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Encarna Anillo (Foto
Daniel Muñoz) |
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Las bulerías ‘No
hay tiempo’ están firmadas por Farruquito...
Con esta bulería también
me pasó una cosa muy parecida a lo de Requena,
porque Juanito esa bulería... Bueno, que se convirtió
en bulería, porque era una historia contada en
un folio que me regaló, una cosa muy personal.
Y con el tiempo le puso música, cuando yo ya estaba
grabando en el estudio. La convirtió en unas bulerías
como a cuplé. Él me había escuchado
lo de “soy una de esas tontas” y por ahí
le sonó. Yo no tenía pensado hacer un tema
suyo, él quería meter los pies y al final,
llamé al hermano. Él está pero no
bailando, sino con este tema.
También se da con la bulería
el contraste de las alegrías, que hay una al golpe
y otra que es una fiesta, ¿no?
Hay una bulería con la guitarra
de Diego
de Morao, en la que hay letras de Juan Requena, de
mi hermano y de Miguel Poveda. Yo quería que esa
bulería, que se llama ‘Dulce veneno’,
sonara como una reunión de amigos en la que nos
lo pasáramos bien. Quería una colaboración
de Miguel y quería que fuera por bulerías,
que los dos nos lo pasáramos bien. No quería
estar con él en una colaboración muy apretada,
que a mí no me pega. Que hiciera las letras que
quisiera, con total libertad. Y el estribillo del final
es una letra de mi hermano Jose, que no lo pensábamos
hacer como estribillo, pero así surgió sobre
la marcha.
Da la sensación de directo
en estudio…
Yo hice las letras para que Diego me
hiciera las guitarras, pero se quedaron ya ese día
porque la formó. Los niños metieron las
palmas y los jaleos y se quedó ese mismo día,
las letras de Miguel también se quedaron, lo de
Londro... Y yo me fui al día siguiente porque estaba
agotada. Ese día me lo quería vivir para
mí, no para soltar la energía yo, sino para
recibir. Ese día yo quise disfrutar, recibir toda
la energía y al día siguiente ir y soltarla
yo. Al día siguiente fue Farru
a grabar los pies y nos quedamos hasta las tantas de la
madrugada. Eso se grabó en La Alameda de Hércules,
en Sevilla. Es que se formó una fiesta de verdad.
La de gente que había en el estudio. Así
ha quedado esa bulería, que es de terminar y emborracharte.
Encarna Anillo (Foto
Daniel Muñoz) |
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Y está una tercera bulería
distinta, el ‘Homenaje a La Perla’
Esa bulería es en la mesa, a nudillo
y yo sola, que es la bulería en la que más
me siento yo, la más mía. La de Miguel es
para compartirla con él y con todos de fiesta,
la de Farruquito es algo muy especial, pero como yo me
siento por bulerías es cantando por La
Perla y de esa manera, sin guitarra y sin nada, como
cuando se encerraban los viejos a escucharse. También
se consiguió. Yo llevo escuchando a La Perla desde
chiquitita, pero para grabar me metí hasta el fondo,
estuve cuatro días escuchándola veinticuatro
horas, para meterme en el rollo de ahí, con el
Morao, con el Parrilla. Me gusta tanto cantando por bulerías…
y las bulerías de Cádiz, con esa ligereza,
con ese rollo tan ligero de nosotros. La abuela de mi
padre bailaba por bulerías muy bien, era muy amiga
de Los Jinetos, de Los Villar, y aquí se baila
con mucho saltito, muy ligerita. Yo eso lo tenía,
cuando llegué al estudio llevaba dentro de mí
toda esa energía. Puse una tabla allí y
se sentaron a mi alrededor para hacerme el compás.
Empezaron a hacerme compás como se hace ahora y
yo dije “no, yo lo quiero así”. Todo
el mundo cogió la vibración y avisé
y dije “ahora”. Y se quedó a la primera,
intacto, de un tirón. Esa es la bulería
que más me llena. También podía haber
escogido para homenajear a Adela
la Chaqueta, que siempre he cantado mucho por ella.
Qué mujeres, qué
artistas, qué personas…
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| "Hay
que interesarse por el trabajo que han dejado los
demás si esto te gusta de verdad" |
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Pedazo de artista a la que también
he seguido. Tenía una personalidad increíble
para todo. Y carisma, de estas personas que la tienes
que mirar por fuerza. Y nada, metro y medio. Yo creo que
antes el buen artista ya tenía carisma de por sí.
