CARMEN LINARES, CANTAORA DE FLAMENCO. ENTREVISTA
Recuerdos sonoros
Silvia Calado. Madrid, junio de 2011
Tenemos en las manos un álbum fotográfico de recuerdos sonoros. La niña que, con su padre tocándole la guitarra, cantaba en concursos en los que la premiaban con chocolate. La joven que teloneaba a Enrique Morente delante de Pepe el de la Matrona. La mujer de su tiempo que, con sus vaqueros puestos, se consagró defendiendo a las cantaoras que le allanaron el trayecto. Y Carmen Linares, la dama cantaora que en el momento más duro de su vida, se aferró a su gente y a su público, a la tierra y al cielo, y cantó y grabó en el Teatro Maestranza un concierto en el que sintetizó toda una vida de vivencia, de aprendizaje, de música… y de cante. ‘Remembranzas’ confirma que iba en serio cuando en sus inicios profesionales declaró: “Yo he hecho ya esto, pero voy a seguir haciendo muchas más cosas”. Y las que le quedan por hacer.
El álbum de fotos
Quedamos con Carmen Linares en el Palacio de Linares, un lujoso edificio del madrileño Paseo de la Castellana que hoy alberga la Casa de América. Dice su jefe de prensa que no lo había hecho a propósito, pero la cantaora enseguida se pone a bromear con que pertenece a sus antepasados y emula a las famosas del ‘Hola’ cuando el fotógrafo la retrata en las escalinatas del jardín. Ya en el interior, donde se siente la leyenda de sus fantasmas, nos muestra sus aposentos, un suntuoso salón con brocados, frescos celestiales y pavimento de mosaicos. El espejo de la chimenea la refleja hasta el infinito mientras se retoca el maquillaje y el pelo. Tomamos asiento, contemplamos la sala y empezamos a hojear el libreto de su nuevo disco, el directo ‘Remembranzas’. Y charlamos sobre las cuatro fotos que lo ilustran.
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La niña. Dice que le preguntaba Emilio Hernández que si recordaba aquel momento. Perfectamente. “Era la final de un concurso infantil en Ávila. A mi padre lo trasladaron de Linares a Ávila, y allí estuvimos viviendo cuatro años. Había un concurso infantil y como daban chocolate hasta que llegaba la final, pues fui. Un lote de Chocolates Coty. El programa se llamaba Cotito Coty, jajaja. Fíjate que el micro no se podía bajar más y no llegaba. Y he perdido otra en la que estaba subida en la silla. Los regalos estaban expuestos detrás y ahí está una muñeca, una Mariquita Pérez, que es la que me tocó a mí. Ganaron el concurso cuatro o cinco niñas, pero como ya tenía una muñeca, se la cambié a otra niña por unos patines”. No recuerda con exactitud qué cantaba, pero dice que seguro habría una canción de Enrique Montoya, ‘A la Feria de Graná’, “porque al final entraba el fandango, que era donde yo partía la pana, jajaja”. Y a ese tema se añadían “canción española de Marifé de Triana, algún fandanguillo de Huelva, canciones de Marisol y Joselito, y de Bambino, que me gustaba mucho. No era cante jondo, sino lo que oía en la radio”. Ni siquiera soñaba ser profesional: “Cantaba porque me gustaba, pero tenía una vida normal de una niña normal en el colegio”.
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La joven. En hacer carrera con el cante ya empezó a pensar “cuando me vine a Madrid, donde conecté con aficionados, porque mi padre era un grandísimo aficionado y a mí la afición me viene por él y por ser de Andalucía”, explica. Empezó a ir a la peña Charlot, “donde conocí a Morente y a Pepe de la Matrona. Ya me planteaba ser artista y profesional”. Y aquí está la foto de ese momento, en la Casa de la Cultura de Ávila. “Fue en una actuación que hizo Morente con Pepe Habichuela y canté yo antes un poquito, como telonera, con mi padre tocando la guitarra. Y tengo más fotos en casa de ese día. Después de yo cantar, me senté a escuchar a Enrique y estaba allí Pepe de la Matrona con el bastón y mi padre al lado”.
