Carmen Amaya:
Biografía, discografía, RealAudio y comentarios de los lectores.


Manuel Torre
"Manuel Torre"


VV/AA
"I Concurso de Cante Jondo"

 

 

 



 
Reina de las gitanas:
Vida y leyenda de Carmen Amaya

Parte 2. Sabicas, Ramón Montoya, El Niño de Huelva.

Extracto del libro "Queen of the Gypsies" de Paco Sevilla (edición original en inglés).

Publicamos algunos fragmentos de este libro, en el que además de la vida de Carmen Amaya se comentan numerosos aspectos de otros personajes del flamenco. Traducción al español para Flamenco-world.com por Oscar Palmer.

Hablando sobre aquellos que le habían inspirado durante sus primeros años, Sabicas dijo: "Había dos guitarristas que me gustaban mucho. Eran sin lugar a dudas los mejores de su tiempo: Ramón Montoya y El Niño de Huelva. El primero en el flamenco clásico y el segundo en su vertiente gitana. Me encanta oírles, escuchar sus discos. Solía decirme a mí mismo: «¡Ojalá yo pudiera tocar así!». Les admiraba muchísimo. Les escuchaba, pero nunca les imité. Desde que empecé a tocar siempre lo he hecho a mi manera. Tocaba lo que me sonaba bien, y parece que también les sonó bien a los demás. Por eso seguí haciéndolo a mi estilo y continué estudiando guitarra. La guitarra, por supuesto, es muy voluble, y siempre has de estar con ella, todo el tiempo que puedas. E incluso eso no basta. A veces, después de haber estado practicando un tema durante horas, sigues cometiendo fallos. Y te preguntas «¿Por qué me he equivocado? Tengo los dedos bien, ¿por qué? La guitarra siempre me ha parecido algo muy difícil»".

Sabicas siempre afirmó haber sido autodidacta. Con irrefutable lógica gitana, dijo: "Nunca he tenido un maestro en mi vida. La prueba de eso es que tengo un hermano al que nunca he sido capaz de enseñarle una sola melodía. No sé cómo enseñar, y por eso nunca he dado lecciones, porque nadie me enseñó nunca nada"

A pesar de las afirmaciones de Sabicas, resulta evidente que aprendió muchísimo de los guitarristas que le rodeaban, especialmente de Ramón Montoya y Manolo de Huelva. Gran parte del estilo de Sabicas en el uso de la mano izquierda, los trémolos y los arpegios líricos puede ser rastreado hasta Montoya, mientras que el modo de usar el pulgar y muchos de sus pasajes melódicos están claramente tomados, de un modo más o menos directo, de Manolo de Huelva. Según Sabicas, "El más creativo de todos fue Ramón Montoya. Fue el mejor guitarrista de su tiempo. De todos modos, no todo lo que tocaba era suyo. El sesenta o el setenta por ciento lo tomó de otros, y contribuyó con un veinte o un treinta por ciento de lo suyo. Y luego, claro, le daba su propia gracia, su sello, ese modo suyo de hacer el arpegio y el trémolo, a su gusto. Sus arpegios y sus trémolos eran maravillosos. No tocaba en un estilo puramente gitano, pero tocaba muy bien, y por supuesto fue el mejor de su tiempo".

Al hablar de sus influencias primerizas, Sabicas mencionó el nombre del guitarrista más enigmático de la historia del flamenco: Manolo de Huelva. A Manolo y a Ramón Montoya se les suele mencionar a menudo en la misma frase, y habitualmente se les suele comparar, puesto que representan dos escuelas paralelas de guitarreo. Montoya era un gitano de pura cepa, mientras que el de Huelva no tenía ni una sola gota de sangre gitana en las venas La ironía está en que el gitano, Ramón, seguía un estilo melódico y muy payo que empleaba adornos floridos y ritmos libres para crear una música reposada y ornamental. Acompañó a menudo a los dos cantaores payos más importantes del momento, Antonio Chacón y el trovador Pepe Marchena. Manolo de Huelva, por otra parte, acabó por representar el epitome del estilo más gitano, intenso y rítmico, mientras que acompañó a menudo al impredecible y oscuro cantaor gitano Manuel Torre.