Ahora la gente tiene que ponerse el disfraz de artista.
Y eso no es así, porque tú puedes ir en
pijama y ser artista igual y tener arte. Eso se nota,
el que tiene arte, pinte, cante, baile, toque o haga un
mueble, haga lo que haga. Camarón
iba vestido como iba vestido por San Fernando, que lo
hemos visto millones de veces ya hecho polvo con el chándal,
y todo el mundo tenía que mirarlo. No se trata
de llevar Armani ni nada de eso, se trata de la persona,
de lo que está soltando por los poros de la piel.
Eso se lleva o no se lleva. ¿Qué le pasa
a Estrella
Morente? Ella lo lleva de nacimiento; se ponga un
pijama, tú tienes que mirarla y decir que qué
belleza. A mí eso me encanta.
Con los ‘Tangos del olivo’
rindes tributo a otra mujer, Carmen Montoya...
A mí desde chiquitita me ha gustado
mucho la familia
Montoya, escuchando, viendo vídeos. Y a mí
los tangos del disco ‘Yo soy agua’ me han
gustado de siempre mucho: qué bonitas las letras,
qué bonitas las intenciones, cómo le suena
la voz a Carmen... Y para el disco tenía que cantarlos.
No me veía haciendo un tema, un tanguito, una rumbita.
No, no, unos tangos en condiciones. Y por la amistad que
me une a esa familia y a su hija Carmelilla, era también
un homenaje a Carmen Montoya porque de esa mujer nadie
se acuerda. Todo el mundo se acuerda de La Negra, su cuñada,
pero ella se ha ido perdiendo. Te puede gustar más
o menos, pero es una pedazo de artista. Como a mí
eso me llenó, qué mejor homenaje que grabar
lo mismo que ella hizo, pero veinticuatro años
después. Y, encima, teniéndola conmigo en
el estudio, jaleándome a mí y haciendo los
coros las tres. Fue un regalo que ella me hizo a mí
y que yo le hice a ella. Ella no los puede ni escuchar
porque se pone a llorar, no sabe cómo agradecérmelo...
y yo le insisto en que para mí es un honor. Y es
recordar ese trabajo que está ahí desde
hace tantos años. Hay que interesarse por el trabajo
que han dejado los demás si esto te gusta de verdad,
hay que indagar, escuchar, informarse... Y no hablar de
un disco habiendo escuchado sólo un tema. En mi
disco nada más que hay dos temas y letras nuevos,
lo demás es popular con mi adaptación, todo
está hecho ya. La diferencia está en la
información que cada uno haya querido tomar. No
hay que conformarse con el don que te ha venido puesto.
Encarna Anillo y Juan Diego
(Foto Daniel Muñoz)
La soleá tiene una guitarra
súper añeja, la de Rafael Rodríguez…
Yo el cante por soleá lo tengo
considerado como uno de los más difíciles.
A mí me ha costado mi tiempo encontrarme por soleá.
Pero soleá, soleá, no soleá por bulerías,
que es otro mundo. La soleá, sea del estilo que
sea, es un cante muy tirado para atrás y muy de
fatigas, muy de las entrañas... igual que la seguiriya.
Lo que pasa es que la seguiriya tiene unos tiempos mucho
más abiertos, la soleá siempre es más
medida. Pero la soleá si no la estás cantando
de verdad, en la vida te vas a encontrar por soleá
porque es un cante muy grande, igual que el fandango,
que es de donde viene la soleá. Cantes tan de dentro
que cuando escuché esa guitarra por soleá
de Rafael Rodríguez a mí se me encogía
el alma. Y desde el primer día tuve muy claro que
si grababa una soleá, me iba a acompañar
él. Ese hombre con la cejilla al diez, ocho tomas
que hizo porque pensaba que venía a hacer un boceto
para otro guitarrista... Cuando mi hermano le dijo que
iba a tocar él, no se lo creía. ¡Era
la primera vez que ese hombre se metía en un estudio
de grabación a hacer algo él solo! Es muy
fuerte. Otra persona que hay gente que no le ha echado
cuenta después de toda la vida en Los Gallos, con
Milagros Mengíbar, pasado para cante, pasado para
baile... Yo es que cantando por soleá quería
escuchar la guitarra de cuando te pones a Juan
Varea y esas guitarras de Melchor de Marchena, de
Ramón Montoya... Uf, que te vas a otra época.
Ahí me iba a encontrar cantando por soleá.
¿Y cómo te llega
la milonga ‘Si llegara a suceder’?
