José Mercé
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José Mercé. Teatro Real
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José Mercé: perfíl
EL FLAMENCO MÁS ROCKERO

La fama y el reconocimiento le son plenos a sus 45 años. José Mercé es el "jefe". Su nuevo álbum "Aire", que Virgin se ocupará de encajar hasta en las ráfagas de las noticias de las tres, se ilustra con imágenes del cantaor jerezano en tono desafiante, a modo de flamenco rockero. Un rockero jondo ataviado de negro, con un mechón que le cae sobre la frente y unas gafas que ocultan su mirada. Dibujando una línea invisible entre el pasado y el presente, rompiendo moldes con un soplo de temas que podrán ser catalogados como se quiera, pero que, al fin y al cabo, no dejan a nadie indiferente. Casi cincuenta mil copias en apenas cuatro días le avalan y confirman que el esfuerzo ha merecido la pena. Moraíto Chico y Tino di Geraldo figuran de escoltas y el jaleo llega desde la tierra del cantaor jerezano.

Si a José Soto Soto le cuentan esto cuando tenía que acudir a la Basílica de La Merced para formar parte del coro se hubiese caído de espaldas. Por aquel entonces, sus ansias estaban puestas en conseguir que le permitiesen permanecer despierto mientras discurría la fiesta entre cualquiera de los miembros de su propia familia, o en poderse escapar junto a alguno de sus primeros amigos en busca de una juerga flamenca que se gestase en el barrio, en Santiago, lugar en el que se uniría a Moraíto Chico para compartir sus andanzas. Aquellas noches no parecían tener fin. Como si no acabasen nunca. A un cante le seguía otro, y a éste, un tercero, y así hasta que despuntase el alba, una y mil noches. Mil artistas con nombre escrito con letras de oro las protagonizaban. Cualquier "vestío" que se moviese con gracia era capaz de arrancar una bulería corta. Sin más. Son los recuerdos que, junto con sus escapadas a Chipiona, un pueblo costero de la provincia gaditana, le han minado la mente de estampas hasta el punto de hacerle pensar, por momentos, que no ha pasado el tiempo. Que las tres décadas que ha vivido en Madrid y siete más juntas no serían capaces de borrar esas imágenes. Ni la de los corrales, ni las que él mismo protagonizó de joven, aupándose a los escenarios de media Andalucía.

Las noches en vela no terminarían a su llegada a la capital madrileña. Nada más lejos de la realidad. Conoció de primera mano tablaos como Torres Bermejas, en el que coincidiría con un joven de aspecto escuchimizado, tímido, con pelo rubio y con voz de niño: Camarón de la Isla. Un cantaor que quedaría grabado en sus pupilas. Juntos recorrerían muchos kilómetros a lo largo de interminables madrugadas. Aprenderían de los sinsabores. Del amargor de cantar para trabajar. Con horario y destinos predeterminados.

"Caminos Reales del Cante" o "Bandera de Andalucía" fueron trabajos en los que ahondó entre sus tripas para sacar palos con sabor añejo. Lo mismo la seguiriya que los tangos del Piyayo. Mercé nunca dejó de estudiar a los viejos. Siempre le gustó sumergirse en los cantes añejos, para, de paso, ir encontrando su propio yo, del que nacería un cantaor completo, profesional e imprevisible. Por esta última condición es por la que los aficionados comienzan a seguirlo. Si el artista está sublime no hay que perdérselo ya que, si la faena se antoja de altura, lo mismo se da su vueltecita por bulerías -como acostumbran los cantaores de Jerez- que obliga a los presentes a curarse cardenales. De este modo, no pocos empiezan a acudir a sus actuaciones con camisa de repuesto.

La vida de José Mercé parecía marcada por un rumbo fijo y velocidad de crucero. Sin embargo, rozando los 40 años, se impone la necesidad del artista insatisfecho con su trabajo. La del que se cree en la obligación de llegar a un punto más alto. Es aquí donde se haya anclada su nave hoy, dentro de su viaje a través de la geografía jonda. A sabiendas de que la Historia es la única que tiene capacidad para juzgar, el jerezano se ha desmarcado de los cantes tradicionales, que no del flamenco. Las producciones de Virgin -para unos exquisitas, para otros, sencillamente comerciales- le llenan como artista. Nadie podrá decir que no se le nota feliz, pudiendo marcarse un blues o adelantándose a lo que puede ser el cante jondo del 2015. Lo cierto es que él ha sido el elegido.

Las letras de su nuevo disco, como él preconiza, tienen que ver con las vicisitudes de cualquier mortal. Hasta hace poco, parecía de locos interpretar un martinete protagonizado por una funcionaria que abandona a su amante y que se larga en un Cercanías. "Aire" se lo permite. El jerezano siempre ha defendido que "ya no se recorren los pueblos en borrico" y que "quién más y quien menos ya cuenta con televisión y vídeo en su salón comedor". Tan sólo pide a los aficionados que le juzguen, como flamenco, atendiendo a si se remanga o no, como antaño, mientras permanece sobre las tablas. Mercé lo hace cuando la velada le viene sublime. A los entendidos les sugiere que se fijen en sus registros, si alarga y corta los palos en su justa medida. Es como el comercial que pide al presidente de una sociedad que le examine por los resultados y no por si viste con vaqueros y camisa de pana.

Mercé cuenta con una gran ventaja a su favor. Conoce el cante hasta en sus rincones más recónditos. Sabe que sus "quejíos" se inyectan por la vía rápida en las venas y atesora los ecos gitanos en sus genes. Por encima de todo, no teme a los intermediarios. Como aquel ejecutivo que está convencido de que el balance será completamente favorable para la empresa.


David Fernández

 
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