|
<<
Anterior
| |

La Niña de los Peines
|
| |
|
La verdad es que un poco complicada la toilette de esta reina del cante. Un
poco de carmín en los labios, unos polvos ordinarios..., un poquito de
colorete... Después se atusa una y otra vez el pelo negrísimo, de
escoboncillo sobre la nuca. Entre tanto, el cuarto de la Niña de los Peines
se va llenando de flamencos: Guerrita, el Americano, el Canalejas, la Niña
de Marchena... Llegan también otros, que no son flamencos propiamente dichos,
sino que son allegados o flamencos amateurs...
- ¿Qué hay, Pastora?... ¿Cómo va esa ronquera?...
- Ay!... Americano, hijo..., mu malamente... me da er corasón que
esta noche voy a tener un disjusto...
Un flamenco que llega alarga a Pastora una pastilla.
- Tómate esto, que no te pesará; tiene un nombre mu raro,
pero no lo hay en la botica. Te tomas un par de pastillas, y... ni los jilgueros...
Otro flamenco protesta, indignado:
- ¡Qué pastillas ni que na, hombre!... To eso son porquerías
pa estropeá er estómago. Vahos y na más que vahos, de esos
de hojas de ocalirto. Te lo digo yo, Pastora, que de eso sé más
que nadie.
En general, los flamencos saben más que "naide", no sólo
de procedimientos para aclarar la voz de la Niña de los Peines, sino de
todo. Por eso da gusto estar entre ellos un ratito, oyendo las más peregrinas
teorías, expuestas con gran naturalidad y bastantes licencias prosódicas.
Entre todos estos flamencos hay uno a quien la Niña de los Peines llama
Pepe, y que, a poco me fijo, me doy cuenta de que es su marido. El llamado Pepe
da vueltas por la habitación, y a veces por los pasillos, dando pruebas
de evidente malhumor. Luego me entero de que no es malhumor precisamente lo que
tiene Pepe, sino gran preocupación, porque teme que la ronquera defraude
a los miles de espectadores que se apiñan en las graderías del Circo.
- Anda, Pastora, anda; date prisa que tienes que ensayar un poco...
- Espera, Pepe; hombre, no te sofoques. ¿No ves que me están
hasiendo una interviú?...
En vista de esta razón tan convincente, Pepe
(Pinto) se marcha a pasear su impaciencia por los pasillos. Pastora me cuenta
que lleva mucho tiempo casada, y que tiene una niña de once años.
La niña no canta, pero baila que es una maravilla...
- Pero yo no quiero de ninguna manera que se dedique a artista. Que baile
to lo que quiera en casa; ahora, pa sus padres, y el día que se case, pa
su marido...
- Pues usted no puede quejarse de su vida de artista...
- Yo no...; pero es mejor la vida de casa. Yo le voy a desí a usted,
en secreto, que estoy deseando retirarme der to y vivir tranquila en Sevilla,
en mi casita, con mi marío y mi hija... No me puedo quejar del público,
pero veo que el cante va por mal camino. A la gente ahora no le gusta más
que er cante malo. Ahora el público pide milongas o colombianas..., y eso
ni se parese siquiera ar cante...
El Niño
Ricardo, que es quien va a acompañar a Pastora a la guitarra, nos ha
cortado definitivamente la conversación.

Manuel Vallejo, La Niña de los Peines y Niño
Ricardo
|
|
| |
|
Poco después están en la pista del Circo la Niña de los
Peines y el Niño Ricardo. La gente se vuelve loca aplaudiendo. Pastora,
con su voz desgarrada y su acento, que nadie lo aventaja en patetismo, comienza
a cantar por soleares...
- Vamos a ve, Pastora; vamos a ve... -anima el guitarrista.
Ay... ayyyyy...
A mi puerta has de llamá...,
Y no te he de abrí la puerta...,
¡y me has de sentí llorá!...
Y después de esta letra magnífica (nadie puede decir más
en menos palabras), viene otra deliciosamente graciosa, cuando Pastora se arranca
por fandanguillos:
Como una cosa difísil
me quieren llevar a los baños,
como una cosa difísil,
como si el agua del mar
curara los desengaños
que una mujer cruel me da...
Y después de decir otra porción de cosas que nunca dirá
nadie como ella, Pastora Pavón, la reina del cante, desaparece, seguida
de el Niño Ricardo, envuelta en un traje verde de raso reluciente.
<<
Anterior
revista@flamenco-world.com
|