Pedro G. Romero, comisario
de la exposición
‘La noche española. Flamenco, vanguardia
y cultura popular’. Entrevista
“El flamenco y las vanguardias
tienen el
mismo recorrido, son igual de modernos”
Silvia Calado. Madrid, febrero de 2008
El flamenco vive en estos días
un momento histórico. El Museo Reina Sofía
de Madrid, una de las principales pinacotecas de arte
contemporáneo del mundo, ha abierto sus puertas
a lo jondo. La exposición ‘La noche española.
Flamenco, vanguardia y cultura popular’ junta en
un mismo espacio a Miró, Picasso, Man Ray, Ramón
Montoya, La
Argentina y Vicente Escudero. Y con razón pues,
como explica Pedro G. Romero, comisario de la muestra
junto a Patricia Molins, “el imaginario del flamenco
y la modernidad se han cocido con los mismos materiales”.
De ello dan cuenta más de cuatrocientas piezas
que el próximo verano estarán en el Petit
Palais de París, entre ellas, bastante material
inédito. Un viaje en el que, como recomienda Romero,
“hay que perderse”.
Algunos periódicos se
han liado con lo de los “trajes de gitana”.
¿Qué muestra la exposición ‘La
noche española’?
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Pedro G. Romero
(Foto Daniel Muñoz) |
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Estaba preocupado con explicar bien lo
del flamenco porque hay muchos malentendidos y muchos
tópicos. Y por lo que veo, los tópicos se
modernizan pero siguen siendo tópicos. La exposición
no es sobre el baile flamenco, no es sobre vanguardia,
no es sobre cultura popular, pero sí que se mueve
en un triángulo en el que esas tres cosas convivieron.
El subtítulo ‘flamenco’ hace pensar
a mucha gente en un tipo de exposición etnográfica
o antropológica, pero no lo es. La exposición
trata de dilucidar una cosa que parecía obvia.
Y es como la carta robada de Poe, que nadie encontraba
porque estaba encima de la mesa. Resulta increíble
que sea la primera vez que se trata el tema de alguna
manera, y es la presencia constante en los principios
del arte moderno, toda la vanguardia clásica hasta
el surrealismo, de elementos que tienen que ver con la
construcción de lo español que, a lo largo
del periodo que abarca la exposición (de 1865 a
1936), evoluciona mucho. Y a lo largo de ese periodo es
cuando aparece el flamenco. La exposición es grande,
tiene muchos materiales, pero para todo lo que toca tiene
que ser necesariamente paisajista. Y lo que va contando
es toda esa construcción de lo español,
cómo se va interrelacionando, cómo no es
algo meramente anecdótico sino sustancial en el
caso de muchos artistas. Lo que espero más de esta
exposición... es las que quedan por hacer.
Con una exposición tan
amplia, ¿cómo ha sido el trabajo previo
de recolección y selección de piezas?
Natalia Goncharova,
'Costume espagnole', 1916 |
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Ha sido casi un año... Y todo
lo que se ha quedado fuera como, por ejemplo, la parte
de Rusia. Las exposiciones tienen un límite y una
exposición de cuatrocientas piezas, a mí
que soy un poquito exagerado ya me parecía mucho.
Todo esto empieza, por un lado, con el texto del historiador
Ángel González García ‘La noche
española’. Ya intentó hacer otra exposición,
pero con su tesis central del exceso. Y aunque nosotros
partimos de ahí, la nuestra tiene su propia deriva:
mantiene la misma pregunta de qué es lo español,
pero abre la posibilidad a muchas respuestas. La representación
del flamenco en la vanguardia aparece en momentos de crisis.
Manet en el momento en el que los naturalismos entran
en crisis y surge el impresionismo, pinta todos los flamencos:
la Lola de Valencia, el guitarrero, los ballets, los retratos
de toreros... En el momento en que Picasso está
pasando de todos los impresionismos y expresionismos hacia
el cubismo, aparecen las representaciones de lo español,
de flamencas, de manolas, de tocaores... Y la exposición
llegó en un momento de crisis en el museo, incluso
sin dirección, con lo cual muchas cosas han sido
trabajosas. Espero que cuando la exposición vaya
en julio al Petit Palais de París, se recupere
toda la parte de audio que, por problemas técnicos,
no se pudo hacer aquí. Hay casi tres horas de audio
que va recorriendo toda la exposición con grabaciones
de la música europea o americana culta escrita,
cosas que vienen de la española popular y el flamenco,
y cosas que vienen de la música española
escrita culta. El cante de Antonio
Chacón o el de La
Niña de los Peines necesitaría ahí
una cierta presencia.
También se muestra la
vuelta, es decir, cómo las vanguardias afectan
a los flamencos...
Claro. Mi idea es que el flamenco y las
vanguardias tienen el mismo recorrido, son igual de modernos.
