Escuela sevillana de baile andaluz
acuarela en movimiento
Candela Olivo
El
baile flamenco, al margen de modas, tiene en la escuela sevillana uno de sus más
sólidos cimientos. Y en Matilde Coral su más fiel cancerbera. La
bailaora sevillana recogió la escuela de Pastora Imperio "cuando yo
era ya una mujercita, con 21 años, y bailaba en su casa del Duende, en
Madrid". Y era tal el magisterio y el poderío que en aquella mujer
veía que considera "digno de guardar, pero de guardar de verdad, todo
lo que hacía". Macarrona, Malena, Loreto o la madre de los Aparicio
también fueron portadoras de este "distintivo de calidad de productos
andaluces, quizás uno de los más señeros, como el toreo sevillano
o la pintura sevillana". Y que Matilde Coral define como el estilo que toma
del propio ambiente un aire "plateresco, muy limpio, muy alado, muy fresco,
muy relajado... es una forma de bailar diferente que marca la diferencia con las
corrientes actuales".

Matilde
Coral gusta de caracterizar la escuela sevillana como "una
acuarela con mucha luz". Esta relajada pintura, "si
es en mujer, es un físico, un cuerpo, una prestancia
en las tablas, una forma de presentarse, de abrir los brazos,
de poner la cabeza, un sensual movimiento de las caderas".
Y el hombre "es lindo, porque nunca lo ves retorcido,
encogido... salvo excepciones, pero eso son abortos que no
se saben cómo salen en el flamenco".
Hombre
y mujer
La
mujer "es más sensual, más bonita, más clara".
El hombre "es muy sobrio, no es fantoche, es elegante, pisa muy seguro en
el suelo y no tiene que hacer tonterías para llamar la atención".
Y se remite a la prueba: "Gitanos tan preciosos que no tienen más
que un movimiento de brazos sencillo y un cuerpo como un junco". Y habla
de Farruco, "que era más barroco", de Rafael el Negro, de El
Mimbre, Javier Barón, Javier Latorre, "me gusta la forma de Antonio
Gades", y de Israel Galván, al que considera "un genio, un creador,
pero cuando dice me voy a poner una chaquetilla, un pantalón y una bota
y voy a bailar por soleás, por seguiriyas o por alegrías, lo hace
bordao". Y añade que "eso no tiene nada que ver con que tenga
una mente superdotada y monte a Kafka y lo meta en el flamenco. Es como yo cuando
empecé... yo monté a Lorca, a Alberti, a Miguel Hernández
porque era una mujer avanzada en mi tiempo".
Matilde
Coral rechaza la confusión que introducen bailaores
que se autodenominan sevillanos. "A la escuela sevillana
no le hace falta tanto zapateao ni tantas leches, de verdad.
Hoy parece ser que tienes que ir a ver un espectáculo
de fuerza, pero eso no es baile. Hay que distinguir entre
el baile y la práctica delante de un espejo para hacer
seis por cuatro o doce por veinticuatro". La bailaora
dice que, por ejemplo, le encanta ver bailar a Joaquín
Cortés "porque le veo estética, estilo,
cara, carisma, disciplina dancística". Y, por
esas mismas razones, destaca a Mario Maya o a Güito,
"pero pare usted de contar". Matilde sentencia,
con gracia trianera, que "hay productos en el mercado
que te los comes y te entra diarrea, pero, a pesar de ser
antiestéticos, tienen un márketing que quita
el sentío".
Baile
cadencioso
La
importancia de la impronta del bailaor no resta técnica
a la escuela sevillana de baile. "Para empezar, hay que
tener unos brazos muy bien preparados". Hay unos movimientos
especiales para el flamenco, que Matilde Coral dice no haber
inventado, sino "puesto en vigor". La bailaora,
que se regodea en su condición de trianera, ha preparado
"el encuadre de la cabeza con el trapecio, de modo que
resulta una forma de mover diferente, que se mete por los
ojos". En cuanto a las caderas, "tienen que ir con
una dulzura y una sensualidad a prueba de bombas, vendiendo
mujer. El encajar una pelvis bien en su sitio, abrir los cuádriceps
muy bien colocados para que se transparenten por ese vestido,
por esa bata de cola, y se vea esa silueta sinuosa de la mujer".
Las manos deben ir "muy abiertas, muy expresivas",
mientras que "la cabeza va metida en la axila para marcar,
como sinónimo de dulzura, de cortedad, de timidez o
de sabiduría, de saber vender una timidez". La
cabeza se presenta "muy bien preparada, muy bien peinada".
Como resultado, se ofrece "un baile cadencioso, sin grandes
zapateados, sino en sus debidos momentos, guardando la antigua
escuela de baile, aunque te modernices". Un baile, sobre
todo, por tangos y alegrías. Aunque también
puntualiza que "se baila muy bien al cante por soleá
y por seguiriyas", recalcando el matiz de "se baila
al cante, se adorna". Pero pueden añadirse a la
lista infinidad de bailes, como los romances... "todos
lo que quieras".
