Entrevista a Farruquito, bailaor:
"Tengo inquietud por saber de dónde vengo,
no por saber a dónde voy a llegar"
Silvia Calado Olivo. Sevilla, enero de 2003
Fotos: Daniel Muñoz
"Farruco todavía me está
enseñando". El maestro y patriarca, su abuelo, aún le está
enseñando a seguir el camino de la raíz, a discernir entre profesión
y cultura, a defender una de las verdades posibles en el flamenco, esa que aboga
por conceptos como la pureza o la ortodoxia en términos de respeto. Farruquito
lleva a sus espaldas, con apenas veinte años, la responsabilidad de la
sucesión de una saga que, para su tranquilidad, ya viene rebrotando...
y con fuerza. Fiel a dichos preceptos, a la cantera que lidera y a lo que entiende
por sentir el flamenco, el bailaor sevillano no puede más que reconocer
abiertamente, tras mucho callárselo, algo que puede entenderse como una
provocación, pero también como mera coherencia: "No me gusta
nadie bailando".

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Farruquito no es sólo planta, ni fuerza,
ni sabor, ni arte, ni siquiera sólo baile. Farruquito es también
el emblema de una forma de entender el flamenco. Bailar por derecho, bailar desde
la raíz y bailar de verdad son, a su juicio, sinónimos. Significantes
de un significado único y profundo: "Bailar con el alma abierta".
Y cree que de ello es consciente quien ante su figura se conmueve. Juan Fernández
Montoya considera que "todo el mundo se está dando cuenta de que la
verdad va rebosando". Aclara, en un arrebato de humildad, que "no es
que los demás no hagan la verdad y yo sí", pero subraya su
diferencia. "Soy una persona que cuando salgo a bailar no sé lo que
voy a hacer, no preparo nada un día antes, por eso el cantaor y el guitarrista
están intensamente esperando lo que voy a hacer, igual que yo espero lo
que me va a cantar, por dónde me va a salir... Cuando surge ese momento
en el que confluimos, que no siempre surge, la gente sabe que es algo mágico,
como cuando una persona mira a alguien y se enamora de ella, pues nunca sabes
cuándo te vas a enamorar".
Farruquito es capaz de hablar de este arte
en clave de enamoramiento: "Yo tengo tanto amor y respeto por el baile y
el flamenco, que no me gusta entremezclarlo con nada porque para mí es
faltarle el respeto. Mucha gente está desvirtuando el flamenco y para mí
es una falta de respeto no sólo a una profesión, sino a una cultura
de muchos siglos". Y cree que la gente "al ver ese respeto por el baile
y esa verdad y esos sudores y esas ganas y esa fuerza -porque yo bailo a matarme,
no soy el que hace seis poses, dos vueltas y para adentro, yo cuando bailo quiero
dar todo lo que tengo-, aprecia que le están ofreciendo verdad".
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"A mí no me gusta hoy nadie bailando"
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Tan respetuoso como hacia el flamenco se muestra
hacia los flamencos, lo cual no quiere decir que oculte su parecer sobre el panorama
actual del género. Y se muestra fulminante: "No sé si será
por haber tenido la suerte de nacer de la sangre del maestro Farruco, pero a mí
no me gusta hoy nadie bailando. Y tenía ganas de decirlo".
- ¿Por qué?
- Porque se están confundiendo todos
con ellos mismos. Antes, no hace cuarenta sino diez años, yo podía
fijarme en alguno, pero hoy no. Cada uno quiere tener una personalidad distinta
y llamarlo flamenco... y le están haciendo mucho daño a los que
llevan años partiéndose la cara como Güito, Manolete o Manuela
Carrasco. Le están faltando el respeto con eso de las fusiones y eso de
las personalidades distintas, con eso de que cada cual tiene una forma de sentir
el flamenco. ¡Eso es mentira! Sólo hay una forma de sentir el flamenco.
Si sientes otra cosa, no lo llames flamenco. No puedes hacer seiscientas poses
de contemporáneo y decir que sientes el flamenco. Que me perdone todo el
mundo, pero no me gusta nadie.
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"La espuma y el aire no son tan puros como el fango y la tierra.
Y el flamenco es tierra, no es aire, ni pajaritos, ni burbujas"
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Y el discurso se torna serio. Con el ceño
algo fruncido, el tono in crescendo y los ojos clavados en quien entrevista,
decide no dejarse nada dentro. "Yo escucho hablar de Manuela Carrasco, de
su majestad, de su forma, que lleva cuarenta años sufriendo y ahora llegan
estas monigotes dando dos o tres vueltas con camisones de dormir y se quieren
comer el mundo diciendo que eso es flamenco. Valiente poca vergüenza. Lo
digo tal como lo siento". Se enoja profiriendo un discurso que salpica de
pausas antes de continuar diciendo que, aunque le "duele lo que está
pasando en el flamenco", sabe que cambian las tornas. Recurriendo a la metáfora
asegura que "lo puro está siempre en el fondo de la tierra, lo puro
se queda enterrado abajo. La espuma y el aire no son tan puros como el fango y
la tierra. Y el flamenco es tierra, no es aire, ni pajaritos, ni burbujas".
- Y si no puedes fijarte en nadie, ¿qué
te inspira, de dónde bebes?
- Farruco. En el baile tengo que encerrarme
en Farruco porque lo siento en el alma, porque es el único que me abre
el pecho. Todavía me está enseñando. Me enseñó
lo más importante: la forma de sentir el flamenco y la forma de la verdad.
Me decía que yo fuera yo mismo, que nunca me guiara de la fama... Y me
sigue enseñando. Me pongo un vídeo y recuerdo lo que me decía,
sus consejos, y relaciono las imágenes con sus palabras.
Aún a pesar de este claro norte,
deja algunas ventanas abiertas. "A mí no me gusta sólo el baile,
me gusta mucho el cante, me gusta mucho la guitarra". Concretamente, se acompaña
de dos guitarristas, "uno de ellos es un pedazo de músico que se llama
Román Vicenti, pero el otro es un guitarrista que ha aprendido en la calle,
entonces tengo una mezcla bastante inspiradora, pues lo mismo que me gusta la
música, tengo que transportarme al toque tradicional de atrás".
Una aclaración: "Hago distinciones porque me gusta la música.
Yo no me encierro, tengo veinte años, soy muy joven y, como cualquier joven,
tengo inquietudes". La diferencia entre este joven y el resto es que "tengo
inquietud por saber de dónde vengo, no por saber a dónde voy a llegar.
Yo no quiero saber quién va a ser mi nieto, si no sé quién
es mi abuelo. A mí me confunde la forma de hoy, aunque sea joven".