En aquella época, los cantaores jóvenes aún recibían el cante oralmente, de manos de maestros como el señalado trianero. “Yo he tenido suerte porque eso ya se estaba acabando. El auge de los tablaos bajó porque no se podía pagar a las figuras. Pero yo he trabajado en el cuadro de Torres Bermejas y estaba de atracción Camarón, y La Perla y Trini España y Paco Cepero. Luego vino la época de los teatros, los festivales en Andalucía y cambió todo”, matiza. Y piensa que fue un giro positivo, pues “el estatus que tiene ahora un cantaor flamenco de poder actuar en un teatro… ¡dónde va a parar! El baile sí estaba en los teatros, y compañías como la de Antonio llevaban cantaores como Chano Lobato, El Culata o Sernita. La danza tenía mucho más acceso. Ahora está todo: baile, guitarra y cante”, afirma.
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La mujer. “La ‘Antología’ fue un trabajo que me consagró como artista. Fue un trabajo tan comprometido, tan difícil de hacer, nadie lo había hecho… Aunque yo entonces no pensaba en eso, cuando lo hice lo que pensaba, ya me conocéis, era en hacer un buen trabajo, ni siquiera lo pensé en plan feminista. Simplemente, yo cantaba muchos cantes que cantaban las mujeres y pensé reunirlos en un trabajo. Que eso luego ha servido como reivindicación, estupendo. Y si hay que hacer otro, se hace. Hay que seguir adelante, aún el problema de la mujer no está zanjado”. Y me pregunta: “¿Estamos de acuerdo o no?”. Y le respondo: “Totalmente”.
También coincidimos en que ha influido en el repertorio de muchas cantaoras jóvenes. “Quizás también a que salgan más cantaoras. Así que muy contenta”, dice sonriente. “Siempre he dicho que para mí hay un antes y un después. La ‘Antología’ sirvió para que mucha gente se diera cuenta de que yo iba en serio, de que soy una artista con mi camino”. Y hasta esa foto tiene un pequeño detalle que dice mucho de cómo Carmen Linares quería enfocar el cante y su camino: va en vaqueros. “No te puedes imaginar lo que ha llamado la atención. Yo llevaba un vaquero y me puse una chaqueta de terciopelo… sencilla a la par que elegante, como dicen los argentinos, jajaja. Y el pantalón me lo iba a quitar, pero dije que no, que los llevo habitualmente, ¿por qué no sacarlos? Soy cantaora, artista y llevo mis vaqueros y mi chaqueta de terciopelo. Hay muchas formas de salir vestido sin faltar el respeto al público. Eso sí, los zapatos siempre limpios”.
‘Remembranzas’
¿Qué se vivió ese día 5 de febrero de 2011 en el Teatro Maestranza?
Fue un día muy especial. Llevábamos tiempo preparando esta actuación, con mucha ilusión. El teatro nos habló de hacer un concierto conmemorativo de todos los años que llevaba trabajando, lo titulé ‘Remembranzas’, como recuerdos, pensé en llevar artistas invitados… que me hubiera gustado llevar a muchos más, pero no se puede: ni hay presupuesto ni se puede abusar de los amigos. Y en ese momento, fallece Enrique, y fue un palo muy grande, ya sabéis que éramos muy amigos. Pero es que diez días antes, fallece mi madre. Me quedé bloqueada. Suspender el concierto era un lío muy grande, estaba todo vendido y no se iba a poder volver a hacer. Me armé de valor y lo hice. Así que salió con mucha emoción.
Teníamos en mente grabarlo, fue una idea de mi hijo Miguel, antes de que pasara todo, por si salía bien, sacábamos el disco, pues en directo sólo tenía el de Colonia. Todo el mundo, sabiendo lo que pasaba, me apoyó. Ver a esa gente a mi alrededor ayudándome, al público conmigo… supe que eso estaba pasando por algo, que me estaban echando una mano desde arriba. Cuando lo escuchamos, vimos que había momentos en los que la voz no está del todo… pero nos dio igual porque estaba con emoción. A la escritora Elvira Lindo le ha llamado mucho la atención oírme hablar. Nunca me imaginaba que eso pudiera impactar tanto. Son muy especiales las cosas que refleja este disco y que no se pueden reflejar en un estudio, donde corriges todos los defectos. Aquí la emoción brota por todos lados.