Situamos el principio en el viaje de Manet a España
en 1865 -que muchos consideran el principio de la modernidad-
y en el regreso de Silverio
Franconetti y su presentación en Sevilla, que
muchos consideran que es el principio del flamenco. Y
los puntos en común son muy evidentes. No es que
la vanguardia se alimente del flamenco, pero sí
que lo usa mucho y, evidentemente, el flamenco como arte
popular y urbano se conforma mucho por la relación
de los clientes, por el gusto del público. Y está
en interacción con el gusto de las masas y con
el gusto de los especialistas o de los aficionados, que
eran como los ‘entendidos’ de la pintura de
vanguardia. Y su gusto era determinante en la construcción
del flamenco. De hecho, Machado, Bécquer y Ferrand
son ese tipo de visión y construyen ese tipo de
público, lo hacen también los Machado, está
en Lorca y Falla, y después ha seguido estando
en Mairena y en Ricardo Molina. Siempre se ha construido
una radicalidad, una supuesta pureza o un supuesto primitivismo
desde esa exigencia en la que no había realmente
mucho de verdad. El Concurso
de Cante Jondo de 1922 en Granada fue claro en eso.
Realmente, Falla y Lorca se quedaron decepcionados, en
el sentido de que El Tenazas de Morón no era exactamente
la imagen que ellos tenían de lo grande que era
el flamenco. Teniendo allí a Chacón y a
La Niña de los Peines en el jurado, inventar todo
aquel discurso delante de aquellos grandes artistas que
estaban triunfando en los escenarios, intentar buscar
dónde estaba esa cosa jonda, profunda, que al final
era El Tenazas... no les cuadró. Al menos, les
quedó la mitología de que Caracol niño,
luego fue Caracol
grande. Lorca cambió radicalmente su posición,
vio que mucha de la mitología que estaban construyendo
era errónea y tenía un poco de reaccionario.
Se da cuenta de que la que canta es La Niña de
los Peines y en ella está lo que a él más
le interesa del flamenco.
Hay dos figuras que se señalan
especialmente en la exposición: Vicente
Escudero y La
Argentina.
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Vicente Escudero, por
Edward Weston |
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Ellos sí que protagonizaron ya
historias importantes con la vanguardia, en las que eran
autónomos y productores de su propia estética.
Y son dos figuras... Vicente Escudero decía eso
un poco exagerado de que “mientras La Argentina
está todavía en Zuloaga yo ya estoy en Picasso”.
Es un poco fruto del virus vanguardista que entró,
de que había que superarse unos a otros. Claro
que Vicente Escudero se murió pobre porque en el
gusto de entonces, ser Picasso no es que fuera un gran
valor para venderse. La Argentina introduce en la danza
española, y desde ahí lo lleva a la danza
internacional, el mismo tipo de revolución que
Isadora Duncan. Ella naturaliza el baile, lo convierte
en algo coreográfico, lo estiliza y no sólo
los bailes flamencos, sino también los bailes americanos
o los españoles. Se produce toda esa construcción
tan voluntariosa que en la exposición está
en un documental, en el que se la ve recorriendo desde
aldeas de Salamanca viendo a parejitas de viejos bailar,
hasta Filipinas o Estados Unidos en busca de bailes. Ella
muere el 18 de julio de 1936, que es muy significativo,
pues era la artista emblema de la República. Era
una artista culta, admirada por los intelectuales, pero
con gran tirón popular en sus actuaciones, un ejemplo
de mujer moderna, que hacía lo que le daba la gana,
incluso estéticamente, cómo vestía,
tan alejada de la idea de la flamencona de rompe y rasga,
que era el papel de Pastora
Imperio en aquellos momentos.
Y después Vicente Escudero que
es el caso más extraño, por su ligazón
con las vanguardias como constitución de su baile.
Son importantes las relaciones estratégicas que
establece con los públicos. Sin que esto sea demérito
ni le quite verdad a su trabajo, cosas que presentó
como de una radicalidad extrema debido a las vanguardias,
las presentó en otro momento como de una radicalidad
extrema debido a la tradición. De pronto, cuando
estalla la guerra en Europa y se tiene que quedar en España,
ha pasado la Guerra Civil y está la corriente de
valoración del flamenco en la línea de Falla
y de Lorca, él se embarca en ese proyecto de buscar
las esencias. Y después cuando hace el decálogo,
que lo hace muy tardíamente, tendrá mucha
relación con Molina y Mairena, con lo cual paradójicamente
no casa nada, pues era lo opuesto a Antonio
Ruiz. Hay unos divorcios estéticos muy significativos.
Y realmente Escudero para mí es alguien sobre quien
está por hacer la exposición. Hay un empeño
en que es pintor. Y como pintor tiene cosas interesantes
si las vemos en función de sus bailes, pero no
como pintura autónoma. Es un artista de danza moderna
increíble.
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