplo. Ya lo hicieron Camarón o Raimundo Amador hace treinta años. Es fácil relativamente bailar así hoy, pero también hay que recordar que hay que bailar con una guitarra o un piano o con lo que sea, pero directo. Y saber qué se quiere contar y qué es ese movimiento.
Aunque en otros momentos sí que has participado en espectáculos con montaje, coreografía, dirección, argumento…
Claro, como cuando hice ‘Fedra’ de Miguel Narros montado por Javier Latorre y con música de Enrique Morente, que en gloria esté. Y también ‘Kahlo Caló’, ‘Bernarda’ Alba con Antonio Canales… Son montajes con argumento, con una historia literaria, vale. Pero cuando bailo yo, lo mismo no es interesante sólo decir que te voy a bailar por soleá, pero sí contarte desde dónde voy a enfocar yo para contarte esa soleá, cuál es mi mundo.
Y con ese título, ¿intervienen músicas como la hindú?
Que no se espere la gente un espectáculo de Bollywood; es flamenco. Hay un violín, una guitarra, una percusión y cante. Hay un tema en playback con el que se abre el espectáculo, de percusión más hindú. Hago una fantasía del mandala, busco de dónde parte el movimiento, hago referencia a shiva, la diosa hindú de la danza, para ver hasta dónde podríamos remontarnos. Dicen que el camino de los gitanos parte de la India; yo me he basado en eso. Y acaba en Andalucía y en un baile por soleá.
¿Qué músicos te acompañan?
En la guitarra están Jesús de Rosario y su hermano Aquilino, que es otro fenómeno. Esta familia no para de soltar genios. Para mí es una de las guitarras más elegantes y más hondas con las que puedo contar. Cierro los ojos, lo escucho y no estoy en el escenario, eso es lo que me inspira. Viene Luis Amador que, después de escuchar a su padre toda la vida, fíjate todos los ritmos que tiene ese niño en la sangre, siendo de la familia de Pata Negra. Yo me he criado escuchando eso. Nos comprendemos muy bien y me da mucha confianza. Está Antonio Núñez ‘El Pulga’ de Cádiz que, para mí, es de los mejores cantaores para bailar. Adriana es una niña rusa con un violín súper técnico. Siempre intento llevar conmigo a gente de diferentes sitios, que es lo que quiero dar a entender con ‘Mandala’, que puedes venir de la cultura que vengas, de Sevilla con Pata Negra, de Madrid con Caño Roto, de Rusia, del pueblo de Los Palacios… y convivir.
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“Me apasiona conocer el mundo del espectáculo”
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Amador hace un alto para contar que en su familia le dicen que cómo se mete en líos como “interpretar a la mujer mexicana esa, cuando con un pañuelo de lunares y un traje de chaqueta me podía poner a bailar por bulerías”. Y recuerda lo difícil que fue aquel ‘Kahlo Caló’ que dirigió Rafael Estévez: “Ha sido el trabajo interpretativo de mi vida”. Después llegó ‘Fedra’ con su amplia gira nacional. Y por eso ahora “quería hacer algo en solitario, individualista, ni grandes producciones, ni grandes elencos, sino llevarlo todo al mínimo, pero intenso”. ‘Mandala’ lo estrenó en su pueblo hace dos años, aunque vinieron otros proyectos y lo aparcó. Así que su paso ahora por la Gran Vía, donde ya actuó en ‘Los Grandes’ de Antonio Canales junto a Nani Paños y Pastora Galván, es su debut en la capital: “Llevaba esperando este momento toda mi vida”. Aunque ahora su residencia no está aquí, sino en Barcelona. Allí está en cartel a diario en un cabaret recientemente reinaugurado. “Me apasiona conocer el mundo del espectáculo, como estoy haciendo ahora en El Molino. ¿Te imaginas a un flamenco en Broadway protagonizando un musical? Me encantaría…”.
¿Y es compatible el flamenco con el musical o con el cabaret?
Los artistas tenemos dentro el mismo lenguaje. Por eso Diego el Cigala hizo ‘Lágrimas negras’, Camarón cantó con una orquesta sinfónica, Pitingo canta ‘Killing me softly’, Buika… El flamenco tiene que abrirse y llegar a todos los hogares de España… y de Australia. Y más ahora que es Patrimonio de la Humanidad. No es otra cosa, es lo mismo. Para mí el flamenco es la vida, una relación entre distintas personas. Yo he bailado con Lola Greco, que viene del mundo clásico y yo de mi casa, de Sevilla. Nunca he estudiado clásico. Mi formación es trabajar con estos fenómenos, así adquiero el baile.
¿Qué papel ha jugado Antonio Canales en tu carrera?
Antonio Canales ha sido el único artista que me ha puesto a su lado y me ha dado la oportunidad de presentarme al gran público, diciendo cómo me llamo y cómo bailo. No quiero dejar de lado a nadie, porque he aprendido con todos los artistas con los que he trabajado. Mi escuela ha sido trabajar con artistas, que son quienes me lo han enseñado todo. ¿Mi maestro? Pocos me han cogido de la mano y me han puesto un paso. Sí me han cogido de la mano y me han puesto con ellos a bailar en el escenario. A ellos les tengo que agradecer subirme a un escenario y darme esa libertad, porque para mí el baile ya no es que sea mi vida, sino que es mi manera de ser. Sólo puedo expresarme bailando. Si no fuera bailaor flamenco, no sería ni carpintero, ni diseñador, ni... sería bailarín de otra cosa, seguro.
¿Y todo esto cómo se plasma coreográficamente?
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“No se pueden revivir los dramas del pasado, eso es mentira”
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Todos los días no bailo igual. Los que trabajan conmigo lo saben, por eso cojo músicos que me pongan. Yo me conozco. Bailo dentro de dos días y sé que mañana estaré tan tranquilo. Más que ensayar, tengo que cuidarme de la cabeza, del corazón y dejarme llevar. Tengo muchos espectáculos en la cabeza y este lo quiero soltar ya. Va sobre la vida, sobre qué es el flamenco, sobre las emociones y la sinceridad del alma, sobre la naturalidad de cada palo, que en sí es una manera de vivir: un baile te está contando su época. Tú no puedes bailar hoy el mismo el drama que sentía una bailaora de un café cantante. Sí se puede hacer un trabajo retrospectivo, pero no se pueden revivir los dramas del pasado, eso es mentira. A mí me gusta mirar hacia delante, pero no hacia lo mío, sino lejos, muy lejos.
La mirada la dirige entonces hacia el infinito y empieza a soñar sin límites… Y los derriba todos, desde los musicales a los dancísticos, pasando por los espaciales y los de su raza. “La música es rica, pero no la fusión, sino la mezcla. Me gustan el blues, el jazz, el tango… Todo eso me conmueve siendo gitano. Si no me abro o no pretendo conocer, si sólo bailara por soleá y la música de mis antepasados, la música flamenca tendría los días contados. El flamenco es la cultura de un pueblo, pero no por eso ha de ser retrógrada, es una cultura que mira al futuro”, reflexiona en voz alta. Y recuerda que en Jerez le preguntaron una vez que con quién le gustaría bailar. La respuesta fue Beyoncé. “¿Por qué no? Mira Prince, en su vestuario se llegó a inspirar en nuestros antiguos bailaores. Yo quiero enfocar el flamenco de modo que la gente joven lo vea moderno. Me gustaría que el flamenco no fuera para cuatro o cinco, sino que estuviera en los estadios”.
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