La
bata de cola
Uno
de los más ricos matices de la escuela sevillana es
"saber sacar partido a una bata de cola". Matilde
Coral se ha tomado su conservación, como una batalla
personal, de ahí que haya preparado un estudio, en
el que recopila 57 movimientos útiles "para que
caiga esa bata de cola al suelo planchada". De este análisis
saldrá a luz un libro, escrito por Ángel Álvarez
Caballero, que impulsa la Fundación Villamarta. Matilde
Coral ha inculcado "esta forma de hacer las cosas bien
hechas a muy buenas bailaoras que están ganado dinero
con la bata de cola y dando clases de bata de cola".
Destaca a Milagros Menjíbar, "mejor no se puede
bailar con una bata de cola", Ana María Bueno,
Loly Flores, Pepa Montes... "gente que ha absorbido de
mi formación y, si luego se denominan autodidactas,
peor para ellas".
La
escuela sevillana es preciosista, cuida cada detalle, incluyendo el vestuario.
"Una mujer sevillana siempre ha vestido como ninguna. Nos han seguido los
mejores modistos de ropa de baile". Matilde Coral subraya el uso del almidón,
de tejidos como el organdí, los adornos en los trajes, los complementos,
los mantones, los zapatos, las enaguas... "Yo digo que la que hoy salga haciendo
eso da dos veces. Eva la Yerbabuena está haciendo cosas bonitas".
El
arte del vestir
El
arte del vestir es una de las principales enseñanzas
que adquirió de Pastora Imperio. "Me quedaba embelesada
mirándola en su puerta hasta que, por pesada, me dejó
que entrara y la vistiera. Me iba al Eslava con ella y la
vestía... era un poderío grandioso, pues todo
en ella era magisterio, hasta hablando". Y, sin embargo,
"ella no sabía que era maestra, ella lo hacía,
y no se ha podido tener una forma de hacer las cosas más
hermosa". Pastora Imperio "era un ejemplo vivo de
todo". Le decía: "Hay que ir bien vestida,
hay que ir bien planchada, la ropa que cruja de almidón".
Y Matilde se pregunta: "¿Cómo me van a
meter a mí ahora que yo baile con un camisón
de esos lacios? Así es fácil bailar. Pero es
que el camisón le viene bien al baile de fuerza que
hacen, porque no pueden ir cargadas con una bata de cola ni
con un vestido que podía pesar hasta diez o quince
kilos. Ahora se ponen esas gasillas, se las recogen en la
axila, porque hasta eso le estorba, y vamos a zapatear...
no, bailar, no, zapatear".
Otro
elemento fundamental es el mantón. Matilde Coral lo
considera como "uno de los componentes más bonitos
del baile, un anexo que usaban los mayores, como Pastora".
La bailaora resalta que "aderezar ese baile con un mantón
merece la pena, es muy hermoso, si bien también requiere
su estudio y técnica". Siempre dejando hueco a
la innovación, pues "tú mismo puedes ser
creador de tus movimientos". Y habla con especial dulzura
de este condimento: "Yo tengo uno muy sencillo, muy simple,
pero el mantón baila a compás. Ni lo tiro fuera
de compás, ni lo muevo fuera de compás. Va bailando
contigo. No me gusta tirarlo, pues me está dando mucho
prestigio en ese momento y tirarlo lo veo como una afrenta.
Lo pongo muy dulce en una silla siempre".
Guitarra,
palmas y cante
El
acompañamiento connatural a la escuela sevillana es
sencillo. Y Matilde Coral, tajante: "Sólo y exclusivamente
guitarra, palmas y cante, no quiero nada más, ni castañuelas".
Precisa que no está "en desacuerdo con que lleven
doscientas cajas, pues suena bonito y a mí me gusta,
pero la escuela sevillana no conoce eso. Golpea nada más
que en el martinete". La bailaora considera que "el
exceso de cajón ahoga al baile, pero el bailaor está
cómodo, no aprieta y dura más que un martillo
en manteca. Esa percusión, muchas veces, "no es
más que para tapar". Y se culpa, en cierto modo,
de estos excesos: "Yo monté hace muchos años
un martinete y el que me tocaba el yunque era Manolito Soler.
Él era bailaor, pero empezó a sonarme y, como
tenía ese sentido musical tan grande, se fue embalando...
vamos, que he tenido yo la culpa también. Y si Manolito
Soler lee esto, sabe que es verdad. Palabrita. ¿Qué
no habré hecho yo antes de los que están?".
El
reto de la escuela sevillana es su propia pervivencia. Sin embargo, Matilde Coral
no ve peligro de extinción de esta forma de hacer flamenco que, por darle
todo su patrimonio, cree tener el deber de "conservar hasta que me muera".
Está tranquila porque "hay gente muy buena y escuelas sólo
dedicadas a eso". Pero, sobre todo, porque su hija, Rocío Coral, está
al frente de la escuela que Matilde Coral tiene (defiende) desde hace años
en Triana y de la que ahora es "profesora emérita". Como ejemplo
de vitalidad, resalta "el éxito del curso de bata de cola de Matilde
Coral" en el Festival de Jerez. Y subraya que "la gente que baila bien
ese estilo es privilegiada porque, como son tan poquitos los que portan el distintivo
de calidad, pueden ganar dinero". Un consejo: "Que no se aburran".
revista@flamenco-world.com
|