La milonga es muy especial, tiene una
historia también... Empecé a escuchar la
de Chacón en Japón con Miguel Poveda e Israel
Galván en la habitación del hotel. Siempre
estamos liados escuchando, siempre tenemos de fondo a
los cantaores. Israel la metió en el espectáculo
que hacíamos allí con Kojima.
Y a partir de ahí empecé a informarme, a
escuchar. Al cabo del tiempo me llamó Andrés
Marín para el estreno en la Bienal de Sevilla de
‘Asimetrías’ y él había
montado una milonga de Marchena. A mí lo único
que me faltaba era escuchar a Marchena por milonga, que
yo estaba rebuscando y no había llegado a ese disco.
Me aprendí las dos milongas y lo tuve muy claro,
esas dos más la de Chacón
serían la milonga de mi disco. Lo trabajé
con Requena y mi hermano me comentó que si le metíamos
unas cuerdas quedaría precioso. Llamamos a Miguel,
le pareció genial, pedí el violín
de Olvido Lanza, que me quita el sentío la sensibilidad
que tiene, y como los dos son amigos de ella, vino encantada.
Los arreglos los hizo Enric Palomar. Cuando nos dijo que
quería hacerlos, alucinamos. Ella, además,
sugirió el contrabajo de Lito Iglesias, que me
encanta... Fue un regalo detrás de otro.
Con todo lo que se ha criticado
a Marchena...
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| "Cada
cante tiene su puerta y si abres una para este cante,
tienes que cerrarla para otro y abrir otra puerta" |
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Y a mí me encanta Marchena. Hay
que tener mucho arrojo para hacer lo que hace ese hombre.
Se rajará mucho y todo, pero a mí me quita
el ‘sentío’ porque canta muy bien y
me levanta el vello. Igual que Borrico
por seguiriyas y Juan Varea por soleá y Manuel
Torre y Tomás... Todo el mundo tiene algo. Ahora,
si sólo quieres que te guste una cosa, no puedes
escuchar nada más que eso. Si te gustan sólo
las voces rajadas, vete a los cantaores que la tienen.
Hay cantaores que tienen otra caja musical, cada uno tiene
un registro diferente, pero es muy difícil, cada
uno es mundo. Lo bonito es que una milonga nunca la puedes
defender como un cante por soleá con un vozarrón
muy ancho. La milonga es una cosa muy sensible, muy delicada,
muy sutil, muy hablada, muy romántica, muy íntima...
igual que la vidalita o la malagueña. Son cantes
muy para ti, muy personales. Cada cante requiere su técnica
también. Cada cante tiene su puerta y si abres
una para este cante, tienes que cerrarla para otro y abrir
otra puerta, su puerta. Si haces el fandango de El
Gloria no tiene nada que ver con un fandango caracolero
o con un fandango de Macandé con uno de Alosno,
que hay que tener un potencial gordo para defenderlo.
Cada cante tiene su punto y su puerta. Nadie tiene por
qué hacer una milonga con velocidad y con voces
líricas porque no, porque Rancapino
te canta por malagueñas con una voz rajada y corta
que parece que se va a asfixiar y te la canta con un paladar
y un gusto… Hay muchos cantaores confundidos. Puedes
ser muy salvaje cantando por seguiriyas pero no me puedes
mostrar lo mismo que en una serrana. No, cada cante tiene
su cosa. Y además te hacen ir aprendiendo. Yo con
cada cante me he ido descubriendo registros que no sabía
que tenía, tesituras en mi voz y en mi garganta
que no había experimentado antes. Aprendes de tu
garganta con cada cante. Cuando empiezas a descubrirte
en nuevas melodías, flipas. Ya luego intento llevármelo
a mi terreno y sentirlo dentro, defenderlo de la manera
en la que yo lo he sentido, con todos mis respetos y,
por supuesto, sin ninguna intención de imitar.
Y creo que toda esa variedad de registros la tiene todo
el mundo. Cuando tienes que partir, no te preocupes que
partes, pues no estás preparado para partir en
otro sitio. Si sale del corazón, te va a salir
una cosa detrás de la otra.
¿Te pasa lo mismo que
a Carmen
Linares que dice que cada guitarra le saca algo distinto?
