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MATILDE CORAL, ESTAMPA DE SEÑORÍO
Candela Olivo
Triana
se despereza con un tardío frío de marzo. Las
tasquitas de la calle Castilla, una de las arterias del sevillano
barrio, ya murmuran. Entre el olor a río, a café
y a pan tostado, camina elegante, aupando el sempiterno moño,
Matilde Coral, la que naciera apellidada Corrales un año
antes de que estallara la Guerra Civil... "¡Qué
señora va usted!". Esas cuatro palabras la llenan
de orgullo, porque significan reconocimiento, le recuerdan
que tiene su sitio. Y, además, las ha pronunciado "una
señora más joven que yo". Y eso le hace,
cuanto menos, sonreír, porque si supiera que "voy
tirando de mi fémur, que no veas como me duele".
Para sí misma piensa que qué hueso no le va
a doler ya... pero con un humor digno de envidiar. Dice Matilde,
entre carcajadas, que "qué cosa más extraña,
que me duelen más los huesos de la izquierda... si
mi padre estuviera vivo y le dijera que todos mis dolores
son de la izquierda, no te digo lo que pensaría".
Sin abandonar la sonrisa, pone ojos de añorar: "Mi
padre era un hombre muy gracioso y decía que en todas
las familias había una desgracia y que la suya era
que a su hija le gustaba mucho la política". Necesita
un silencio para responderse: "¡A mí qué
me va a gustar la política, a mí lo que me gusta
es la justicia!".

Por
eso confía en que la permanente lucha en la que ha
convertido su vida, sea reconocida. Una lucha, no sólo
por la supervivencia, sino por el baile flamenco, por poner
al alcance de sus hijos lo que a ella le robó el momento
histórico en el que le tocó nacer... Una lucha
por "la ambición de querer ser algo en la vida
y no pasar desapercibido". Y resalta este valor con rotundidad:
"No me gusta la vulgaridad". Aunque fuera pegando
botones, "pero que yo me distinga por eso".
Pasó
por la Real Escuela Económica Sevillana de Amigos del
País, "fui lista, estudié mucho, hasta
tercero, pero nunca pude hacer cuarto y reválida".
Su sueño truncado es haber sido universitaria: "Y
me hubiera gustado haber sido médico, porque me encanta
ayudar a la gente, me siento algo superior cuando ayudo a
alguien".
La idea de hacer una fundación podría transplantar
tal sentido de la ayuda al arte flamenco. Aunque lo ve como
un imposible. "Creo que para eso hay que tener mucho
dinero", dice con sorna. Y va subiendo el tono de voz
para aclarar que "a mí lo que me dan es porque
me lo he merecido, yo no he pedido nunca nada". Ni ha
pagado por ello, pues "pagar la educación de mis
hijos me ha costado mucho dinero y creo que era lo importante
en mi vida". Con un extraño don de la oportunidad,
interrumpe el teléfono del minúsculo despacho
tapizado de recuerdos desde el que se administra la escuela,
para comunicarle una nominación a otro premio... "a
la mujer sevillana", dice con sonrisa aniñada
y sin grandes alardes. Será la costumbre. "Han
creado en Córdoba un premio nacional a mi nombre, bueno,
compartido con Mario Maya. A él le han dado las alegrías,
porque es el único palo que baila. Y a mí algo
más grande, tarantos, en fin... aunque lo mío
son las alegrías y las cantiñas. Fíjate,
tengo cinco premios nacionales".
Se
lo toma con la misma filosofía que la vida misma, pero
la Medalla de Oro de Andalucía, que ya otorgaran a
Antonio Canales el pasado año, es una espinita... "y
soy andaluza, ¿y habré hecho por la danza, que
conservo el baile flamenco andaluz? Me da igual, ya me la
darán. ¿Qué te crees que no? Me lo dan
todo, pero diez o quince años más tarde que
a los demás. Y yo espero, porque no tengo politiqueos
con lo que hago de verdadero amor y de verdadera obligación
moral". De hecho, comenta que el Compás del Cante
-distinción de la Fundación Cruzcampo- se lo
dieron en la décimo tercera edición, "cuando
ya incluso cantaores que yo había llevado atrás
lo tenían porque son simpáticos, porque les
gusta estar en reuniones, porque lo pagan de una forma o de
otra. Yo no pago nada, si me lo dan es porque quieren".
