Flamenco x 2. Chloé
Brûle-Dauphin & Marco Vargas, bailaores
“Sin dejar de ser flamencos,
podemos
llegar a otro punto, a otro sistema”
Silvia Calado. Mont de Marsan, julio de 2007
Quizás un día vayas
paseando y, de repente, te topes con una pareja de bailaores
actuando en plena calle. Chloé
Brûlé-Dauphin y Marco
Vargas decidieron hace tiempo liberarse de las limitaciones
del teatro y hacer de cualquier plaza pública su
escenario... y de los viandantes su público. Y
lo que en un principio parecía un atrevimiento,
se ha convertido en una exitosa propuesta. ‘Las
24. Cuando quiere y el otro no’, premiada en varios
certámenes de artes escénicas, ha recalado
ya en foros de la talla del Festival Flamenco de Mont
de Marsan o el Festival de Teatro Clásico de Mérida.
Así que el proyecto se ve abocado a crecer. Ya
hay versión para teatro y un nuevo espectáculo
en fase de creación. Y todo por culpa del riesgo.
Chloé Brûlé-Dauphin
y Marco Vargas (Foto Daniel Muñoz)
‘Inmigración’
fue el punto de encuentro. Chloé Brûle-Dauphin
y Marco Vargas formaban parte del elenco de aquel espectáculo
de la compañía de Ángeles
Gabaldón. No se conocían personalmente,
pero “había un momentito que éramos
como una pareja”, recuerda la bailaora. Y de ahí
surgió todo. Alguien detectó la química
y les propusieron que juntos se lanzaran a la calle en
el Mes de Danza de Sevilla. Nada menos que a los pies
de la Giralda fue el estreno de ‘Las 24. Cuando
uno quiere y el otro no’.
Pero quisieron los dos. Marcos cuenta
que “veníamos del flamenco en teatro y la
experiencia de bailar en la calle apetecía”.
El bailaor sevillano venía de grandes compañías
como la Compañía Andaluza de Danza y La
Cuadra. La bailaora canadiense, de las de Israel Galván
y Javier
Latorre. Chloé confiesa que, después
de esos trabajos, les motivaba “el riesgo, el desafío”.
Y es que no había precedentes: “No sabíamos
de nadie que lo hubiera hecho, ni teníamos ninguna
referencia. Se trataba de hacer un trabajo personal, de
buscar”, explica el bailaor.
¿Cómo fue el trabajo
previo, el desarrollo en el estudio?
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Marco Vargas (Foto Daniel
Muñoz) |
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Marco: Cuando nos planteamos
hacer el espectáculo de calle, nos pusimos uno
enfrente del otro y dijimos somos dos, somos una pareja.
Chloé: Un hombre
y una mujer. Había que contar algo nuestro.
M: En el desarrollo
nos interesaba mucho generalizar para que la gente se
viera reflejada. No queríamos contar algo personal,
sino algo que la gente sintiera. ‘Las 24’
tenía que ser una historia de convivencia.
C: También nos
dejamos llevar. Empezamos sin saber dónde íbamos
a terminar, tan sólo con una selección musical.
¿Qué papel juega
la música en el espectáculo?
M: La música
nos marcó, de entrada, las pautas.
C: Si no partimos de
la música, nos cuesta un poco trabajar. Empezamos
con un tema, veíamos que encajaba con una situación,
esa situación nos llevó a la otra, luego
a la otra...
M: Seleccionamos músicas
que nos dijeran algo, que nos aportaran. Y, aunque muchas
son de otros géneros, a nosotros nos suenan como
flamencas, por el tratamiento, por el ritmo y por la base
que llevamos. Cada tema nos permite podemos contar lo
que queremos contar.
¿Qué sucede con
cada tema?
Chloé Brûlé-Dauphin
(Foto Daniel Muñoz) |
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C: Por ejemplo, el primer
tema es ‘Ne me quitte pas’, una versión
distinta de la de Jacques Brel. Es una canción
de cariño, de abrazo, de dulzura. Es la música
que utilizamos para reconciliarnos... encima de la mesa
de la cocina. Jajajaja. Ese momento en el que
todo está a flor de piel. Después utilizamos
también una soleá de Sabicas,
que es un momento de dentro.
M: Un momento íntimo.
Nos parecía que una soleá y, sobre todo,
una de Sabicas era lo que mejor reflejaba esa situación.
Y si tenía que sonar en la calle una guitarra por
soleá, preferíamos que sonara la de Sabicas
a la de otro tipo de guitarrista.
C: Ese sabor añejo
y esa fuerza nos llevaba a cada uno a nuestro mundo interior.
Él está con su mesa y yo estoy en otra habitación.
Refleja ese momento dramático.
M: Ya la música
del final, la pieza más larga, para nosotros es
un divertimiento, la reconciliación... Esta música
nos interesaba, principalmente, por los cambios de ritmo.
Entra de una manera y luego va desembocando en pasajes
como la salsa, los tangos. Representa como una mezcla
de culturas. Y, además, nos parecía muy
cercana al flamenco actual, más abierto a otras
influencias, más internacional.
C: Por cierto, ayer
me comentó Salia que vio el espectáculo
con unos amigos marroquíes y que estaban encantados
porque esa canción habla en árabe. Y como
aquí en el sur de Francia hay ciertas tensiones
con los árabes, estaban muy contentos y orgullosos
con este guiño a su cultura.
Aunque, además de música
grabada, hay un cante en directo...
M: El cante del final
sí que nos interesaba mucho. Es una toná-debla
de Rafael
Romero ‘El Gallina’, cuyo peso recae en
la letra. Al final dice: “Si te pusieras en mi lugar”.
Y es el único momento en el que ella se sienta
en mi silla y yo en la suya. Ahí dejamos el mensaje.
También queríamos que en ese momento el
cante fuera en directo.

Chloé Brûlé-Dauphin
y Marco Vargas (Foto Daniel Muñoz)
C: Necesitábamos
ese punto flamenco, después de toda la música
grabada. Aunque, bueno, a nosotros nos gusta trabajar
así y era necesario que fuera así por las
condiciones del montaje. Pero era muy importante ese último
punto flamenco, ese cante en directo, que fuera una voz,
una persona real.
M: Jugamos también
con la sorpresa de que salga del público. Nosotros,
al principio, le decíamos a los cantaores que estuvieran
entre el público y que salieran como si, de repente,
les entrara la necesidad de cantar, de decirle a esa pareja:
“Oye, arreglaros”.
C: Muchas veces la gente
ha pensado que un espontáneo se metía a
estropear la actuación. Pero ya cuando empezaba
a entonar, se quedaba todo el mundo sorprendido.
Continúa
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