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Anterior | ‘Viento
del Norte’, tema a tema, por Jesús Torres
¿Que aporta cada uno de
los colaboradores?
Jesús Torres
(Foto Daniel Muñoz) |
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Encarna
Anillo interviene en la bulería por soleá
aunque, en principio, lo iba a grabar Montse Cortés.
Pero, por un problema de agenda, porque ella estaba con
la gira de Paco de Lucía, no pudo ser. Llamé
a Encarnita y me dijo que no me preocupara, que ella lo
hacía. Además, me gusta mucho. Ya había
trabajado con ella. Llegué a Madrid, le canté
el tema dos veces con mi voz de perro, ella lo entendió
a la primera y lo grabamos esa misma tarde. Con Miguel
Poveda lo mismo. En una gira en Nueva York le dije
que quería contar con él para un tema del
disco que estaba grabando. Y me dijo que para lo que quisiera.
Le hice una letra de jabera para una malagueña
que yo tenía. Quería rematarla con jabera,
que es un cante que me gusta mucho. No sé por qué
de pequeñito lo escuchaba mucho y no se graba apenas.
Le mandé la letra, fui a su casa a medirla y todo
fue maravilloso. Es una suerte contar con gente así,
que me ha ayudado así. A todo el mundo le he preguntado
que cuánto me cobraban y cuando me han dicho que
no y he visto que era de verdad, pues aceptaba. Es la
única manera de hacerlo viable. Así ha sido
también con los palmeros, Carlos Grilo y El Lúa.
Vinieron a Sevilla, no me quisieron cobrar nada y al final
les regalé un jamón a cada uno. ¡Y
un queso! Se hartaron de reír con el regalo. También
llamé a Manuel Gago, en la bulería. Le pasé
la letra y la melodía, que las he hecho yo, se
vino a Madrid, grabó y todo fue muy sencillo. Tenemos
unos coros de Carmen Amaya, la hermana de Remedios, y
Ana Mari González, que las conocía de la
Compañía Andaluza de Danza de hace un montón
de años. Quería que los coros fueran de
mujer. En el tema en el que colaboran hay una parte en
la que no están en su tesitura, les viene un poco
bajito, pero me gusta cómo les iba y a ellas también.
Todos son gente muy generosa.
Aparte de pinceladas de voz,
hay muchos colores instrumentales...
Antonio
Coronel es un profesional que me gusta mucho porque
es un tipo de percusión que no te das cuenta de
que está, pero si no está, se crea un agujerazo.
Es muy sutil, pero está ahí, haciendo lo
justo en el momento que tiene que ser. No hay nada gratuito
ni nada pretencioso. También colabora un colega
de Madrid, el chelista José Luis Rodríguez,
que es muy lindo. Está Pablo Suárez, a quien
le pedí que me hiciera el arreglo de cuerda de
la bulería por soleá y del zapateado. Y
también me hizo el favor de ayudarme porque yo
no tengo ni idea de hacer arreglos. Puedo saber lo que
me gusta, pero no sé a nivel musical cómo
se debe hacer. Y está su piano en la nana, tocado
con mucho gusto. Tiene una forma de tocar con la que me
identifico, muy melodioso, muy sutil, muy gustoso. Luis
Escribano ha metido el contrabajo en un par de temas.
Estaba mucho por la labor, ya había trabajado antes
con él. En otro tema hay un bandoneón que
me recomendó José Luis, es un argentino
mayor que vive en Madrid. Se llama Jorge Lema. Flipé
con el aspecto de él y el de su casa. Vive en veinte
metros cuadrados y tiene un desorden que no es un desorden.
Al verlo funcionar, lo que en un principio me pareció
un caos, era una organización brutal. Me grababa
en cinta de casette y para hacer las pruebas, era como
un ritual. Yo, sin conocerle, me ponía nervioso
al principio, tan parsimonioso. Hasta que ya le iba tocando,
él me iba tocando los arreglos y quedó maravilloso.
Yo quería un bandoneón que sonara argentino
y lo conseguí. Además, él no tiene
ni idea de flamenco. Hizo lo que mejor le venía
al tema.
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Jesús Torres
(Foto Daniel Muñoz) |
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Hay muy poquito, pero está el
buzuki de Amir. Quería una pincelada de ese instrumento
en la malagueña. Cuando grabé la voz de
la jabera, le dije a Miguel que la hiciera como quisiera
y grabó tercios muy largos. Así que tuve
que trabajar en la forma de meter la guitarra porque no
quería un acompañamiento normal. Pensé
en darle colores diferentes y que uno fuera el buzuki.
Y ha quedado muy bien. Jajaja. Claro que te estoy
hablando de mi hijo. Cuando lo haces desde el gusto y
sin pretensiones... Con la única espinita que me
quedo, pero ya es algo personal, es que tenía la
ilusión de que mi madre lo hubiera escuchado, pero
se fue el año pasado en enero y no pudo ser. Me
fui de casa muy joven, siempre fui el niño mimado
de la familia y estaba muy pendiente de mí. La
veía muy poco porque estaba siempre viajando. Estará
por ahí escuchándolo de todas formas...