Siempre. Con el tiempo, me he quedado
con mis guitarristas. He trabajado con muchos y cada uno
te da algo diferente. Si llegas a un punto de poder elegir
para un disco, eso es una suerte. Pero es necesario que
un cantaor tenga sus guitarristas porque necesitas 'feeling',
personal y profesional. Con todos los guitarristas que
están en el disco tengo conexión: Chicuelo,
Diego de Morao, Juan Requena, Juan Diego... Y lo mismo
me ha pasado después con José
Manuel León. Son regalos que te va ofreciendo
la vida.

Encarna Anillo con Carmen
Linares (Foto Daniel Muñoz)
Y en el disco no has querido
meter apenas más instrumentación…
No, sólo la guitarra, voz y palmas.
Lo único que se ha arreglado ha sido la milonga.
Lo demás no porque por el tipo de disco que es,
no lo requiere. Es flamenco, cante clásico, y toda
la vida ha sido guitarra, palmas y voz.
¿En qué espejo
te miras para la malagueña ‘Haciendo por
olvidarte’?
Cuando empecé cantando por malagueñas,
hacía la de mi tierra, la de El
Mellizo. Y la tenía muy trillada. Cuando he
ido aprendiendo los diferentes estilos de malagueñas
que hay y escuché a Carmen cantando la malagueña
de La Trini en su ‘Antología.
La mujer en el cante’, se me revolvía
el alma. Qué fuerte esa mujer. ¿Dónde
te transporta? Y tenía claro que el día
que yo hiciera una malagueña iba a ser esa porque
es la que más siento. He probado la de El Canario,
la de Chacón, la del Mellizo, la de Juan Breva...
pero para el disco la que quería era esa con la
verdial que le escuché a Bernardo
el de los Lobitos, que hace un montón de tiempo
se la canté a Rafaela Carrasco en un espectáculo
y me encantó. Yo estaba aprendiéndome una
mariana de él y en el mismo disco, en la antología,
venía esa verdial que es la que me llegó,
es muy poderosa.
Y, al final, la zambra ‘Carta
de una Salvaora’...
Sabía que quería grabar
una zambra pero no sabía cuál. He escuchado
todas las zambras de Caracol
y de La
Paquera. Las de La Paquera nunca me convencían
para yo verme en ese papel. Y las de Caracol me convencían
todas, pero todas hablaban para mujeres. Nunca he tenido
la capacidad de cambiar de letra yo. Así que la
zambra la dejé para el final porque era uno de
los temas más especiales, porque mi hermano y yo
nos hemos criado escuchando a Caracol con mi abuelo. Por
eso lo elegí a mi hermano como la colaboración
especial cantando la zambra. Y él me llamó
una noche diciéndome que había escrito una
zambra. Había estado escuchando ‘La Salvaora’
de Caracol y se metió en la piel de ella, y ella
cuenta la historia de lo que le ha cantado Caracol toda
la vida. Así sí la pude llevar a cabo. Se
llama ‘Carta de una Salvaora’ y mi hermano
hace el papel de Caracol, y yo de la mujer a la que él
le cantó toda la vida. Y eso no fue ni planeado
ni nada. Estábamos ahí con la zambra como
la carta en la manga, estaba ahí pero no sabíamos
cómo la íbamos a jugar. Y al final fue mucho
más especial, compuesta por mi hermano, la música
la hizo con Juan
Diego, y la letra la hizo también él
con dos o tres cambios de Javier Blanco, un poeta que
vive en Los Caños y lo llamó mi hermano
para que la revisara y viera las rimas. La zambra salió
en una tarde. Con ese tema se terminó el disco.
¿Qué papel ha tenido
Miguel Poveda en este disco? No es normal que un artista
se preste a financiar el trabajo de un compañero.
El papel que ha desempeñado Miguel
ha nacido de la amistad, de la afición que tiene
al arte. Sin ego ninguno, tampoco él se metió
en algo que no le fuera a beneficiar, él es muy
inteligente y muy buena persona. Sabía que iba
a disfrutar y que le iba a recompensar, en lo personal
y en lo profesional. Hemos trabajado mucho juntos y él
sabe que como artista por mi parte siempre asumo una gran
responsabilidad, él lo tenía claro, iba
a estar tranquilo. Me llevó de la mano al primer
estudio, con todo su corazón y es un regalo muy
grande que me ha hecho. Luego ya por su vida se desvinculó
un poco del disco, pero no lo quiso dejar. Eligió
la producción ejecutiva para estar dentro del disco,
pues la verdad es que era el único de nosotros
con capacidad para asumir los gastos. Y la responsabilidad
musical, como hubo tantos saltos temporales, pasó
a mi hermano José
Anillo, sabiendo que recaía en un buen profesional.
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