Nacho Arimany, percusionista
y compositor. Entrevista
“No hace falta inventar
ritmos nuevos,
sino seguir descifrando el ritmo del cante”
Silvia Calado. Madrid, febrero de 2007
El flamenco mira al mundo. Poco
a poco, el diálogo musical aumenta, las fronteras
se diluyen. Y otra prueba del tránsito por este
camino es World Flamenco Septet, un proyecto liderado
por Nacho
Arimany. El percusionista y compositor madrileño
se ha atrevido a experimentar con algo aparentemente tan
básico como el “compromiso con la música,
la admiración y el respeto”, juntando a flamencos
y jazzistas. Sucedió una tarde de la pasada primavera
en Nueva York, en un círculo de músicos
con bailaora en medio. Y funcionó. El resultado
es ‘Silent light’, un disco que entraña
una firme filosofía en torno a la creación,
a la percusión y a la evolución del flamenco...
de cara al mundo.
Una calabaza de Mali, puerta al flamenco
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Nacho Arimany (Foto:
Daniel Muñoz) |
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Un rincón de Lavapiés aromatizado
con te inspira la conversación. Sentado en una
alfombra de su casa-estudio, una antigua panaderia de
barrio, Nacho
Arimany cuenta que entró al mundo del flamenco
por una curiosa puerta, la del Certamen Coreográfico
de Danza Española y Flamenco de Madrid. Primero
participó en la creación de una farruca
de Amir Haddad compuesta para la bailaora Cintia. Después
se le pidió la formación de un grupo de
percusión para Triazión Danza con el que
ganó el premio a la mejor música. Y ya estaba
dentro. Tenía, además, un original valor
añadido: “Empezaba a plantear el uso de la
calabaza como instrumento de percusión, que me
ha marcado un hueco en el flamenco. Aunque todo fue poco
a poco, desde cero, acercándome al lenguaje con
el cajón. En casa, se me había inculcado
una formación musical clásica y el flamenco
suponía una ruptura”.
Academias, tablaos y el baile, siempre
el baile, fueron su escuela durante ocho años.
A partir de entonces, empiezan las llamadas de las compañías:
“El paso más importante fue participar en
‘Live’ y ‘De amor y odio’ de Joaquín
Cortés, que me hizo aprender otro lenguaje”.
Y fue desarrollándolo, poco a poco, componiendo
para bailaoras como Rocío Molina y Rafaela Carrasco,
compartiendo con músicos como el saxofonista Jorge
Pardo... La colaboración con Gerardo Núñez
en el espectáculo ‘Los cuatro elementos’
de Flamenco Festival USA fue un punto de inflexión:
“Me quedé un mes en Nueva York en casa del
saxofonista Javier Vercher y le interesó muchísimo
esa tímbrica en la que estaba trabajando”.
Y juntos prepararon un concierto para la Universidad de
Nueva York, una experiencia que le valió para “seguir
creciendo en tímbrica, sentía que la calabaza
era más de tierra, incluso más nítido
que el cajón. En Nueva York empecé a explorar
y a confiar más en mi propuesta. De ese encuentro
fui uniendo las composiciones que, partiendo del flamenco,
estaban en mi cabeza”.
Aunque había que afinar el concepto:
“Debía tener métrica flamenca, pero
dándole un lenguaje más universal, a la
manera del jazz”. Y sin renunciar al elemento que
le había abierto las puertas: el baile. Nacho Arimany
explica que “el baile me hace entender el lenguaje
de la música, pues para mí es parte fundamental
de la puesta en escena de la música y la base del
disco”. Y reflexiona que “la música
no es un fin estético, sino un canal para generar
movimiento o comunicación”. Deduce esta máxima
de “mis viajes por África, donde descubrí
que la percusión es un elemento de fiesta y ahí
lo más importante es que la gente se exprese bailando,
lo cual es una motivación para crear y para conectar
con lo más íntimo de las personas”.
Todos estos pensamientos confluyen en
el disco ‘World Flamenco Septet. Silence light’,
que comenzó a gestarse en un trabajo de encargo
para el Festival de Cine de Canarias. “Ya ahí
proponíamos que el universo de la música
y la danza es el mismo, que tenemos la misma necesidad
de movernos”. En Javier Vercher y Lionel Loueke
“encontré esa misma versión de la
oración desde el jazz, como un compromiso cósmico
con la música de tocar para llegar a un sitio.
Ese es el jazz del que yo aprendo. Y al jazz le ofrecemos
la tradición del baile y la fuerza del flamenco”.
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