Por
ese mismo motivo, se ve impotente ante los problemas de homologación
de la escuela que, con tanto sudor, ha conseguido tener llena
de la mañana a la noche, "y eso es un mérito".
Ya, casi con resignación, dice que "como las autoridades
no me den un sitio, lo pierdo". Y eso que no está
del todo sola. Matilde Coral señala al director de
la Bienal de Flamenco de Sevilla, Manuel Herrera, y al actual
delegado de Urbanismo del Ayuntamiento de Sevilla, Rafael
Carmona, como compañeros en esta batalla que casi da
por perdida: "Son personas que no están haciendo
ninguna tontería, porque a mí me queda todavía
guita y mi agradecimiento no es cualquier cosa. Mi agradecimiento
lo muestro yo en el momento oportuno, cuando menos se lo esperan".
Y si ganara, lo que a Matilde le dolería sería
pagar como precio abandonar Triana, ella que de tan trianera
dice resultar "peligrosa". La cuestión radica
en que la administración acepte incluir la escuela
andaluza de baile dentro de la carrera de Danza Española:
"Ellos se lo pierden, la verdad es que yo no puedo luchar
contra barreras que no puedo partir, yo no tengo dinero ni
tiempo para tanto. Tengo esto y con esto me he conformado".
Y pierde un rato la mirada entre el repiquetear de palillos
que resuena en alguna sala...
Pero el día a día de este foco de transmisión
de la "escuela sevillana de baile andaluz", como
a ella le gusta denominar, ya le cansa... Normal, después
de coger unas diez veces el teléfono y acabar descolgándolo,
no sin antes haber recibido al presidente de la comunidad
de vecinos, al fontanero y a la típica extranjera despistada
que quiere aprender flamenco en una semana. Por eso, cansada
de tal trajín, pasó hace tiempo el relevo a
su hija Rocío "y yo me he quedado como profesora
emérita".
Ahora
se da el gusto de disfrutar del tiempo libre junto a su marido,
el bailaor Rafael El Negro, del que el brillo de sus ojos
dice estar tan enamorada como cuando se casó con poco
más de veinte años. Las aficiones de Matilde
Coral son, como no podía ser menos, personalísimas.
Ya lo ha dicho muchas veces, su hobby principal es "practicar
la religión católica, apostólica y sevillana",
que no romana. Esta afición la ha llevado a coleccionar
santos... "estampitas las tengo todas", pues está
convencida de que "si esas personas llegaron ahí
es porque hicieron algo muy grande en sus vidas". La
persona que más ha acaparado su atención, aunque
ahora tiene un poco más abandonado, ha sido Escrivá
de Balaguer, de quien recopila todos sus libros "y estudio
muy detenidamente sus pensamientos". Matilde deja claro
que "no pertenezco a la Obra", pero reconoce que
le "gustaba él, tenía un gancho especial
para las personas, porque era muy buena gente y no concibo
que le busquen tres pies al gato después de muerto".
Ahora
tiene ocupaciones más laicas: "Estoy buscando
palabras en desuso y guardándolas". Palabras de
Triana, de sus padres, "de gente que escucho hablar todavía
que son muy mayores... Y son preciosas, las escribo y las
guardo porque me encantan". Después de hacer compulsivamente
añicos una pequeña cuartilla de cuadritos, con
sus uñas rojas de perfecta manicura, vuelve a la conversación
con un: "¡Ah! Y me gustaría ir al programa
de Carlos Sobera, porque lo acierto todo, menos los grupos
de músicos modernos. Ahí fallo, ahí me
matarían". El afán por ser algo en la vida,
por no pasar desapercibida, la dormía muchas noches
leyendo a Miguel Hernández, a la luz de una mariposita
de aceite, "leyendo cosas preciosas para culturizarme,
porque no podíamos ir al colegio, no teníamos
para comer". Matilde tuvo que hacerse estudiando por
su cuenta: "Nada más con decir que nací
en el año 35, ya el lector sabe sobrao lo que habré
pasado. Te quitaban de un colegio, te llevaban a otro. Yo
he pasado mucho".
Candela
Olivo
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