Mayte Martín
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Mayte Martín.
Teatro Central. Sevilla, 5 de junio de 2001.
"Hacemos justicia al arte"
Candela Olivo


Cante: Mayte Martín.
Guitarra: Juan Ramón Caro, José Luis Montón.
Violín: Olvido Lanza, Edith Maretzki.
Viola: Montse Vallvé. Chelo: Lito Iglesias.
Contrabajo: Guillermo Prats. Percusión: Marc Miralta.

El maestro Valderrama estaba cerca. Y Mayte Martín lo sabía cuando, después del preludio de tablas y violín, salió al encuentro del público sevillano. El ten cuidao no era ningún autoaviso, pues llegaba sola, segura y con la certeza de que el público sevillano sabía a lo que había venido. No saldría esta vez un Chocolate para compartir cartel. Se quedó en pie para prologarse con la copla por bulerías de Rafael de León, algo más condensada que en Querencia. Marcó terreno, compás y, cuan directora de orquesta, el rumbo de las melodías (y silencios) de la copla aflamencada que abre el disco.

Con una inusualmente flamenca pronunciación de eses finales, presentó, didáctica, la vidalita. Y reconoció sentirse afortunada porque quien la emocionó con tal cante podía, esta vez, oír online la dedicatoria. "Mi pena es más grande, vidalita, porque va por dentro", canta recreándose en estiramientos, trinante, dulce. A solas con la guitarra de Juan Ramón Caro, canta bajito, rasante, pero sin apocarse en las subidas... Cuando es menester, aprieta y vuela alto. Cuando es menester, lubrica los giros y entra a matar. K.O. por sensibilidad.

"¡Precioso Mayte!", dice Juan Valderrama desde alguna parte.

Salta el orden del disco y se va por peteneras, desafiando al mal bajío "por la venganza cobarde". Las seis cuerdas equiparan en delicadeza a una voz que busca glosar a la Niña de los Peines. Las subidas erizan y, allá en lo alto, filigranea sin compasión antes del suicida aterrizaje... Sin más fondo que las seis cuerdas, llama a El Canario, a Chacón y a Frasquito Yerbagüena... malagueña, rondeña y fandango. Pero ofreciendo la posibilidad de, "si queréis, cambio por un fandango de...". Oferta de espectáculo interactivo para romper el hielo. Como nadie pide, ella arremete con un cante desnudo, límpido, transparente. La guitarra escarba hasta callarse. Canta para adentro, desde dentro. Cambios imposibles, del cielo al corazón, donde intima con suave ronquera. "¡Serenoke viene el día!". El clímax revuelve a Valderrama en su asiento: "¡Eres un fenómeno!".

En un alarde de naturalidad y desafío al glamour de las tablas, Mayte se levanta para quitarse el cinturón... "porque estoy gorda y me aprieta". Ya liberada, abre de inmediato un antinatural canal entre la broma y el más profundo pesar, para sumergirse en la seguiriya de El Pena (puntocom). La guitarra pulsa el intro para que, valiente, pero no temeraria, tirititee. Se agranda, se recoge. Canta a las entrañas, llora en voz alta desde dentro. Remata largo, churrigueresco.

Olas de la mar en calma. Olas de la voz en calma. Fandangos de Huelva. Las tablas se unen a la guitarra en el acompañamiento. Las cuerdas crujen seco tras "los dientes de marfil". Mayte se dibuja el cante con la mano. Las melodías de Conquero se visualizan. Los halagos insisten, ella los bandea con una modestia que Dolores Abril corta con contundencia: "Hacemos justicia al arte".

Sal de los esteros para continuar por cantiñas. La guitarra abre el paso con marino soniquete. "Nunca llueve como truena, con esa esperanza vivo", canta bonito y sencillo, clásico pero no casposo. Dueña de la circunstancia, se permite jugueteos, atrevimientos, desafíos… hasta escapar vía titirimundis. Paréntesis instrumental. Un arco relampaguea bajo luz cenital. El violín de Olvido Lanza se queda solo, retomando la particular visión petenera de Mayte Martín. Ratito de escalofríos previo a la reaparición de toda la formación sobre las tablas. El recital se hace circular y, tras la lección de flamenco cabal, retorna al tono cancionero de la apertura. Las butacas se terminan de diluir.

El público no tiene que insistir demasiado en el bis. La cantaora tiene ganas de hacer "llorar de melancolía". Mayte Martín siembra el estupor remangándose la chaqueta para tocarse la guitarra, mientras critica a la temida crítica sevillana. Antes de comenzar, un aviso a Tomatito que, como Esperanza Fernández o Juan Carlos Romero, está entre el respetable: "Tío, que yo no soy guitarrista". Y la cantaora se convierte en cantante, para recordar su primer trabajo y ofrecer un avance de su próximo disco… baladas de amor con aroma flamenco, más para el suspiro que para el ole.

Candela Olivo
Fotos: Anahí Cármody

 
 
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