El Lebrijano.
Alberto García Reyes
Juan Peña Fernández nos recibió en "Las Galeras",
su casa de campo de Lebrija.
Allí, rodeado de árboles, el hijo de María la Perrata, la
de Utrera, y de Bernardo Peña, el tratante de ganado de Lebrija, destapó
el tarro de su vida, como queriendo recordar las "fatiguitas" que hay
que pasar hasta llegar a la cima
"Yo tengo 33 trabajos en la calle y me considero incalificable. He pasado
de hacer cosas sinfónicas a orquestaciones por bulería o música
rock, pop... Cuando escucho a Michael Jackson o Sting me considero capaz de cantar
como ellos, pero hay barreras estúpidas con las que hay que acabar. La
música está esperando algo nuevo".

El Lebrijano (Foto: Estela Zatania)
DIÁLOGO CON LA MÚSICA
Así fue poco a poco el cantaor llevando la conversación hacia
algo que siempre ha defendido: el diálogo con otras músicas siempre
que éste sea posible. "Cuando yo hice el arábigo andaluz, recuerdo
que me dijeron de todo, que estaba loco... Con "La palabra de un gitano",
en el año 71, sonaron violines por bulerías y también estaba
loco. Pero me remonto mucho más atrás. Hay una grabación
que se llama "Detrás de las estrellas" que hice con Gualberto,
en aquel grupo llamado Smash, en la que un flamenco canta por primera vez rock,
allá por el año 60". Esto da una leve muestra de la diversidad
musical que El Lebrijano siempre tiene en su cabeza: "La música es
el bien componer de los sonidos en el tiempo, y todo lo que entre en esta definición
es válido para mí".
Juan pertenece a esa generación de cantaores cuya juventud estuvo marcada
por la llegada de otras músicas al país. "Tuve mucha suerte,
porque coincidí con todos los grandes de la movida madrileña y lo
mismo escuchábamos cantar a la Niña los Peines que a los espirituales
negros. Si venía a Madrid un grupo de jazz, nos metíamos en un garito
a verlo. Por esa inquietud de entonces fuimos y somos la vanguardia". Pero
aunque la desviación hacia otros sonidos es inevitable para el cantaor,
mucho más lo es hablar de lo suyo. Porque además de los devaneos
por el jazz, el rock o lo que fuera, El Lebrijano dedicó cinco años
a pasearse por el mundo con Antonio Gades, y le han acompañado dos generaciones
distintas de guitarristas, desde el Niño Ricardo a su mejor alumno, Paco
de Lucía, desde Melchor de Marchena a su hijo Enrique, sin olvidar "aquella
tarde con Felipe de Triana en la venta Manzanilla en la que me tocó Manolo
de Huelva cuando yo era un chaval". Y es que "Encuentros" con las
seis cuerdas, ha tenido Juan muchos, porque gracias a ellas comenzó a abrirse
puertas en esto del flamenco.
PASTORA, SU MAESTRA
Pero pese a ser hijo de cantaora, El Lebrijano reconoce que habría sido
tratante como su padre a no ser por su gran maestra y musa: Pastora María
Pavón Cruz. "La Niña de los Peines me llamaba sobrino y ella
me enseñó prácticamente lo que sé. Decían que
estaba ida, pero es que no la conocían. Ella era un genio y fue la primera
en hacer distintos cantes con la misma letra y en cantar de detrás para
delante. La bambera, la petenera, los tientos... no serían lo que son sin
el sello de Pastora. Por eso soy un afortunado, porque la conocí y sobre
ella edifiqué mis cimientos, todo eso que no se ve, pero que es absolutamente
necesario". Aquí, en este punto de la conversación, terminó
el paseo y de pie, junto a los arcos triunfales que rodean su casa, llegó
el momento del glosario de agradecimientos. "Para mí, uno de los mejores
cantaores que han existido es Juan Talega y de él aprendí mucho.
Mairena, Pinto, la Fernanda y la Bernarda...".
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