¿De dónde era?
Sevillana. Son todos sevillanos. Mi madre
se fue al País Vasco embarazada de mí. Mi
padre emigró a trabajar a los altos hornos de Vizcaya,
se fue primero solo y una vez que encontró trabajo,
tiró del resto de la familia. Todos, menos yo,
son de Écija. Y a ella le dedico la nana ‘Alhama’
que la hice en principio en un espectáculo de Isabel
Bayón. Y no la bailó, era un cambio de ropa
en el escenario, pero muy especial, muy íntimo,
muy suave. Como tenía ese sentido, la desarrollé
como pieza completa, pues en principio duraba muy poquito,
y la nombré con el apellido de mi madre. Empiezo
con mi padre y acabo con ella.
El título, entonces, remite
a tu biografía…
El disco se llama ‘Viento del Norte’
porque yo nací en Barakaldo, en Vizcaya, y porque
es uno de los primeros temas que hice cuando me vine de
casa. Soy del norte aunque toda mi familia, mis orígenes
y mi forma de sentir son andaluces. Además, sintonizo
mucho con la forma de vivir del sur. Pero lo cierto es
que he estado veinticuatro años viviendo en el
norte.
¿El flamenco lo traías
de casa?
El flamenco, al principio, ni lo entendía
ni me gustaba. En mi casa siempre se ha escuchado, pero
no un flamenco heavy. Aunque tenía cinco años,
recuerdo a mi padre poniendo discos de Valderrama
en el tocadiscos portátil, que le encantaba. Y
siempre ha habido flamenco. Pero no entendía cómo
aquello funcionaba. Con doce años mi hermano me
regaló una guitarra y empecé a tocar rock,
pop, todo lo que me venía, canciones de la tele.
Hasta que un día un vecino me preguntó que
si tocaba flamenco. Le dije que no y me propuso aprender.
Este vecino contaba chistes y cantaba sevillanas y fandangos.
Me vio por la escalera... y le dije que bueno. Me soltó
allí con un señor de Barakaldo que daba
clases de guitarra flamenca, estuve un mes y pico con
él, me enseñó todo lo que sabía,
que no era mucho. Pero fue la puerta que me hizo descubrir
que me gustaba. Hasta que no lo vi en mis manos, no lo
supe. Y este vecino me cogió como guitarrista.
Se dedicaba a ir por los bares. Iba donde el dueño
y le decía que si quería le montaba un espectáculo
de flamenco y de chistes. No pedía dinero, sino
una botella de coñac, otra de whisky y otra de
ginebra. Le decía que sí. Y lo que hacía
era juntar las mesas del bar para hacer un escenario.
Tenía unas tiras de papeletas y al final sacaba
el lote de botellas y las rifaba. Cinco duros, tal. Y
eso era lo que ganábamos. Tendría yo quince
o dieciséis años. Trabajé hasta en
un circo ambulante, íbamos a locales un poquito
más grandes con una vedette, un malabarista, él
que contaba los chistes... más patético
que otra cosa. Y en carros de estos de pueblo que le abaten
los laterales, montaban el escenario. Hasta que ya conocí
a una persona que bailaba, a Elvira Andrés, que
fue a hacer un cursillo a Bilbao, y me dijo que si me
quería ir a Madrid. Le hice caso y me fui a Amor
de Dios, me sentaba al lado de los guitarristas a ver
lo que hacían para baile. Hasta que decidí
venirme definitivamente para intentar vivir de ello.

Jesús Torres (Foto
Daniel Muñoz)
Y de cabeza al baile…
Exacto. Estuve con la Compañía
de Antonio
Gades en un par de giras en el año 96, por
mediación de Elvira Andrés. Yo flipé
con él. Me gustan todas sus obras. Es increíble
cómo explica, lo sencillo que lo hace. Aunque,
desde dentro, ves lo difícil que es hacerlo sencillo.
Sin escenografía, con unos espejos, con muy pocas
cosas, cómo explicaba. Cualquiera podía
entender lo que ocurría. Y cómo trataba
los detalles, de luces sabía muchísimo.
Estar al lado de él y ver cómo dirigía
los ensayos fue increíble. Caía en cosas
que a otros se le pasaban por alto. Me acuerdo de un detalle
con Candy, que era el malo de la historia. Iba con dos
que tenían botas altas negras. Y tenían
los tres las botas brillantísimas. Y Gades les
dijo que el único que tenía que tener las
botas brillantes era Candy, que los otros no las tenían
que tener limpias del todo. Y claro, al principio piensas
qué chorrada, pero después te sentabas a
ver el ensayo y, exactamente, la mirada se te iba hacia
el que tenía las botas más brillantes, que
era el personaje más malo de todos, sobre quien
tenía que ir la atención. Me pareció
una persona muy especial. Y como concepto de obra y como
bailaor, muy bueno. Tuve la suerte de estar ahí.
Y con mucha gente más, como María Rosa.
Todos los profesionales antiguos pasaron por ella, tuvo
compañía toda su vida. Vaya, te estoy metiendo
un peliculón de mucho cuidado...
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del Norte’, tema a tema, por Jesús Torres