ENTREVISTA A JAVIER LATORRE,
BAILAOR Y COREÓGRAFO
"El idioma del arte es un Esperanto para los artistas,
con las ideas nos entendemos"
Silvia Calado Olivo. Córdoba, julio de 2002
Fotos: Daniel Muñoz
Punto de inflexión. El estreno de
la comedia flamenca 'Rinconete y Cortadillo' y la simultánea creación
de una nueva compañía marcan un inicio de etapa en la trayectoria
profesional de Javier Latorre... la que da pie a la progresiva retirada de los
escenarios -que no de la trastienda- del bailaor y bailarín valenciano.
El objetivo es firme: "Crear repertorio y crear una institución de
danza que me sobreviva, que sólo por su nombre genérico ya sea sinónimo
de calidad". En el montaje basado en la novela cervantina, primera referencia
del repertorio de este organismo, asume el reto de hacer reír con el flamenco
y no del flamenco, con una propuesta que "ofrece calidad de imagen y calidad
de sonido, como cuando compras un televisor. Y buen baile". Sin renunciar
a la ironía, al humor y a la irreverencia que se derrama en el escenario,
Javier Latorre analiza el desarrollo y resultado de su obra, sus proyectos y,
de paso, el contexto en el que se desenvuelve el baile flamenco.
¿En qué criterios fundamentas
la etiqueta acuñada para 'Rinconete y Cortadillo'?
Más que una etiqueta es una forma de
definirlo y una forma de diferenciarlo de lo que se ha hecho hasta ahora. Históricamente,
en el flamenco sólo se han contado historias trágicas, de amores
imposibles, de cuernos, de puñalás, de sangre y de malos rollos.
Y, si por el contrario, analizas a la gente que compone el flamenco, creo que
somos uno de los gremios con más vis cómica y más sentido
del humor de todas las disciplinas del teatro. Era incongruente que no se hubiera
tocado casi nunca, tan sólo algunos esbozos pero no de modo tan ambicioso
en cuanto a duración y argumento. Hay ejemplos como el de Cristina Hoyos
en 'Arsa y toma', donde ya hizo un apunte de lo que podía ser parodiar
el flamenco; o en 'El sombrero de tres picos', que contiene algún apunte
muy naïf; y yo mismo lo he hecho en algunas de mis obras, con apuntes más
que humorísticos, sarcásticos o irónicos. Era una cuenta
pendiente porque estaba harto de ver que los flamencos solamente son cómicos
cuando salen del escenario.
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Javier Latorre en 'Ambivalencias'
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En el montaje, no sólo tienen papel los bailarines,
también músicos y cantaores...
El cásting ha sido importante.
Había que elegir a los personajes con un físico acorde a cómo
Cervantes los describe en la novela, de forma que tuvieran que interpretar lo
menos posible, pues para un guitarrista o un cantaor es muy difícil mantener
un papel. Pepe Quero, el director del grupo teatral Los Ulen, ha hecho un trabajo
increíble de puesta en escena y dramaturgia tanto de los músicos
como de los bailarines.
Hay ocho músicos, de los que
cinco están en escena y tres en el foso que se encargan de la percusión,
los coros y los efectos sonoros... la obra tiene efectos sonoros al uso de Benny
Hill, del cine mudo, pues todo lo que potencie la hilaridad está presente...
tomamos motivos de todo tipo de historias: desde las chirigotas de Cádiz
a Les Luthiers, pasando por Los Morancos o Chaplin. Todo lo que pueda hacer reír
ha sido usado.
¿Cómo han respondido cantaores y guitarristas
a la interpretación?
De primeras, pues yuyu, evidentemente!
Pero ahí han estado nuestras neuronillas para convencerles poco a poco
y explicarles que, si lo que querían eran pasar desapercibidos, más
les valía mezclarse con el grupo que no quedarse sin hacer nada. Ha costado
poco trabajo hacérselo descubrir y en cuanto lo hacen, gozan como niños.
En el caso de Enrique el Extremeño,
tiene un papel que es ni más ni menos lo que él representa en la
vida real, su apariencia física, su forma... él es el capo di
capi, lo sientas en un sillón en el centro del escenario moviéndolo
todo y manejándolo todo y él es feliz. Y ya sabemos todos quién
es Enrique y cómo canta Enrique. Cuando le preguntaron que si quería
hacerlo no puso ningún pero... las cosas son mucho más naturales
de lo que parecen.
