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Merche Esmeralda
Biografía, Real Audio y comentarios de los lectores


 
“No se puede bailar todo a base de percusión ni de ejercicio”


Merche Esmeralda, bailaora. Entrevista de flamenco

“La gente que baila con estilo antiguo tiene una valía,
pero el que baila viejo no, pues está desfasado”

Silvia Calado. Madrid, marzo de 2006

Merche Esmeralda vuelve a los escenarios. Y vuelve liberada de toda presión, con la tranquilidad que da no marcarse más retos que disfrutar de bailar por bailar. La bailaora sevillana es consciente de la diferencia entre lo antiguo y lo viejo, apenas un matiz que marca la vigencia de una forma personal de entender el baile. La participación en la gala estrenada en Flamenco Festival USA y Flamenco Festival London, junto a Manolo Marín, Rafael Campallo, Adela Campallo y Javier Barón, ha devuelto a la afición a una de las grandes del baile flamenco... y en total plenitud, tanto en el sobrio rol de la soleá con bata de cola, como en el expresivo rol del baile por tangos. Aunque nunca había privado al flamenco de su maestría, ahora sus reflexiones, sus recuerdos y sus consejos toman nueva vida.

Matilde Coral comentó que en tu actuación en el Festival de Jerez estabas “en estado de gracia”. ¿La sentiste como una noche especial?

 

Merche Esmeralda
(Foto: Daniel Muñoz)
 

Lo que me está pasando ahora es que hago las cosas sin angustia, sin tensiones, más como disfrute personal. Y hago que ese disfrute llegue a los demás. No sé si eso es un estado de gracia, pero desde luego es un estado de paz. Es diferente a cuando quieres llevar un proyecto a cabo, tener triunfos, seguir luchando... Desde que me retiré, por ciertas cosas que me ocurrieron, mi vida es bailar. Y me he dado cuenta de que de vez en cuando necesito que salga esas energía interior acumulada. Quiero bailar de una forma más tranquila, como más de disfrutar, de hacer aquello que siempre me ha gustado hacer: bailar por bailar. Y eso quizás sea un estado de gracia. Ahora estoy disfrutando de otra manera. Antes bailaba bajo presión y ahora lo que hago es bailar y sentirme a gusto. Y eso, quieras que no, llega a la gente, es una cuestión de energía.

En esa gala contrastas la soleá con bata de cola y los tangos, ¿cómo sientes cada uno de esos estilos?

El flamenco siempre lo tengo conceptuado como una forma de vida, en donde hay pasiones, dolor, sobriedad, alegría, desasosiego, coquetería... Contiene toda la gama de lo que pasa en la vida. La soleá para mí es la pieza de señorío por excelencia en el flamenco. La hago con cola porque entraña la dificultad de moverla. Hay algo que te está dominando y tú, aparte del sentimiento que te está envolviendo, tienes que adornarte con eso que te domina. No se debe maltratar ni malutilizar, siempre hay que estar adornada. Los tangos, sin embargo, son la cosa rompiente, la diversión, la conquista, la broma. Si estás con una pareja con la que te quieres divertir, tiene que primar la broma. Y si es para conquistarlo, tienes que conquistarlo con los ademanes. Esa es la forma que yo veo en el flamenco. En cada estilo, en cada palo, el comportamiento de nuestro cuerpo tiene que ser acorde a lo que estamos bailando. No se puede bailar todo con la cara muy apretada, no se puede bailar todo a base de percusión ni de ejercicio. El flamenco no está hecho sólo para demostrar la potencia, la fuerza, el virtuosismo, una sola formación, sino que el flamenco tiene muchas formaciones. El cuerpo es un idioma en sí cuando se trata de danza porque no existe la palabra. Desde los ojos a los pies es todo una semblanza. Desde que tengo uso de razón en la danza, así es como me gusta no sólo dar el flamenco, sino también percibirlo en otro bailaor.


Merche Esmeralda
(Foto: Daniel Muñoz)
 
   

¿Crees que los bailaores jóvenes son ahora esclavos de la técnica?

