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Entrevista histórica
de flamenco. Francisco Lema ‘Fosforito’ (1931)
Ídolos que fueron
del cante jondo
“Fosforito”,
el antiguo rival de Antonio Chacón
Flamenco-world.com, agosto
de 2010
Trascripción
literal de la revista ‘Mundo gráfico’
de Madrid. Entrevista firmada por Juan de Gredos
publicada el 16 de septiembre de 1931
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“Fosforito”,
el rival de Antonio
Chacón, el viejo ruiseñor del cante, enfundado
en su pulcro terno negro, de no mal corte, limpio, melancólico
en el gesto, cuida solícito la gallera.
Su imprevisión de artista pródigo le hizo llegar
a este estado. Billetes, mujeres, voz, gloria… es ahora,
en la decadencia, un recuerdo burlón del pasado.
Entablamos el diálogo:
Fosforito y Juan de Gredos
(Foto Mundo Gráfico) |
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-¿En dónde vio
usted la luz primera, Fosforito?
-En Cádiz, hace sesenta y dos años; en una tierra
en la que la poesía se hizo música en los pregones,
en los surtidores de los patios, en la luz, en la risa de
las mocitas. Y mi nombre es el de Francisco Lema. Y de mi
niñez no puedo contarle nada interesante como no sea
que tuve, siendo muy chico, que arrimar el hombro para ayudar
a los míos a mantener la casa. Que siendo un mozalbete
me empecé a aficionar al cante, y era un pájaro
loco que soltaba sus trinos con cualquier pretexto, y en la
calentura de los sueños me imaginaba coplas y más
coplas que ponían la cara verde de envidia al mismísimo
Fillo Silverio y a Juan Breva. La fortuna me puso en los umbrales
de aquel malagueñero que se llamó Enrique
el Mellizo; éste –mi maestro a poco- abarcaba
todo el género, y las seguiriyas y las soleares salían
de su garganta pulidas y emocionadoras hasta arrancar bravos
y atronadores ¡olés! Que no dejaban escuchar
las letrillas finales. Yo me animé como un poseso,
y en aquella escuela… fui día a día perfeccionándome
en los secretos del cante. Mi mentor, con mano segura, me
iba enseñando a dar matices a la voz, a robarle a las
coplas su entraña, a tamizarla a través de los
trémolos para que la esencia del sentimiento, de la
alegría o del reto fluyese arrolladora en suspiros,
en ayes estremecedores como certeras puñaladas; que
la música tomase vida y ecos de triunfo en los sostenidos,
en las leves palpitaciones de la media voz. De allí
salí con mi estilo tallado, con un dominio cumplido
de lo que eran los registros en la mina preciosa de mi garganta.
Compañero de “aula”, admirable camarada
de lucha y competición más tarde, fue aquel
mago que se apellidaba Chacón. Y el remoquete de Fosforito,
que luego popularicé, haciéndole famoso, se
debió a mi contextura. Yo era lo que se dice, en aquella
época, un junquillo pinturero. Morenito, flexible,
escurrido de chichas; como la gente me veía tan largo
y delgado, se aficionó a llamarme Fosforito.
-¿Salió usted muy joven para debutar?
-Muy pronto. Tenía catorce añitos. Con mi voz
puse la proa de los sueños camino de Jerez. Irrumpí
en el Palenque. El café de Junquera, camarín
en donde se rendía devoción a esta modalidad,
ya había acogido entre sus muros a otros cultivadores
felices, como el Chato de Jerez, Marrurro, Luis el de Juanero
y Javier Molina, que con sus originalidades e inspiración
tiranizaban la atención de los habituales del establecimiento.
Tuve suerte. La lucha se desarrolló en un ambiente
poco propicio a los neófitos. En la primera malagueña
se transfundió la música de la guitarra con
los lirismos de mi alma en tensión, templada y varia
de tonos como una cuerda más del instrumento. Al acabar
me tocaron las palmas. Entre chato y caña, volví
a cantar dos, cinco, ¡no sé cuántas coplas
más! En casa de Junquera, cuando pagaban era muy buena
señal ¡aquellos veinticinco realazos!
Allí permanecí actuando durante cuarenta noches
con muy buen éxito. Desde entonces me especialicé
en las malagueñas.
Si de ti pudiera vengarme
Bien sabe Dios que lo hiciera
Pero es mi querer tan grande,
Que lo pienso, me da pena
Y lloro lágrimas de sangre
Yo canto de noche y día
Mi voz a nadie conmueve
Soy como el ave fría
Que canta sobre la nieve
Llorando las penas mías
Francisco Lema 'Fosforito' cuidando
sus gallos de pelea (Foto Mundo Gráfico)
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En esas dos coplas me volcaba
materialmente, y conseguí tantos triunfos con ellas
que las hice mis favoritas. Si nos atenemos a las dificultades
de interpretación, considero la más difícil
la seguiriya, el verdadero “cante jondo”, así
como lo más gitano son los martinetes.
-¿Qué sabe usted de Juan
Breva?
-No ha mentado usted a nadie. El primer malagueñero
que destacó en un tiempo en el que hacían furor
las cañas, las serranas, seguiriyas, soleares, las
javeras. Estilo grandioso, arrogancia.
