Entrevista histórica
a El Mochuelo, cantaor flamenco (Estampa, 1936)
Sic transit gloria mundo
Cincuenta años o La vida de un cantaor
Flamenco-world.com, junio de 2009
Transcripción
literal de la revista ‘Estampa’
de Madrid. Entrevista firmada por José
Simón Valdivieso y publicada el 23 de
mayo de 1936
|
|
Antonio Pozo el Mochuelo con el periodista Valdivieso
(Foto Contreras y Vilaseca, Estampa)
|
LO QUE VA DE AYER A HOY
Quién no ha oído alguna vez,
cómo un gramófono, después de inevitable
carraspeo preliminar gritaba con su vocecilla lejana y agria
de gnomo acatarrado: “Farruca cantada por “el
Mochuelo”?
“El
Mochuelo” ha sido, entre los cantaores de flamenco,
el de mayor popularidad. Los habrá habido más
considerados por los inteligentes, pero más del dominio
público, más universalmente conocidos, no.
Pues bien, “el Mochuelo”, el auténtico
Antonio Pozo, viejo y pobre, luchando bravamente con la
vida, simultanea la humilde ocupación de camarero
en un bar excéntrico, con sus actuaciones en el tablao
del único café de cante que en Madrid queda,
donde con voz temblona y como empañada de una amargura
tácita que el público no advierte, canta unas
coplas tristes, de un simbólico dramatismo que resbala
sobre la sensibilidad primitiva del auditorio (catetos que
vinieron a vender sus hortalizas al Mercado de la Cebada,
escribientes de juzgados, jaques y marchositos, maestros
de obra, daifas de literatura rusa…) “Castillos
he visto yo – abatíos por la tierra…”,
canta el Mochuelo con su voz húmeda de lágrimas,
mientras el público apaga con el fragor de su orgía
rural los dos últimos tercios de la “soleá”:
“naide se tenga por grande, que er mundo da muchas
güertas”. Sic transit gloria mundi!
Hemos hablado con el Mochuelo. Frente al
reporter, este hombre chiquitín y pulcro, se crecía
recordando sus épocas de gloria y de triunfo, y en
su mirada lucía un brillo de juventud que desmentían
canas y arrugas de consuno. He aquí lo que nos dijo
el célebre cantaor:
-Tengo sesenta y tres años y soy casado reinsidente.
¡Valor que tiene uno!
-¿Es usted andaluz?
-De Seviya, pos claro. De Seviya, na ma. ¿De dónde
iba yo a se, cristiano?
-¿Hace mucho que empezó usted a cantar?
-Unos cincuenta años. Era yo un chavea con mis buenos
dose añitos y trabajaba de aprendiz de cuchillero
dándole ar fuelle, que era pa lo único que
servía y por lo que me daban reá y medio diario.
¿Osté carcule! Un día me oyó
de canta un guardia, que era amigo de mi padre, y me dijo:
“Chavea, tu quies cantá ande te oiga la gente
que chanela de cante?” “Por claro que quiero”,
contesté. Y fue y me llevó a un café
que había en la Puerta de Carmona. Cante, gusté
mucho… y no me dieron na, pero ar día siguiente
me hisieron de vorvé y me dieron un duro. Lo primero
que he ganao con er cante. Después hise una turné
por Málaga, Córdoba y Ronda con el célebre
Silverio
Franconetti y las auténticas “Viejas ricas”,
cobrando mi sueldo tos los días. De ahí arranca
“mi carrera”.
CIEN MIL DUROS “CANTIÑEÁNDOSE”
POR MALAGUEÑAS
Antonio Pozo el Mochuelo
(Foto Martínez, Estampa)
|
|
|
|
|
-¿Le ha producido mucho el cante?
-He cobrao de sueldo hasta veinte duros diarios. Y de los
discos de gramófono he llegao a cobrar hasta siete
mil quinientas pesetas por impresionar una sola matriz.
Pero el dinero, ande se ganaba de verdá era en las
reuniones, cuando había verdaderos y güenos
afisionaos ar cante, que pagaban como príncipes.
¡Aquella época buena de los altos de Fornos…!
Así, en globo, creo que he venío a ganar en
mi vida de cantaor unos cien mil duros.
-¿Y conserva usted…?
-Cuatro pesetas treinta y sinco séntimos, que es
to mi capital en este instante.
-¡Brava cifra!
-Me ha gustao vivir bien y no le he dao nunca demasiada
importancia al dinero. Se ha rosao uno con la grandesa,
y algo se pega de sus costumbres.
-¿Con la grandeza? Precisemos: ¿a qué
llama usted la grandeza?
-Pues, hombre, yo he cantao en casa del Marqués de
la Romana, del Gran Duque Wladimiro; ante su Majestad el
Rey dos veses… Si esto no es la grandesa, usté
dirá.
-Y de España, ¿ha salido usted?
-Estuve en América. He cantao en Buenos Aires, Rosario,
Montevideo, Méjico… Gusté mucho y traje
plata; pero de todo ello sólo me queda este dije,
recuerdo de un homenaje que me hicieron en Buenos Aires.
Ya ve usté que es de oro y tiene sus piedras finas;
pues ni en los momentos más difísiles ni de
mayor desesperansa, me ha pasao siquiera por la imaginación
el desprenderme de él. Pué ser que un prestamista
le diera bastante valor, pero pa mí vale mucho más.
¡Romantiquismo! Una mijita romántico que es
uno.
-¿Qué es lo que canta usted mejor?
-Lo que canto con más cuidao, las malagueñas.
Lo que me ha dao más fama, las guajiras y la farruca.
Pero canto de to. Cante jondo propiamente dicho, que es
eso que llaman cante serio los profesionales y
que comprende las siguiriyas gitanas, soleares, jaberas,
polos, cañas, martinetes, tonás, livianas,
etcétera; y cante tirao, como son las alegrías,
bulerías, fandanguillos… ¡Ah!, y además,
canto jotas y asturianas.
EL PRIMER CANTAOR QUE SE PRESENTÓ
AL PÚBLICO BIEN VESTIDO Y SIN VARA
-¿Cuál es el origen de su
apodo?
-Pues verá usté. Cuando yo empesé,
estaban de moda entre los cantaores el Canario
grande y el Canario chico. Una noche estaba yo
cantando en un cuarto y unos que me escuchaban desde fuera
estaban comentando: “El Canario grande no
es, y el Canario chico tampoco; ¿qué
pájaro será este?”. Y un chuflón
que les oía, contestó: “¿Pues
no estáis viendo ustede que canta de noche? ¿Qué
pájaro va a se? Un mochuelo”. Y con er Mochuelo
me quedé. Hombre, si va usté a publicar esto
no se olvide de desir que yo acabé con aquel tipo
de cantaor vestío de corto, que subía al tablao
con una varita pa haserse son. Diga usté que yo he
sío er primero que se presentó al público
bien vestío y sin vara.
LA VEJEZ TRISTE DEL REY DE LAS
FARRUCAS
Y este hombrecillo, que ha sido en sus
años mozos un ídolo de multitudes, que con
los jipíos y trinos de su garganta privilegiada,
lo conquistó todo: amor, fortuna, popularidad, va
ahora a exhibir su figura senecta y a cantar con voz rota
aquellas mismas coplas que antes enardecían de entusiasmo
y ahora ni siquiera escuchan los que no ven que el Mochuelo,
en su triste decadencia, se ahoga, más que por falta
de facultades, por exceso de pena.
JOSÉ SIMÓN VALDIVIESO