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Carmen Amaya. 1963".
El
adiós.
Carmen Amaya, cansada
de su constante ir y llegar de un lugar a otro, quería comprarse una casa
para que fuese el hogar definitivo. Había, además, comenzado a sentir
los efectos de la grave enfermedad que la aquejaba, insuficiencia renal. Alguien,
un día, le mostró la fotografía de una masía de Begur.
Nada más verla dio orden inmediata de comprarla. Desgraciadamente no pudo
disfrutarla demasiado.

Fotografía por Colita
El 19 de noviembre
de 1963 muere en Begur, en su masía de Mas Pinc. Queda en el recuerdo su
arte aislado y solitario. Y el fuerte sabor dramático de su imagen de diosa
de fuego y bronce desafiante.
Carmen Amaya fue
la gran sacerdotisa del más difícil, oscuro y hermoso rito. Su baile
arrasaba cuanto se le oponía y sobre los escenarios, noches y noches, con
sus brazos, con sus pies, con todo su cuerpo y su alma toda, había ido
expresando todo un volcánico modo sin par de sentir, de hacer y de crear
el baile. Nadie antes, ni después, había alcanzado a transmitir
a los públicos tan fuertes descargas de energía electrizante. Sólo
ella - cuarenta kilos de peso repartidos en apenas metro y medio de estatura -
lograba el milagro de la comunión perfecta con sus movimientos violentos,
borrascosos, volcánicos y atávicos de inconmensurable belleza. Aún
ahora, en el sueño eterno, sigue bailando por las azoteas del viento.

Fotografía por Colita
Francisco
Hidalgo Gómez
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