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Blanca del Rey, bailaora
de flamenco. Entrevista (1)
El tablao. Flamenco al desnudo
Silvia Calado. Madrid, septiembre de 2006
Fotos: Daniel Muñoz
El nombre de Blanca del Rey está
ligado al de un lugar, El Corral de la Morería. El
tablao madrileño, el más veterano, cumple
cincuenta años. Una efeméride que, por
cosas del destino, ha coincidido con el fallecimiento de
su fundador Manuel del Rey, marido de la bailaora. Las dos
circunstancias hacen especialmente emotiva una conversación
sobre la historia de la sala, sobre su idiosincrasia, sobre
su papel en el último medio siglo de vida del flamenco.
Blanca del Rey no titubea al afirmar rotundamente que “El
Corral de la Morería no es un tablao, es... el tablao,
un templo”.
Blanca del Rey y el mantón
(Foto: Daniel Muñoz) |
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¿Cuál es la seña
de identidad de El Corral de la Morería?
Si entras en el Corral de la Morería
percibes algo muy especial. Morería no es un tablao,
es el flamenco al desnudo. Ahí se suben las escaleras
y como no tengas talento, no enamoras al público.
Y eso es difícil. A veces, los escenarios te lo dan
todo, te arropan las luces, te arropan un montón
de cosas. Salir de cajas es ya entrar en un lugar donde
todo está proyectado para ayudarte. Morería
es el flamenco desnudo y ahí se produce el silencio
más impresionante que pueda existir. Cuando la cosa
es de verdad, el público hace de aquello un altar.
A mí me encanta bailar en Morería porque no
es un tablao, es el tablao, es un templo. Y tiene algo,
esas energías de todos esos grandes artistas que
están ahí. Por ahí ha pasado lo más
grande del cante, del baile y de la guitarra. Recuerdo el
debut de Antonio
Gades, que le decía a mi marido antes de salir,
mientras le caía el sudor por la frente, “o
triunfo aquí o me hundo”. Es un escenario muy
difícil, pero es el escenario del encuentro contigo
mismo y con la esencia del flamenco.
Y ha sobrevivido a la crisis de
los tablaos...
Había catorce tablaos en Madrid
y quedan tres o cuatro. Morería ha continuado por
la labor de mi marido, Manuel del Rey, con una entrega diaria
de incalculable valor. También hay que saber descubrir
a los talentos y luego esa manera cordial que tenía...
Era el último romántico del flamenco, por
eso todo el mundo lo quiere y lo echa de menos.
Siempre ha habido un criterio de
descubrir a nuevos valores, ¿no?
Exactamente. Como el flamenco no tiene
protección de ningún tipo, dentro de lo que
nosotros podemos hacer, está el apoyar a los nuevos
valores. Y es que en España hay mucho talento, pero
también hay un abandono muy grande por parte de las
instituciones. Los tablaos debían tener si no una
subvención, sí una consideración cultural
para no tener tanto gravamen de impuestos. Y no es así.
Hay que querer mucho lo que haces.
¿Cómo se lucha contra
la creencia de que el tablao es para turistas?
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Blanca del Rey y el mantón
(Foto: Daniel Muñoz) |
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Esa frase empezó a nacer cuando
se llevaban los espectáculos a las salas de fiestas
de los sitios de veraneo, a las playas. Y luego no entiendo
por qué se lo adjudicaron a los tablaos. ¿Dónde
ves flamenco por derecho al desnudo? Por que veas un tablao
en el que no se preocupen demasiado por qué tienen
que contratar al no estar en manos de gente que entienda,
el resto de los tablaos tienen un criterio. Y es injusto.
Cuando viajo, si quiero ver danza hindú, voy a sitios
donde den danza hindú. Y si soy o no turista no es
relevante. Si voy a Nueva York me voy a los sitios de jazz.
¿Lo hacen para turistas? Allí estás
viendo extranjeros y nativos, aunque quizás haya
más extranjeros porque al tenerlo más cercano,
no se va. ¿Cuántos españoles van a
El Prado? Morería atrae a mucho público local,
un cuarenta por ciento.
¿Qué momentos especiales
destacas de tu trayectoria en el tablao?
Muchos. Cuando estuvo Maurice Béjart,
que luego me contrató para hacer ‘Carte Blanche’
en Italia. Cuando estuvo Yehudi Menuhin, que también
me contrató para hacer ‘Del sitar a la guitarra’.
Cuando estuvo Delors, que íbamos a entrar en la Comunidad
Europea y de allí salió eufórico. Al
poco tiempo el ministro italiano Lorenzo Natali y él
decidieron que fuera yo la que representara a la danza en
la Comunidad Europea, algo muy importante para mí.
Cuando conocí a Rock Hudson... Tenía yo catorce
años y me quedé... imagínate. Acababa
casi de empezar a bailar en Morería, se acercó
a mí, me cogió la flor que llevaba en el pelo,
la besó y la puso en la barra. Yo no podía
bailar. Ha sido una trayectoria de vida entera y plena.
¿Cómo asimilabas
la alternancia entre tablaos y teatros?
La aportación que me ha dado el
tablao ha sido tan importante, pues ha sido la interiorización,
la fuerza, la capacidad de concentración. Y esa esencia
es la que siempre hay que llevar bailes donde bailes. Luego,
la manera de desarrollar un baile no tiene nada que ver.
En el teatro es mucho más fácil, pues tienes
posibilidades de hacer una presentación diferente,
tienes un diseño de luces maravilloso... Yo siempre
he llevado a Freddy Gerlache, un genio de la luz. Es mucho
más fácil para mí hacer teatro que
bailar en Morería. Pero el enriquecimiento mío
ha sido combinar ambos, pues lo que te aporta el tablao
no te lo puede dar el teatro y viceversa.
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