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Israel Galván
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FLAMENCO DE 2 EN 2. Israel Galván y Alfredo Lagos, bailaor y guitarrista

“No tenemos la presión de quedar bien
con el público o de tener éxito”

Carlos Sánchez. Sevilla, octubre de 2005

Israel Galván y Alfredo Lagos vuelven a juntarse. Tras compartir proyectos como ‘La edad de oro’ y ‘Arena’, el bailaor y el guitarrista preparan una versión de ‘Granada’ de Isaac Albéniz para un homenaje al compositor en el Teatro de la Maestranza de Sevilla. Y es en el estudio que el bailaor tiene en la capital hispalense donde, en un descanso del ensayo, la pareja mantiene esta charla sobre lo hecho y lo por hacer, en la que acaban hasta entrevistándose. Sin presiones externas que los distraigan, mantienen una fructífera relación artística desde hace años basada en la libertad de acción, en la admiración mutua... y en la diversión.

 

Israel Galván y Alfredo Lagos en 'La edad de oro' (Foto: Daniel Muñoz)
   

¿Cuándo fue el primer encuentro?

Alfredo Lagos. La primera vez que trabajamos juntos fue en un espectáculo que hicimos con Manuel Soler en el auditorio de la Escuela Superior de Ingenieros de Sevilla. Sería por 2001. Después nos fuimos a Estados Unidos y la cosa ya fue un poco más seria. Y desde ahí hasta hoy.

Israel Galván. A mí la clave me la dio Manuel Soler. Un bailaor permanece con un guitarrista dependiendo del momento y las circunstancias en que se encuentre. Yo tuve ahí unos cambios. En ese momento estaba buscando una guitarra más apropiada.

Israel, ¿qué te impulsó a trabajar con Alfredo?

I. G. Fue el hecho de buscar una guitarra. Él venía de trabajar con Enrique Morente pero, a la vez, conservaba el toque de Jerez. Ha tenido muchas influencias. Eso me ha ayudado mucho en mis inventos. Creo que, poco a poco, nos fuimos descubriendo. Da gusto trabajar con él. Tiene una forma de trabajar muy rápida, al estilo de Sabicas y Montoya. El toque de Alfredo no es ‘ojana’, tiene brillo, es auténtico. Ahora está trabajando con Estrella Morente. Ella necesita unas afinaciones especiales. Por eso su toque es muy peculiar. Una vez me dijo Enrique Morente que Alfredo “sirve para todo”.

¿Eso es lo que buscas en un guitarrista?

I. G. Un guitarrista, aparte de ser un creador, se tiene que ver técnicamente. Lo que yo busco es que no sea una persona esclava del ritmo, que tenga una libertad para crear cosas, que no esté amarrado a nada.

Alfredo, ¿te ha costado adaptarte al baile de Israel?

A. L. La verdad es que no. Cuando comencé a trabajar con él ya venía yo bastante rodado. Creo que la clave está en que nos divertimos y nos lo pasamos muy bien trabajando juntos. Creo que por eso se mantiene viva nuestra relación profesional.

¿Qué es lo que más valoras de Israel?

A. L. Lo que más valoro es su personalidad. Me parece muy personal. Me dice bastantes cosas porque es único. No creo que haya nadie que se le ocurra hacer esas tonterías que él hace (bromea).


Israel Galván (Foto: Daniel Muñoz)
 
   

Y tú Israel, ¿cuál es tu opinión sobre Alfredo?

I. G. Ante todo, que es buena persona. Es muy complicado poder hacer arte y disfrutar a la vez. No buscamos una idea de trabajar forzados. Los dos aprendemos mucho de la gente de la que nos rodeamos. Es una experiencia de la que salimos los dos beneficiados porque aprendemos el uno del otro. Alfredo es sencillo. Hoy día es complicado encontrar una persona así.

¿Para divertirse en el escenario es necesario que haya una complicidad entre ambos?

A. L. Estoy seguro de que sí. Debe haber complicidad. Aparte de entenderte artísticamente, en el terreno personal tiene que existir complicidad para encontrar el camino del disfrute. Tiene que haber confianza. Esto se va ganando con el tiempo. Al principio, era todo un poco más frío.

I. G. Yo diría también que no tenemos esa presión de quedar bien con el público o de tener éxito. Nosotros sabemos cuándo las cosas están bien o están mal. El tener esa relajación y esa libertad en el escenario es importante. No tenemos la idea de tener una carrera y ser el más famoso.

Alfredo, ¿cómo definirías el baile de Israel?

A. L. Un cuelgue total (sonríe). Después del ensayo de hoy, estoy completamente seguro (bromea). Definir el baile de este hombre es difícil. Está dentro de la línea del flamenco, pero con sus aportaciones. Es una cosa muy personal. Si hubiera sido pintor, habría hecho cosas muy abstractas.

Y por ser abstracto, ¿deja de ser flamenco?

A. L. No tiene porqué. En el caso de él, desde luego que no. El flamenco está ahí. Él lo lleva dentro, aunque aporte cosas personales. Él es un bailaor vanguardista. Y creo que para el arte en general esto es positivo.

¿Existe la pureza en el flamenco?

A. L. Supongo que existe. Pero también depende de lo que cada uno entienda por pureza. Yo lo entiendo como ortodoxo. Esto supone, en el caso del bailaor, bailar medido, dentro de unos cánones que están ahí.

I. G. Una cosa es la ortodoxia de los cánones, que está ahí desde hace años. Pero lo que yo entiendo por pureza es la autenticidad de cada uno. El público no necesita una información previa de si tú eres más vanguardista o más flamenco, por decir algo. La pureza es lo que le sale a uno de dentro. También hay mucho engaño en el sentido de que hay gente que hace cosas que son ortodoxas pero que no le salen puras. El flamenco sigue vivo por esto. Cada persona, cada artista, crea su propio flamenco. Por eso el flamenco es un arte que llama tanto la atención.

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