Estamos llenos de temor al sacrilegio. Y no
tiene sentido. Antonio Gades lleva haciendo eso veinticinco años: en todas
sus obras los guitarristas y los cantaores se mueven por el escenario y tienen
un papel que representar y nadie ha encontrado nada extraño nunca. Lo que
puede tener de extraño esta obra es su cariz cómico. ¡Si es
que los flamencos son los más cómicos del mundo! Están en
su salsa. En cuanto cogen el papel, no es que tengan dificultades para representarlo,
es que ya echan mano de cosecha propia y sacan cosas de su propio registro que
no venían en el guión. Y ahí es donde uno se da cuenta de
que el papel está asimilado, está mascado y la gente está
agustísimo. Se lo pasan como indios en el escenario.
¿Qué fue antes la novela
o la idea?
Primero fue la idea. El guión
lleva escrito diez años por mi compañero, amigo y manager Raúl
Comba. Cuando nos conocimos, hace siete años, lo primero que hizo fue pasarme
el guión y decirme que le echara un vistazo a ver si en un futuro se podía
llevar a cabo. Y a mí el mero reto de hacer reír con el flamenco
y no del flamenco, que es lo que estamos acostumbrados a ver últimamente,
me parecía ilusionante. Lo que pasa es que no hemos tenido financiación
o coproducción hasta ahora. Y recalco coproducción y no financiación
porque sigo en mis trece: no quiero subvenciones ni quiero dinero regalado de
nadie, sino gente que invierta en mis proyectos y luego rentabilice sus inversiones.

Escena de 'Rinconete y Cortadillo'
¿Se ciñe el guión
a la novela ejemplar cervantina?
Completamente. Sólo nos hemos
permitido una licencia geográfica, pues en la novela Rinconete y Cortadillo
se encuentran en un punto indeterminado de Andalucía, camino de Sevilla,
y la hemos localizado en la Posada del Potro. Es también un pretexto para
usar las alegrías de Córdoba, que no se suelen usar, y también
es un pequeño homenaje a mi ciudad adoptiva y donde vivo y donde espero
no morirme nunca.
Musicalmente, ¿qué peculiaridades
tiene el montaje?
Tanto en el plano musical y de las letras,
todo lo que hay en la obra es absolutamente original. No se puede hablar de refrito
en ningún sentido porque no hay ni el más mínimo pretexto
para que hayamos echado mano de cualquier melodía clásica o antigua.
Ni en la música, tanto la flamenca como la clásica -de Juan Carlos
Romero y de Mauricio Sotelo- aparece una sola nota anterior, ni las letras son
previas, pues están escritas por José Luis Ortiz Nuevo para la obra
específicamente. No se han grabado anteriormente ni se han usado nunca
en ningún espectáculo, por lo tanto, la obra es totalmente original.
¿Cómo se plantean el baile
y la coreografía?
Para contar algo cómico tienes
que buscar otros argumentos y otros recursos. La música ayuda mucho porque,
a pesar de que parece un contraste, Juan Carlos Romero es un músico de
vanguardia, pero flamenco, y Mauricio Sotelo es uno de los grandes virtuosos de
la composición contemporánea en todo el mundo. A primera vista,
podría parecer que eso pudiera chocar, sin embargo, cuando me hablan de
fusión yo hablaría más bien de comunión entre artistas.
Yo creo que el idioma del arte es un esperanto que sirve para los que realmente
son artistas, no hace falta hablar el mismo idioma, con las ideas nos entendemos.
Y tanto la música de Mauricio como
la de Juan Carlos me han apretado las tuercas para buscar la coreografía,
igual que los cuadros de Abraham Lacalle, que es uno de los pintores figurativos
más importantes de este momento y me parece que es uno de los grandes talentos
del momento... y, evidentemente, la pintura que desarrolla tampoco tiene nada
que ver con el siglo XVI. Pero hemos conseguido una unidad de lenguaje que ha
tenido que ser enriquecida en la coreografía con recursos nuevos. No sirve
montar pasos. Montar pasos sirve para las escenas corales, para las escenas de
grupo y, aún así, mientras están bailando están manteniendo
su papel, cada uno dentro de su carácter. No se olvidan del papel para
empezar a bailar por la cara, como estamos acostumbrados. Usamos técnica
contemporánea, técnica clásica, por supuestísimo,
porque siempre la he usado y nunca voy a dejar de usarla... me ha costado mucho
trabajo aprenderla. También usamos el mimo. Y es impresionante el trabajo
de Pepe Quero a nivel actoral y a nivel dramatúrgico porque es gente que,
en su mayoría, no está acostumbrada a interpretar. Me parece que
tanto Daniel Navarro como Nacho Blanco, que son Rinconete y Cortadillo, consiguen
algo impresionante.
¿Y cuál está siendo
la respuesta del público?