Los dos no podrían haber sido más distintos. Ramón era extrovertido, ególatra y exhibicionista. En al menos una ocasión dejó a La Niña de los Peines con la boca abierta mientras atraía a la multitud a sus pies para que aplaudieran su recital privado a mitad de los versos de la cantaora. Manolo, introvertido y reservado, siempre subyugaba su guitarra a las necesidades del cante. Las cualidades que tenían en común incluían un desmesurado amor por su música, orgullo de sus habilidades, un don para la composición y una conducta elegante y caballerosa que les ganó el respeto de todos los que les conocieron.

Manolo de Huelva, inteligente y atractivo, con la presencia de un maestro de escuela, creó un estilo de guitarreo que influyó en todos los guitarristas que le siguieron, sin embargo no dejó ninguna escuela. Se mostraba muy reservado en lo que concernía a su arte y por lo tanto realizó muy pocas grabaciones, se negó a enseñar a nadie y, a medida que se fue haciendo mayor, se negó a tocar en presencia de otros guitarristas. Llegó hasta tal extremo que en una actuación pública solicitó que se pusiera un telón frente a él para que no se le viera. Pero no siempre fue así.

Manuel Gómez Vélez llegó al rojo y deslumbrante mundo de Riotinto, Huelva, el 16 de noviembre de 1892. Apareció, delgado y debilucho, media hora antes que su robusto hermano gemelo Aurelio. No había demasiadas esperanzas de que Manuel sobreviviera, pero se agarró con tenacidad y consiguió crecer a la vista del agujero infernal, el monstruoso pozo abierto que era la mina de cobre de Riotinto. Los vapores del sulfuro envolvían la dentada montaña del cobre en un velo de humo asfixiante, mientras el envenenado y mortal Río Tinto se arrastraba pesadamente a través de montañas de escoria y lava, manchando y corrompiendo todo lo que tocaba. Con ocho años, Manuel y su familia huyeron de aquel infierno para acudir a Huelva capital.

Manuel había ido dos años a la escuela, y había aprendido a leer y a escribir en una caligrafía clara y agradable. Fue aprendiz de sastre y se especializó en el arte de cortar la tela. Más tarde, siempre se haría sus propios trajes y nunca dejó de ir elegantemente vestido. En una ocasión, le dijo al guitarrista Manuel Cano: "¿Has visto lo bien que toco la guitarra? ¡Pues solía hacer mucho mejor las solapas de las chaquetas!".

Para cuando tuvo siete años, Manuel ya había empezado a acompañar a cantantes locales aprendiendo los variados estilos de fandanguillos tradicionalmente asociados a la provincia de Huelva. No se sabe a ciencia cierta cómo aprendió a tocar, pero para cuando llegó a Sevilla en 1910 ya se había convertido en un virtuoso. Las declaraciones que reproducimos a continuación, indican que también era un profundo conocedor del cante:

"Los polos son las canciones más antiguas. Todos los viejos me dijeron lo mismo cuando yo era niño. La primera vez que los oí fue en boca del cantaor más viejo que yo haya conocido, Antonio Silva El Portugués, español y de Sevilla, pese a que Silva sea un apellido portugués. Le conocí en Huelva, cuando acababa de aprender el oficio de sastre. Mi padre le invitó a casa y Antonio se trajo su guitarra. Aquella fue la primera vez que oí los polos".

"Cuando llegué a Sevilla en 1910 y me convertí en guitarrista profesional, había tres cantaores Sevillanos del barrio de Triana que cantaban polos. Se llamaban Pepe Villalba, Fernando el Herrero y Rafael Pareja, ninguno de ellos era gitano. Otros que cantaban polos eran Antonio Chacón y Diego Antúnez, un cantaor gitano de Sanlúcar de Barrameda. Al tocar para estos hombres aprendí a acompañar estos cantes con su ritmo exacto. Pero a partir de 1920 la nueva generación de cantaores no siguió cantando polos; se dedicaron a otros cantes".