-¿Qué opina sobre la forma en que hoy se interpreta
el fandanguillo por la nube de profesionales del cante hondo?
-Que es una verdadera pena. Han degenerado la copla. A falta
de estilo –lo más delicado y difícil-
recurren a las facultades, y ya veremos qué les va
a quedar cuando se queden sin ellas. El fandanguillo es, más
que nada, un baile cantado, que un hidalgo sevillano, don
José Pérez de Guzmán, de opulenta fortuna
y envidiable voz, popularizó rápidamente, sirviéndose,
primero, de las mujeres en las fiestas de los patinillos,
y más tarde, por los profesionales. Tiene su origen
en Alosno, Huelva. Ya lo dice la letra:
El fandanguillo de Alosno
Nadie lo sabe cantar.
Lo cantan los mineros
Cuando van a trabajar
-Después de su debut,
¿por dónde se encauzó usted?
-Roto el hielo, empecé mi peregrinación artística
por todos los pueblos de más o menos importancia que
gustaban del “cante jondo”. En una de mis correrías
conseguí un contrato por veinticinco días, ganando
también la misma cifra en reales en un café
denominado La Vera Cruz.
Aquello del título me escamó, sin sabérmelo
explicar. Salí a cantar, me ovacionaron; cobré
mis seis veinticinco y, muy satisfecho, me retiré a
dormir. Al siguiente día, menos gente, menos aplausos…
y ni una peseta. Y así pasó una semana, y así
la otra, hasta que llegó la fecha señalada como
final de mi contrato y en vista de que la garantía
del mismo era verbal y esto no suponía nada positivo,
me puse a andar, y de esta forma caí con mis huesos
en Puerto de Santa María.
La suerte no me fue esquiva. Paso a paso consolidé
mi personalidad. En aquella especie de Olimpo que era el café
del señor Manuel el Burrero, permanecí nueve
años compitiendo con lo bueno, malo y peor que por
su tablado desfilaba. Mis sueldos oscilaban entre los cincuenta,
treinta y cinco y veinticinco reales.
Luego llegó el pugilato, noble, limpio, verdad, a cargo
de mi ya desaparecido camarada Chacón -el amo del cante,
el que con una intuición asombrosa y arte de maravilla
culminó en todas las facetas- y mi persona. De lo que
hacíamos, bien pueden dar fe cuantos se deleitaron
escuchándonos.
-¿Cuándo se presentó usted en Madrid?
-Después de haber recorrido casi la Península
entera, cosechando muchos billetes y palmas. Así como
en Sevilla, Cádiz y Málaga es donde más
se entiende de estos menesteres del “jipío”,
Madrid es, sin disputa, la ciudad que más caro cotiza
cualquier manifestación de arte.
Cuando yo entraba en él moría el popular hombre
de teatros Felipe Ducazcal. En dos saltos me planté
en casa de Agustín Monedero, dueño del café
de ese género más concurrido y celebrado. Mi
presentación tuvo una cariñosísima acogida.
Creo que canté aquella noche memorable como no lo había
hecho nunca. Luego pasé a actuar a otros establecimientos
de esa índole: el Romero, Naranjeros. El café
del Brillante derivó, en vista del negocio de sus similares,
por los mismos derroteros, y mi persona lo inauguró
tiempo después. El último templo romántico
dedicado al culto férvido del cante hondo, y que con
más bríos se defendió de las innovaciones
del modernismo en la evolución de los gustos del pueblo,
fue el café de “La Marina”.
De mi época no ganó nadie para la vejez. Se
derrochó todo. ¿Quién se acuerda en plena
apoteosis de la ancianidad futura? ¡Las hormigas! ¡Ya
usted ve! El Chato de Jerez era una notabilidad y murió
más pobre que una rata, olvidado de todo el mundo.
De los que más han ganado ha sido Antonio Chacón,
y el máximo se elevaba a cobrar cuatro duros diarios.
-¿Por qué fecha cantó usted en ademán
de despedida?
Fosforito, con el estoicismo de quien se bebe la amargura
de las penas que se agarran al corazón, duda, calla
un momento y luego ríe con filosofía recordando:
-La última vez que se escuchó mi voz ocurrió
allá por el año de 1923, en el Olimpia, de Sevilla,
en competencia con el Niño de Granada. Luego, en un
concierto organizado por Vallejo,
en el desaparecido Teatro de Novedades.
-¿Qué opina del baile flamenco?
-Que está “perdío”, y lo indudable
es que quedan buenos cultivadores; pero a los aficionados
no les llama la atención.
-¿Quién crea las coplas?
-La mayoría, las que vuelan al viento de labio en labio,
como una mariposa de poesía, las urde ese vate espontáneo
que atiende por Fernando el de Triana.
-¿Qué juicio le merece el estado actual del
cante?
-Los chicos de hoy cantan muy discretamente, a gran voz, pero
con poco estilo. Con picardía adaptan a sus condiciones
lo que mejor les va, venciendo las dificultades con muchos
alardes.
-Y ahora, ¿qué hace usted?
-Ya lo ve: dejar pasar los días y acordarme de una
copliya que cura el mal de la melancolía:
Esperar en la experiencia
Es esperanza “perdía”;
Que antes que llegue el saber
S’acabaíto la vía
JUAN DE GREDOS
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