En el estreno en el Generalife de Granada
fue muy duro porque es un público que está acostumbrado a la tradición
del ballet de argumento y de seriedad. Ofrecerle de buenas a primeras una obra
flamenca cuando todos estamos acostumbrados a ver tragedia... La predisposición
era complicadilla. Tenía clarísimo que si la gente en el Generalife
respondía a la obra, sería un éxito indudablemente en cualquier
teatro del mundo porque es de los más difíciles del mundo de contentar.
La gente se rió donde esperábamos, disfrutó con la obra y
aplaudió durante siete minutos.
Es más difícil hacer reír
que transmitir drama...
Además es histórico en
el mundo del espectáculo. Es infinitamente más difícil hacer
reír que hacer llorar, más cuando los recursos están muy
trillados y es muy difícil sacar gags nuevos. Hay que ajustar muchísimo
el personaje para que entre dentro de la trama siendo totalmente creíble.
La verdad es que es muy jodido. Hay un hilo finísimo entre que se rían
contigo y que se rían de ti. Y yo creo que esta obra ha conseguido no ser
ridícula en ningún momento. Puedes llamarla zafia y puedes decir
que hay humor fácil, de lo cual estoy orgulloso porque el humor fácil
es el que llega a todo el público. Y aquí no estamos hablando de
lumbreras que llenen teatros. Además, de las lumbreras es de lo que más
reniego, de los que quieren un humor más exquisito. Yo me remito a los
cómicos, sin ir más lejos, que hay ahora mismo en el mercado español.
La inmensa mayoría de la gente se descojona con Chiquito de la Calzada
y una minoría lo repudia, pero no hay término medio. Y yo no quiero
término medio ni para esta obra ni para ninguna de las que monte. Seguramente,
habrá gente a la que no le guste porque mi forma del humor y de ver la
vida sea zafio o ácido o sarcástico o irreverente. Pero es indiscutible
que se ofrece calidad de imagen y calidad de sonido, como cuando compras un televisor...
y buen baile.
Pero no ejecutado por Javier Latorre...
En la obra no bailo, es otro de los
objetivos de la compañía. Yo sigo mi lucha con lo que no comparto
de todo lo que está pasando en el flamenco. Tengo muy claro que esta compañía
no se va a retirar cuando yo me retire y a mí me queda muy poco para retirarme...
en el sentido de bailar a tope como he bailado siempre. Ni mi físico me
lo permite ni mi edad tampoco ni mis objetivos son ya esos. Como bailarín
puedo decir que he conseguido todo lo que me he propuesto y llevo treinta y cinco
años bailando y unas cuantas operaciones ya en las piernas y soy asmático,
etcétera, etcétera. Mi objetivo es crear obras y crear una institución
que sobreviva a mí y a todos, quiero un Netherland Dance Theatre, quiero
un American Ballet... quiero una institución de danza que nada más
por su nombre genérico ya sea sinónimo de calidad y que no necesite
ninguna figura personalizada, pues no sólo corta el camino a los que están
detrás, sino que, además, cuando esa figura desaparece, desaparece
también la compañía. De hecho, ya tenemos ejemplos -que todos
conocemos- de que cuando han intentado no salir se ha liado un pollo gordo.
Y con esa filosofía te planteas
el proyecto de esta institución...
Como compañía residente
del Gran Teatro de Córdoba la idea es tener local, empezar a becar a gente,
alimentar a la compañía con una escuela permanente como la del Ballet
Nacional de España, una escuela que sea cantera. Además, tengo mucha
ilusión en crear un centro de estudios coreográficos, del que estamos
muy necesitados.
¿Te planteas que esa cantera de
baile flamenco sea en un futuro supranacional?
Hay una desproporción en los cursos
de baile entre los alumnos extranjeros y los españoles, a favor de los
primeros. Es una cuestión de amor. A la gente no le gusta bailar, no le
gusta el esfuerzo. Pasa lo mismo que en Rinconete y Cortadillo: se busca el mayor
resultado con el menor esfuerzo, traspasado al flamenco. En el flamenco todo el
mundo es bueno, salen al escenario y ya son profesionales. Y no ven que no se
puede parar de aprender para demostrarlo. Creen que con dejarse perilla o coleta
ya pueden llegar donde han llegado Antonio Canales o Joaquín Cortés.
Y es una gran equivocación. A este paso, alguien que viene desde seis mil
kilómetros ya se esfuerza más. Aquí el que nace mono, con
pies y con oído ya cree que lo tiene todo hecho. Y, al final, acaba bailando
por cuatro mil pelas... eso es muy triste. Afortunadamente, ese ha sido mi principio
no mi final. Y, sin vanidad, me considero el tuerto en el país de los ciegos.
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