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"Rito y geografía del baile (12 videos)"
 
"La comuni- cación entre los artistas debiera ser más libre"

DE LAS SOLEARES A LA SOLEÁ
Luisa Triana analiza medio siglo de evolución del baile flamenco
Candela Olivo

Desde que, aún siendo una niña, debutara en Nueva York de la mano de La Argentinita, hasta que decidió cambiar los escenarios por los pinceles medio siglo más tarde, Luisa Triana ha acumulado criterio suficiente como para evaluar la evolución del flamenco más reciente. Y ello desde la particular perspectiva del flamenco de extramuros. La pérdida de libertad, los cambios musicales, el enriquecimiento de los estilos y el actual yugo de la bulería son las claves de su análisis.

Sobre los excesos

Hoy se está abusando demasiado de la bulería como un recurso para asegurar que el número va a tener éxito. Y yo creo que los artistas de hoy son muy buenos, son mejores que nunca y debieran de tener un poquito más de confianza en el propio palo y no tratar de cambiarlo.

Sobre la fusión

El flamenco ha estado evolucionando y mejorándose solito. Sólo hay que echar un vistazo a un libro de Otero, el maestro de mi padre, y se ve que las posturas están totalmente anticuadas, y ese flamenco ya no se bailó diez años después, ni veinte ni treinta. Lo que estamos haciendo ahora con el flamenco metiendo cosas de otras culturas no mejora el flamenco. El flamenco no tiene que pedirle prestado a ningún otro arte, lo tiene todo musicalmente y en el baile en particular. Eso no quiere decir que tengamos que limitarnos a los bailes de academia, porque también hay reconocer que hay algunos que se han amparado en el purismo para no dar más.


Luisa Triana impartiendo un seminario en California (años cincuenta)

Sobre la evolución

Hay que salir. Ese equilibrio antes yo lo vi pasar desde la época de mi padre, de Carmen, hasta los años setenta. Esa evolución era natural, iba tranquila, estaba evolucionando dentro del mismo flamenco. Musicalmente, empezaron a enriquecerlo con unos acordes un poquito más extraños, pero se quedaban dentro del compás. Hoy en día están cambiando el compás a tal extremo, que te engaña. Y yo me pregunto: ¿Qué ha conseguido ese artista con engañarme a mí con el compás? De pronto no sé dónde estaba, aunque después acabe a compás. No puedo participar con él. Antes se metían los pies, pero lo podías seguir, tú estabas con el artista. Cuando llegaba a un sitio, podías arrancar y darle un ole y tú habías casi bailado con esa persona. Y, antiguamente, me refiero a los cincuenta a setenta, el público reaccionaba continuamente.

Ahora en los espectáculos el público está totalmente callado, porque no tiene oportunidad. Al final aplaude, porque la mayoría han bailado muy bien en el sentido técnico, pero la velocidad no es el único aspecto de la técnica. Carmen Amaya metía caña al final. Siento que sus alegrías, las verdaderas alegrías que ella creó, no estuvieran grabadas en vídeo. Sí están grabadas en cinta (pulsa aquí para escucharlas) y ahí se puede seguir el sentido y el sentimiento de los zapateados. Al final empezaba la bulla, sabíamos que iba a terminar. Ahora dan la bulla muy pronto.

Sobre el hombre y la mujer

La mujer debe siempre exhibir su feminidad y, si tiene habilidad con los pies, vale. Pero todos los bailes no se prestan. Esto es otra cosa que he visto que falta actualmente. Los bailes tenían un sello. No todos los bailes se prestan a ser el más importante de la noche. Y ahora intentan acabar con el espectáculo cada vez que salen. No puede ser.
La soleá antes se bailaba con zapateado, pero poquito. Era un baile de mujer, el hombre no la tocaba. En el tiempo de mi padre, el hombre bailaba por farrucas, por alegrías y por bulerías. En una fiestecita, un tanguito y punto. La mujer bailaba soleá, tangos... Los tientos llegaron más tarde, fruto de la búsqueda porque, en realidad, era muy limitado, había pocos bailes. Y luego empezó a bailar las alegrías, pero ya las bailaba como mujer. Incluso se ha perdido lo que, coreográficamente, se llamaba la ida (Carmen Amaya aún la hacía) y era conectar el baile para entrar en las bulerías finales. La ida tenía una parte musical predeterminada, que eran dos compases que hacía la guitarra y la mujer hacía los pies. Después, han ido quitando y están con las bulerías desde que salen, te dan una copla y ya están por bulerías. Eso se hace también buscando el aplauso fácil... y no es que las bulerías sean fáciles, pero se sabe que van a llegar.