¿Fue difícil seleccionar el repertorio que reflejara una carrera?
Empezamos por el momento en el que yo empiezo a ser Carmen Linares. Las canciones de Lorca había que tocarlas. En el concierto hice ‘Los Peregrinitos’, un resumen de ‘Café de Chinitas’ y ‘Zorongo’. Y luego las sevillanas, que fue precioso. Te puedes imaginar la gente tocando las palmas, bailando Miguel Poveda con Ana Mari y Javier Barón con Rosario. Después, de la ‘Antología’ hice cuatro cantes, pero elegimos dos. Canté las tarantas, que eran muy características de mi tierra, y soleá por bulerías con Miguel Ángel Cortés. Y con Paco Cortés, seguiriyas y malagueñas. La seguiriya salió con gran emoción, quise hacerle ese homenaje a mi madre.
Son dos guitarristas con los que trabajaste durante mucho tiempo…
Claro. Están elegidos por eso. Los Habichuela también tuvieron mucha influencia en mi vida. Y me hubiera gustado tener a Manolo Sanlúcar, pero había que elegir esa época y pasar a otra, a Juan ramón Jiménez con Juan Carlos Romero. Resumirlo todo era muy difícil.
¿La colaboración de Miguel Poveda es un gesto que simboliza tu disposición a tender la mano a generaciones más jóvenes?
Efectivamente. Yo los sigo y los apoyo. También me hubiera gustado que estuviera Arcángel, pero me parecía enfrentar a dos personas jóvenes, aunque ellos se llevan muy bien. Por eso invité a una persona del baile y a otra del cante. Con Miguel era más fácil porque ya teníamos eso montado. Y también me hubiera encantado tener a Estrella, a mi Soleá… es imposible.
A Enrique Morente le rindes homenaje vía Lorca. ¿Cómo?
En ese espectáculo que hice con Blanca Li en el Generalife de Granada, ‘Poeta en Nueva York’, hacía ‘Asesinados por el cielo’, una granaína que tiene el espíritu de Enrique. Yo he aprendido la granaína de él y hay giros suyos que hago ahí. Me encanta. Y luego el fandango que canto después es una mezcla de uno de Pérez de Guzmán y luego voy a ese otro que montamos en ‘Las arrecogías del beaterio’. Era mi homenaje para él, se lo dediqué con toda mi alma. Como ser humano y como artista, le debo mucho. Aunque ha sido contemporáneo mío, igual que Camarón. Mi carrera ha sido muy paralela a la de ellos. Y he aprendido mucho de Enrique, de su concepto del flamenco, de lo valiente que ha sido… Ha sido una llama para nosotros. Ya me hubiera gustado a mí que hubiera estado allí a mi lado.
El baile de Javier Barón casi se ve al escucharlo…
Antes grababan muchos discos de bailaores, tengo discos de Manuela Vargas. Y cuando escuché el baile de Javier en esas cantiñas, me muevo en la silla porque están muy bien hechas, con esos jaleos… Y me he dado cuenta de que se puede incluir más baile en los discos. Él ya había grabado conmigo pies y pitos en un taranto. ¡Me gusta tanto el baile! Y me parecía que Javier tenía que estar ahí. A él y a todos les dije que lo iba a grabar por si salía bonito y a lo mejor hacer un disco. Y se han alegrado mucho.
Al final está lo último, que son dos temas de ‘Oasis abierto’. ¿No crees que ahí alcanzas unos registros nuevos?