Y desgraciadamente para muchas criaturas, están muy equivocadas. Todas las personas no nacemos con todas las aptitudes. De alguien podemos decir que qué cabeza más bonita tiene, de otro sus brazos, de otro la rapidez y la limpieza... No todo el mundo nace para hacer posesión de una cosa. Si no naces con aptitud, por ejemplo, para el virtuosismo, al final bailas sucio, no tienes velocidad... estás dándote chocazos contra una pared y los demás nos estamos perdiendo muchas otras cosas bellas que puedes ofrecer. Y eso es lo que mucha gente no entiende. Todo el mundo quiere bailar lo mismo y todo el mundo no puede porque no somos iguales. Yo ahora mismo estoy vislumbrando que ya todo el mundo no quiere hacer ‘patás’. Hay gente que está descubriendo que detrás de la ‘patá’ te quedas vacío si no hay otras cosas que decir. A mí me está haciendo muy feliz este cambio porque hubo un momento en el que todo se centraba en eso. Había gente que hacía verdaderas virguerías y otra que se quedaba a la mitad. Veías que esas personas se desfasaban de tiempo, no llegaban, daban sensación de imposibilidad. Salías del teatro o del tablao tensa, cuando eso no debe ser. Vas a ver un arte para disfrutar de él y, a ser posible, cuando te acuestas, necesitas seguir viendo esas imágenes, soñar con ellas y hasta despertarte con ellas porque te han impactado en el alma. Lo que no se puede es salir tenso y con ganas de tomarte una cerveza o una tila para relajarte. En mi caso particular, una cerveza. Yo después de bailar siempre me tomo una cerveza. Mi madre decía que la cerveza no emborracha pero agacha. Es un relajante. Y cuando veo una cosa así, me tengo que tomar una cerveza...

Matilde Coral dice que lleva siempre en el pastillero unos tranquilizantes y se toma “media pastillita” en el teatro cuando ve bailar así...

Jajajaja. Lo que me da pena es que piensan muchas personas que porque tenemos cierta edad, hablamos así. Yo no pienso que el pasado fue mejor. Yo pienso que el pasado fue una cosa y que el presente tiene que ser otra. Lo que sí pienso es que no todo lo moderno es bueno, ni todo lo antiguo tampoco. El concepto de antiguo no es el mismo que el de viejo. La gente que baila con estilo antiguo tiene una valía, pero el que baila viejo no, pues está desfasado. Yo en ningún momento me siento desfasada, me siento en el momento en el que estoy pero con mi visión del flamenco. Si puedo dar dos piruetas, no me voy a quedar con una sola. Si yo doy dos vueltas quebradas las voy a dar, que me ha costado mucho trabajo, y no voy a dar una simple como antiguamente se daba. Si muevo los brazos desde atrás porque mi nacimiento de brazos es de atrás, yo no me voy a poner el brazo por delante ni voy a subir el hombro para que parezca que no tengo cuello. Voy a utilizar esto bonito que tengo que ofrecer. Por muy flamenco que sea, a mí no me da la gana ser el jorobado de Nôtre Dame. Mi cuerpo no está hecho para eso, está hecho para mostrar la belleza, que es lo que tiene que mostrar un arte. Además, una mujer que admiro inconmensurablemente, Manuela Carrasco, yo no puedo bailar como ella... ¡gracias a dios! Admiro muchísimo a otras bailaoras, pero no podría bailar como ellas, gracias a dios. Por eso en el arte existen nombres, en el arte del baile, en el de la pintura... ¿Por qué no te van a gustar Picasso, Van Gogh y Degas? ¡Qué alegría tener toda esa paleta de colorido en el arte!

¿Crees, como sostiene Victoria Eugenia, que la mujer tiene que lucir sus armas para el baile, en lugar de tomar el terreno del hombre?

 
"A mí me gusta mucho ver bailar a los grandes y a los menos grandes, porque hasta el más malo tiene cosas buenas"

Indudablemente. La mujer tiene el cambré, sus hombros, una cadera, la cintura, la mirada... La mujer tiene una riqueza de cintura para arriba, que es como antiguamente decían que se bailaba y que se ha perdido en algunas. Ojo, que yo por supuesto no seré la que diga que si encima es virtuosa de cintura para abajo, ya eso es redondo. A más completa, más grande eres. Pero por el simple hecho de que tengas unos buenos pies, una buena rítmica, una buena velocidad, no tienes que cegar todo lo demás que tengas. Al contrario, tienes que potenciarlo y saberlo disfrutar y decir hago esto, pero encima tengo esto otro. Lo que no podemos es despreciar ni privar a los demás de lo bello que tenemos, al contrario. Yo en mis clases lo primero que hago siempre es enseñar la técnica, porque la técnica es el hilo conductor para luego hacer un arte. Cuando ya controlas la técnica, tienes que olvidarte de ella para desarrollar un arte. No olvides la cadera, la cintura, un hombro, una mano, una coordinación de braceo... Ni siquiera basta con tener un buen braceo si tienes una manos muy feas. La coordinación de manos y brazos corresponde a dos articulaciones diferentes y hay que enseñar al alumno cómo tener la coordinación de las dos cosas para que eso luego sea innato a la hora de bailar. A mí me gusta mucho ver bailar a los grandes y a los menos grandes, porque hasta el más malo tiene cosas buenas. Hasta una persona que se va de compás, puede tener un gesto único y bonito. Por eso, no entiendo que la gente que tiene posibilidad de hacer muchas cosas bonitas, se quede nada más que con una. Victoria Eugenia dice la verdad, ella es una profesora por cuyas manos han pasado los mejores. Cuando personas así hablan, hay que escucharlas y no pensar que porque tengan una edad están equivocadas.