Luisa Tiana con La Argentinita, su madrina de baile, y su padre en un momento de la representación de 'Café de Chinitas' en Buenos Aires (años cuarenta)

Sobre los palos

A lo que iba, los sellos... La soleá tenía elegancia. Aún cuando empezó el hombre a bailarla, lo hacía casi pidiendo permiso, exponiendo su garbo. Claro, el hombre ha tenido siempre que meter los pies. El estilo de la caña tenía más definido lo que tenía que hacer con los pies. En la soleá propia, que entonces se le decían soleares... no sé por qué era antes plural, alguien me lo va a tener que explicar, también ha sido una evolución. Como tampoco se usaba la palabra palo, eso es una cosa nueva, no sé cuándo empezó, pero supongo que en los últimos veinte años. Y me parece muy bien porque se entiende. La soleá tenía su look y los tientos también. Las alegrías eran las que más fuerza tenían. El patrón que ha desarrollado la alegría es el que más impacto tiene dentro de la coreografía predeterminada. Pero la mujer, por ejemplo, hacía más brazos al principio. Cuando tocaba la escobilla, hacía tres cositas y media y fuera. Si tenías más pies, hacías más pies, pero no era cuestión de tirarse veinte minutos con los pies ni meter bulerías hasta el final. A lo que voy, que esos bailes tenían un sello...

Sobre el zapateado

En América se bailaba mucho el zapateado, porque gustaba mucho. Yo empecé a bailar por zapateado porque no quería meterle pies a mi soleá, mi soleá eran soleares. También hacía un garrotín y metía algo de pies para adornar, pero no había escobillas. El baile tenía mucha coreografía, estaba muy montado con el cante. Entonces, para lucir, porque tenía buenos pies y no quería copiar a Carmen, me puse a bailar el zapateado. Muchos artistas que venían de España veían que eso hacía falta para seguir dándole variedad al espectáculo. Tampoco en aquellos años se podía presentar un espectáculo entero de flamenco, porque el cante no le llegaba a la gente, había que limitarlo, nunca se ponía por delante: atrás y limitado.

Sobre modas

Una cosa que me alegra que haya desaparecido, de la que se pecaba en los años sesenta y setenta, es la rumba. Pasaba igual que hoy con la bulería. Era un pegote, para mi punto de vista, porque estabas bailando una soleá o una seguiriya y, de pronto, ¡vámonos!, sacabas un pañuelito y... De cara al público, era garantía de que el espectáculo iba a gustar. Hasta en un taranto, con una letra que le habían cortado las dos manos a su hermano y, de pronto, tirirití, se acabó la tristeza. Eso es un comercialismo que se metió y ha desaparecido.

Estoy segura de que muchos de los experimentos que están haciendo, dejarán sus cosas buenas, porque la rumba es monísima y todavía se baila, pero ahora no encaja. Y a nadie se le ocurriría meterla, como estamos metiendo la bulería. Espero que el día de mañana dejen a la bulería en su sitio. Si lo metes desde el principio, entonces ¿qué dejas para cuando te tengas que desenvolver e improvisar?.

Sobre la improvisación

Los bailes están actualmente demasiado montados, se ve el montaje. La guitarra, las palmas, la caja... todo está tan ensayado, que nadie se atreve a salirse de ahí, porque si se sale uno, ya se descompone todo. Yo recuerdo que en el montaje de mi padre y el mío, por muchísimos años y en los solos en particular, montábamos las entradas, los puntos clave. Pero se dejaba al guitarrista que tocara las falsetas que quisiera y se dejaba al cante que entrara si no en el primer compás, en el segundo, nos daba igual. De esa manera, el guitarrista tenía total libertad. Sólo a veces le pedía una falseta que me gustaba. El flamenco no estaba tan programado. Creo que esa libertad tiene que volver porque los guitarristas son buenísimos, los cantaores son buenísimos, los bailaores son buenísimos, los palmeros también, pero están todos amarraítos para no equivocarse. Por mucho teatro que le echen, se ve que está todo controlado. El problema también está en que los bailes son demasiado largos y es difícil no repetirse.

Yo tenía siempre que improvisar porque tenía muy mala memoria y se me olvidaban las cosas. A veces se enfadaba mi padre o mi pareja, pero como tenía recursos... Muchas veces lo que improvisaba era mejor, aunque no tuviera la misma fuerza o fuera tan complicado, porque te estás entregando al momento y, claro, ¡eso es el flamenco! Hoy sólo se ven esos momentos de flamenco de raíz, como yo lo llamo, en las peñas. En el teatro, no hay que controlar tanto, hay que controlar las luces, la parte técnica. La comunicación entre los artistas debiera estar un poquito más libre...

 

Más información

Galería de fotos de Luisa Triana

Matilde Coral y la Escuela Sevillana de Baile Andaluz, por Candela Olivo

Carmen Amaya, 1963. Fotografías de Colita y Julio Ubiña. Textos de Francisco Hidalgo Gómez

 
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