Manuel sugiere de este modo que su padre, artesano de oficio, demostraba un fuerte interés por el flamenco, –¿Por qué, si no, se prestaría un prestigioso cantaor como El

 

Portugués a visitarle en su casa– y es posible que incluso tocara la guitarra. El mismo año en el que Manuel llegó a Sevilla, la revista Nuevo Mundo publicó una foto suya, revelando a un chico de diecisiete años muy atractivo e impecablemente vestido que sostenía su guitarra al estilo de los guitarristas clásicos: el instrumento descansando sobre su muslo izquierdo, y con la pierna elevada sobre un pequeño taburete. Otra pista que revela que Manuel se dedicaba en aquel entonces a la música clásica es la ausencia de una cejilla en el mástil de la guitarra. El pie de foto reza así: "Manuel Gómez Vélez, concertista de guitarra cuya prodigiosa ejecución se ha convertido en objeto de cálidos elogios tanto del público como de la prensa de Sevilla, ciudad en la que ha ofrecido notables conciertos".

Evidentemente, Manolo no tenía reservas a la hora de tocar solos en público incluso a tan temprana edad. En una ocasión afirmó que se sabía dieciocho composiciones clásicas. En otra ocasión, bastantes años después, le dijo al cantaor Luis Caballero: "Vamos abajo. Quiero que me oigas tocar. Voy a hacer que la guitarra viaje por Albéniz y Falla". Manolo también interpretaba piezas de Bach y Scarlatti y "el trémolo de Tárrega [con casi total seguridad se refiere al conocido Recuerdos de la Alhambra, una pieza que requiere del uso de la clásica técnica del trémolo de tres dedos]".

En algún momento de 1913, antes de que Manolo se hiciera realmente conocido, Aurelio de Cádiz, que todavía no era cantaor profesional, dijo que un amigo le había dicho que "hay un chico aquí que toca muy bien la guitarra... ¡Toca en un estilo más flamenco que tu puñetera alma!".

"¿Cómo se llama?"

"El Niño de Huelva."

"¡Bueno, pues vamos a verle!"

Aurelio cantó acompañado por Manolo y predijo que el joven se convertiría en un fenómeno. Más tarde, Aurelio siempre llevaría consigo a su guitarrista favorito, José Capinetti, a todas partes excepto a Sevilla, donde siempre actuaría junto a Manolo de Huelva. No le interesaba Ramón Montoya, del que pensaba que se daba demasiada importancia. En una ocasión dijo: "El mejor era el Niño Huelva. Montoya tocaba a su manera. Era un fenómeno, pero un fenómeno por sí mismo".

Los datos históricos referentes a los siguientes diez años de la vida de Manolo son bastante vagos. Prefería tocar en fiestas privadas, aunque no rehuía las actuaciones en público. Mantuvo una estrecha relación con La Niña de los Peines y su familia, y se convirtió en un favorito tanto de Chacón como de Manuel de la Torre. Mientras actuaba en los cafés Novedades y El Kursaal de Sevilla, tocó para Antonio de Bilbao, diciendo de él que era el maestro del zapateado. Su prestigio siguió aumentando. El guitarrista clásico Andrés Segovia, siendo aún joven, oyó tocar a Manolo y dijo: "La última vez que le oí fue estando con unos amigos en la inauguración de un pequeño hotel en Alcalá de Guadaira, cerca de Sevilla, y Manolo de Huelva estaba acompañando a Manolo de Jerez [Torre]... que cantaba las siguiriyas mejor que nadie, salvo La Niña de los Peines... Manolo de Huelva toco con mucha simpleza, muy flamenco, como debe ser... Su toque era simple, emocional y expresivo. Era un aventajado seguidor de Paco de Lucena. Sí, Manolo de Huelva era el mejor cuando yo era joven".

 
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