Merche Esmeralda (Foto: Daniel Muñoz)

Belén Maya admitió en una tertulia de Jerez que los jóvenes se someten a la técnica y olvidan que antes lo que pesaba era la personalidad de los artistas en el escenario...

Yo empecé a bailar en El Guajiro en Sevilla cuando tendría unos catorce años. Había salido del Colegio del Valle, donde era medio pensionista, un colegio de monjas con una educación severa. Nunca alzaba la voz, nunca respondía. Y los compañeros decían que había una niña que bailaba muy gracioso en El Guajiro. Y me conocían porque era una niña que hablaba -y habla en falsete- “muy finita ella”. Eso demuestra cómo te van señalando por una forma de ser especial. Luego bailando, al tener los brazos largos y con un nacimiento desde atrás, braceaba de una forma diferente, probablemente, de una forma no tan ortodoxa como antes se llevaba. Cuando bailaba decían “ya va a bailar el lago de los cisnes”. Y se reían un poquito, lo decían con guasa. Una compañera llegó a decirme una vez que yo no bailaba como Matilde enseñaba. Y le contesté que yo no quería ser una ‘calcamonía’, que quería ser yo. Desde muy jovencita tuve muy claro cómo quería ser. Tengo guardada una crítica que escribió Antonio Blázquez en ‘ABC’ cuando hice ‘Medea’ en Sevilla reconociendo que en Sevilla me pusieron un camino de espinas por despreciar su forma de bailar, por burlarse. Pero escribió que me fui a Madrid y cuando volví había demostrado que el flamenco no es sólo una ‘patá’ por bulerías. Aprendí mucho al leerlo, pues ese desprecio me había dado muchos dolores en el alma. Cuando me vine a Madrid, todo aquello que en Sevilla era defecto, aquí era virtud. A mí no me pueden tocar Madrid, creo que es la ciudad del mundo -de España, desde luego- más generosa. Vengas de donde vengas, serás bienvenido. Madrid recoge todas las facetas, formaciones y variantes del movimiento artístico. Lo que para otros me afeaba, aquí decían qué curioso, qué gracioso, qué bonito. Lo aceptaron, no digo que lo halagaran. Y mis brazos acabaron siendo personales. Vengo a decir que una persona no tiene que adaptarse a lo que los demás quieran. Las personas no somos borregos, no vamos en rebaño, somos unipersonales y no tenemos por qué hacer lo que la moda diga. No hay que ir con la mayoría, sino defender tu personalidad, tu forma especial de sentir.

Y en el flamenco caben muchas personalidades, muchas corrientes, ¿no?

Claro. Tienes que ir con la corriente de tus sentimientos, con la corriente de tus conocimientos. Yo soy la primera que he tenido muchas dudas y muchos complejos. Me he visto mucho tiempo en la escuela Amor de Dios con apenas cinco alumnas y viendo otras clases a tope. Soy una bailaora con el estilo de la escuela andaluza y como eso no se llevaba, me he tirado años así. Hoy en día estoy notando que hay un cambio interesante. Ahora en mi clase, sin cambiar mi estilo ni mi enseñanza, tengo quince o veinte personas. Pero cuando tienes cinco personas y sabes que tu enseñanza es redonda en giros, en brazos, en cabeza, en coreografía, en pies... pensaba si estaba equivocada. Me acuerdo que cuando llegábamos a Jerez cada año, esas cosas las hablábamos entre los profesores. Y Matilde me decía: “¡Merche, no te vengas abajo, sigue luchando! Que hay cinco, pues cinco. La escuela andaluza nada más que la tenemos tres, hay que seguir para delante. Y si no, se nos pierde”. Y es verdad, la escuela andaluza es diferente, más estilizada, tiene mucha riqueza. Cuando pasa eso, tienes muchísimas dudas. Hasta cuando bailas con tu forma, te llegas a sentir de más. Hay una edad generacional que, de alguna forma, te deja fuera. Te sientes vieja y yo no quiero un baile viejo, sí antiguo, pero desfasado. Te llegan grandes dudas y te planteas irte. Y tomas determinaciones que, en el fondo, son muy positivas. El bailarín, probablemente por el mundo en que se mueve, tiene su ego. Y aún con ese ego, tenemos que tener los pies en la tierra, tenemos que saber cuál es el momento en el que eso que se ha hecho hay que dejarlo ahí...

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