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"Carmen
Amaya. 1963".
Su
baile
Se ha dicho que
era la antiescuela, la antiacademia y es verdad que Carmen Amaya prodiga el nervio
y la velocidad; que rompe el quietismo anterior de las bailaoras y, sin embargo,
seguía al pie de la letra la estructura de los bailes tal y como eran entonces,
y presumiblemente con anterioridad. Su manera de bailar puede parecernos anárquica,
intuitiva, pero sólo lo es en apariencia. Es cierto que no pisó
academia alguna, incluso Sebastià Gasch y Vicente Escudero convencieron
a su padre de que no la llevara a una. Y es que no lo necesitaba, la escuela la
tuvo en su casa.

Fotografía por Colita
Carmen Amaya se
crió entre buenos flamencos que, además, la enseñaron. Su
madre, que bailaba muy bien, aunque no pudo dedicarse por la cantidad de hijos
que tuvo. Su tía, La Faraona, excelente bailaora, y su padre completó
la enseñanza con unas clases durísimas de hasta seis horas seguidas.
Carmen Amaya marcó
la diferencia con ese baile suyo que parecía concebido más como
necesidad espiritual y estética que como mero ejercicio profesional. Baile
singular, a contracorriente, que desconcertó a todo el mundo y que revolucionó
los conceptos del baile flamenco del momento, abriendo un nuevo horizonte de ilimitadas
perspectivas.

Fotografía por Colita
Su baile es la
interpretación más violenta y de mayor fuerza que se ha hecho del
flamenco. Dramáticas contorsiones, impresionantes desplantes. Temperamento
que la abstrae de todo lo que la rodea y que hace que el tiempo se detenga para
quien la ve, que hace que se pierda todo sentido de la propia existencia exterior.
Sólo se rige por su inspiración. Nerviosidad y celeridad en sus
zapateados - nunca nadie hasta hoy ha logrado un zapateado a su velocidad -, en
los brazos que mueve incansablemente, en las violentas sacudidas de cabeza, en
la expresión de su cara.

Fotografía por Colita
Se iban los ojos
detrás de aquel huracán que parecía iba a desbordar el escenario.
Donde había una vuelta daba dos, y violentas. El baile de Carmen, sin embargo,
era un baile serio a pesar de la turbulencia que la rodeaba. Su compás
era de acero, con un sentido prodigioso del ritmo, con un tempo rigurosísimo,
que deleitaba por su perfecta exactitud en un torbellino de movimientos. Nunca
nadie ha dado las vueltas como ella, con tanta rapidez como perfección,
haciéndolas todavía más difíciles cuando se permitía
su formidable vuelta quebrada hacia atrás que nadie más que ella
ha hecho. Improvisaba a menudo, siempre creaba algo sobre la marcha, y de pronto
sincronizaba con los demás con una llamada que invitaba a pararse en el
momento más crucial. Carmen poseía el dominio más absoluto
del son, combinando el de planta con el de golpe y tacón. Su ejecución
del redoble hacia atrás en el zapateado, el taconeo acompasado, fue única
y perfecta.
Su repertorio no
fue en absoluto tan corto como algunos nos han querido hacer creer. Bailaba muy
frecuentemente soleá, bulerías, taranto, alegrías, siguiriyas,
fandangos y un garrotín que era un tornado, un compendio de todas sus habilidades
en tono mayor. Primero hacía el son con los nudillos sobre una mesa con
un sonido seco que llenaba todo el espacio. Luego las palmas y el zapateado conjunto
a velocidades frenéticas. Los brazos gesticulaban febrilmente pasando y
repasando delante de la cara, vueltas dobles que cortaba en seco con el consiguiente
revuelo de la falda y mucha furia en el rostro. No cabía más, la
bailaora era todo energía y parecía que en vez de quemarla, con
el baile la generaba.
Era un baile hecho
a conciencia, un esfuerzo físico total, consecuente con su responsabilidad,
se entregaba en cuerpo y alma. Era digno, sus movimientos no cayeron en lo grotesco,
ni siquiera las vueltas que se acercaron a lo acrobático provocaron un
mal gesto en el espectador. Técnicamente perfectos terminaban con una parada
en seco como no se había visto jamás.
Cultivó
una faceta esencial del flamenco, la introversión basada en el movimiento
continuo de los brazos que llevaba hacia dentro; en la última etapa de
su vida lo acentuó cerrando los puños y apretando los brazos contra
el cuerpo como puede verse en alguna secuencia de Los Tarantos.
No obstante su
alta participación en películas, ella misma dijo que: "Bailar
en el cine nunca es completamente genuino. Todo esta calculado, medido, pensado
desde el principio. El teatro es otra cosa: soltura, emoción pura. Baile
flamenco, vaya".
Francisco Hidalgo
Gómez
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