Es otro registro que no sabía que tenía. En ‘Toma ese puñal dorao’ empecé… esa música me pedía otra voz. En ‘Un ramito de locura’ hice ‘Quiero tu nombre olvidar’ de otra manera; soy yo, pero es una canción y sale otra cosa. Hubo mucho colorido de voz en ese disco. Es mi voz, pero al interpretar música de otra persona, lo hago a mi forma. Estoy dentro del flamenco, pero tengo otra libertad, no sé si es eso lo que me pasa.
Fue emocionante verte de pie en el Circo Price junto al piano…
¡Y qué piano! Cómo toca Pablo Suárez, qué sensibilidad. Desde el primer momento hubo una conexión que parecía que llevábamos juntos toda la vida. Él me sigue y yo canto como quiero. Es como un guitarrista. Hay unos cánones y unas reglas que conocemos y yo entro y salgo y puedo alargar el tercio, pero si caigo donde tengo que caer, él me sigue y eso va a ir bien.
Las dos composiciones son de Luis Pastor, ¿no?
Sí. Hace unos días en el Teatro Español de Madrid cantamos una canción juntos, una nueva que se llama ‘Pastora’, y también parecía que llevábamos toda la vida. Y luego hicimos una cosa que se me ocurrió: que saliera Luis y cantara ‘El silbo del dale’ como él lo compuso originariamente, que es golpeándose el pecho, como si fuera un cabrero y silbando (lo canta… y su voz y su pecho resuenan en el salón). Y les dije a todos que nos íbamos a ir uniendo y en un momento dado, nos metíamos con la bulería. Y se vio la transformación de su creación a la de Tomasito y cómo nos lo llevamos a nuestro terreno. Fue magia. ‘La casida del sediento’ y ‘Mis ojos sin tus ojos’ son canciones que canto a mi manera sobre su música, eso es lo que me parece auténtico. Hay que darle tu forma, si no, no eres tú.
Al final de ese espectáculo queda un mensaje: “No puedo olvidar”.
El espectáculo tiene alegría, pues queremos transmitir la juventud de Miguel Hernández. Murió con 32 años, en plena juventud, los poemas de amor... Pero su compromiso con el pueblo tenía que estar ahí reflejado. Ese puyazo sale ahí cuando estás descuidado. No pretendemos hacer apología de nada, él murió así y no se va a olvidar por qué murió. Con la dirección, Emilio Hernández sabe cómo hacer eso. La composición es de Luis… “No puedo olvidar que no tengo alas” (canta). Y metí un quejío flamenco. Nos hemos implicado todos, desde la productora Cabofaro, a Ana Mari la palmera. Éramos una familia a ver qué podíamos aportar.
Y no podemos olvidar que ‘Remembranzas’ tiene como hilo conductor la declamación a compás de José Luis Ortiz Nuevo…
Yo hablé con él, le planteé lo que quería hacer y que quería que fuera el hilo conductor. Todo lo demás, lo ha hecho él. Pensó meter unas declaraciones que hice hace mil años en las que decía: “Yo he hecho ya esto, pero voy a seguir haciendo muchas más cosas”. Y que se viera todo lo que hice después de decir aquello. La idea partió de ahí. Conozco a José Luis de toda la vida, desde que estudiaba Ciencias Políticas aquí en Madrid. Me conoce muy bien, nos queremos mucho, es un gran poeta, escribe muy bien, tiene unas ideas muy claras sobre el flamenco y para todas las cosas en las que yo tenga una responsabilidad, ahí está. No me digas que en lo de Cádiz no está sembrado. (Y lo imita…) “¡Cádiz!, ¡trimilenaria!, tri-triiii, tri-tero, tran-tran!”. Tuvo mucha gracia, empezó la gente a aplaudirle. Le da un punto de historia contada con mucha sencillez, sin grandilocuencia, pero muy preciso.
Por cierto, Carmen, ¿vas a seguir haciendo cosas?
Sí, sí, sí, seguiré. Grábame y dentro de veinte años vemos qué he hecho.
Y aquí lo tengo grabado. Aunque si el mp3 se borra, iremos a preguntarle a los fantasmas del Palacio de Linares, que seguro que se acuerdan.
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