María
Pagés, bailaora y coreógrafa. Entrevista
“El flamenco tiene que estar
al más alto nivel,
pues no hay nada que demostrar”
Silvia Calado. Madrid, junio de 2004
María
Pagés trabaja por un objetivo: situar al flamenco
en la cima de la danza internacional. Y lo está consiguiendo.
En el Joyce Theater de Nueva York ha puesto a sus pies,
durante una semana, a lo más granado de la profesión.
En el Teatro Nacional de Taiwan ha colgado el “no
hay localidades” durante seis días. El mismo
reguero de triunfos ha dejado en Inglaterra, en México,
en Italia... La siguiente cita internacional es, por tercera
temporada consecutiva, con Japón. Al público
nipón le regala el estreno de ‘Canciones antes
de una guerra’, un espectáculo comprometido
en el que la bailaora y coreógrafa sevillana muestra
sus últimos experimentos.
María Pagés |
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¿Cómo ha sido la
experiencia del Joyce Theater?
Fue una apuesta de la compañía
por un teatro determinado en Nueva York. Ya habíamos
ido muchas veces a Nueva York y a sitios de altura, pero
nunca de la forma que creemos que nos corresponde. No queríamos
ir a cualquier sitio, ni por un periodo corto de tiempo,
sino hacer temporada durante una semana en un espacio que
siempre me ha gustado, donde ha bailado Baryshnikov y todo
el mundo con nombre en la danza. El flamenco tenía
que estar con una compañía española
y que representara la actualidad. Y creo que hemos conseguido
llamar la atención y reunir al mundo de la danza
alrededor nuestro.
Y ha sido arriesgando con producción
propia, lo cual no es frecuente.
Nos jugábamos mucho, sobre todo,
una cantidad de trabajo enorme y dedicación por parte
de toda la compañía. Y estamos muy contentos.
Podía haber salido mal, pero ha salido muy bien.
Eso de verme en el teatro con Bill T. Jones, Ángel
Corella y medio American Ballet en el patio de butacas,
ha sido muy gratificante. Y hemos bailado ante públicos
muy distintos, desde niños a gente mayor. El Joyce
organiza distintas actividades que dan la opción
de explicar cómo somos y cuál es el origen
de nuestros trabajos. Trata la danza de manera muy amplia.
Un día estuvieron cincuenta niñas y me mandaron
los dibujos que hicieron. Los hemos expuesto en el Teatro
de Torrelodones -donde reside la compañía-
y los niños de allí también quieren
hacerme dibujos. Se ponen en relación muchas cosas,
ves que todo tiene repercusiones.
¿Tiene el baile flamenco
barreras por derribar por esas latitudes?
En Estados Unidos hay mucho tópico
todavía. Cuesta entrar. Por eso hay que incidir más
en cómo presentar las cosas y lo van a entender también.
Creo que van a entender el flamenco no como un arte global,
sino más específico. El flamenco tiene que
estar al más alto nivel, pues no hay nada que demostrar.
Y la apuesta del Joyce iba por ahí. Creo que el Premio
Nacional de Danza, de algún modo, también
explicaba que, creativamente, el flamenco está reconocido.
No hay que dar la misma fórmula que piden, sino plantear
nuestra fórmula, que no sea un caso aislado de un
gran intérprete o coreógrafo.
¿Cómo os han recibido
en Taiwán?
Hemos estado en el Teatro Nacional, que
es una barbaridad, como una pagoda gigantesca. Como anécdota,
puedo contar que dimos seis funciones seguidas con el teatro
a reventar, mientras que a la semana siguiente fue la Compañía
Nacional de Danza y sólo dio tres. Es un espacio
del más alto nivel entre los teatros del mundo. Todos
los sitios donde nos invitan son de ese tipo. Vamos a ir
la Ópera de Berlín y a la Ópera de
Hannover. Ya estamos dentro de ese circuito de primera fila.
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María Pagés |
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¿Ves a China como un mercado
potencial para el flamenco?
Bueno, Taiwán no tiene nada que
ver con la China popular. Es una isla, hay otro nivel de
vida, otro régimen político, viven de una
manera más occidental. Aunque, próximamente,
vamos a ir a Pekín por primera vez. Tampoco tiene
nada que ver con Japón ni en el carácter,
ni en el modo de funcionar, ni en el modo de ver las cosas.
Yo tampoco es que me esperara la reacción del público
taiwanés, mayoritariamente femenino, que me sigue
desde hace tiempo. ¡Ah, por cierto! En Estados Unidos
se ha constituido mi club de fans. Es total. Hay gente de
California, de Florida, de Nueva York y de otras ciudades.
Se intercambian fotos, se avisan de las novedades de la
web... Son increíbles.
La gira continúa por Japón...
Exacto. Vamos antes a París y después
volvemos a Japón con ‘Canciones antes de una
guerra’. En Torrelodones hemos presentado un boceto
de la obra y ofrecemos allí la versión completa.
Llevamos yendo a Japón tres temporadas seguidas con
‘La Tirana’, ‘El perro andaluz’
y ‘Flamenco Republic’. Como vamos a teatros
distintos, esta última obra también la representaremos
ahora como segunda parte.
¿Ha habido que apoyar la
obra con material explicativo adicional para exportarla?
Hemos elaborado ya un sistema. Por ejemplo,
“¡Publicidad!” se dice en japonés.
Y el programa ya está pensado con traducciones sobre
las canciones más arraigadas al acervo popular español.
Creo que para la ‘Nana de la cebolla’ de Miguel
Hernández hay una traducción simultánea.
Además, está acompañada con una escenografía
muy especial hecha a base de luces y de reflejos de los
dibujos de las niñas neoyorquinas, creando la impresión
de estar en el cuarto de un niño. Está todo
apoyado. Después hay canciones para las que no es
necesario nada, como el ‘Imagine’, que es bastante
descriptivo. Hay momentos que se han reforzado y luces como
más televisivas. Aunque, como es un experimento,
nunca se sabe cómo va a funcionar.
‘Canciones antes de una guerra’
lleva un claro mensaje social. ¿Crees que el arte
debería ser más comprometido en estos tiempos
que corren?
El arte es una necesidad. El arte refleja
el momento que se vive y yo tenía esa necesidad.
Otras veces no la he sentido, no quiero ir de reivindicativa.
Pero creo que no podemos vivir en una nube del arte, fuera
de lo que pasa en el mundo. Tenemos la misión de
reflejar un sentimiento, una situación. Era una auténtica
necesidad, no podía resistirme a no decir nada sobre
lo que está ocurriendo en el mundo.
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