Entrevista a Toni el Pelao
& Uchi, bailaores
El último eslabón de una dinastía
Silvia Calado Olivo. Madrid, marzo de 2003
Fotos: Daniel Muñoz
La fuente de la que varias generaciones
de bailaores han bebido sigue manando. Toni el Pelao es, junto a la bailaora Uchi
-su pareja desde hace más de cuatro décadas-, el último eslabón
de la dinastía que hizo de la farruca un baile y una seña de identidad.
El Gato, Faíco, Juan el Pelao... son figuras que han pasado a la historia
del flamenco como creadores, impulsores y cancerberos de un estilo único
y, quizás, irrepetible, a pesar de tan plagiado. Desde el tablao madrileño
Torres Bermejas, donde siguen teniendo su cuartel general, añoran aquellos
tiempos en los que en el tablao confluyó la quintaesencia del género,
pero valoran su paulatina consolidación en los escenarios de la música
culta. Valoran el desarrollo de la técnica, pero añoran (y reivindican)
la flamencura, eso que intentan dejar en herencia a su alumnado, a falta de descendencia
artística.

Toni el Pelao
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El árbol genealógico hunde sus
raíces en Jerez, de donde partieron hacia Madrid en una fecha inconcreta
de finales del siglo XIX. Como explica Toni el Pelao, actual patriarca de la saga,
"la dinastía de Los
Pelaos proviene de mi tío El Gato (Antonio Manzano Heredia), que fue
el primer farruquero. Fue quien sacó la farruca por primera vez como baile.
Después fue mi padre, Juan el Pelao (Juan Manzano Heredia), que se encargó
de exportarla en sus giras con Pastora Imperio -de quien fue pareja artística-,
con Concha Piquer en 'Las calles de Cádiz', con Lola Flores, con Manolo
Caracol, con Antoñita Moreno, con Valderrama... Él se hizo un primer
nombre con la farruca durante treinta y cinco años". En dicha gesta
fue acompañado por sus hermanos Faíco, Fati y El Abogaíto
-sobrenombre que le puso Pilar López a Juan Antonio porque era el único
que sabía firmar los contratos- y éstos, a su vez, sucedidos por
"mi primo Ricardo, mi primo Bastián... y yo, que me he quedado con
la dinastía actualmente".
Antonio Manzano Bermúdez afronta,
a sus más de sesenta años, la responsabilidad de mantener la escuela:
"Voy a defenderla hasta que me muera, pues no hay descendencia, familiares
míos no han salido artistas". María Luisa Martín García,
Uchi, su pareja profesional y personal desde hace cuarenta años, puntualiza
que "hay dos o tres nietecillos de Faíco que hacen cosillas también,
pero no profesionalmente". Y subraya su negativa a que sus hijos siguieran
el camino paterno: "El flamenco es bonito cuando lo ves en un escenario,
pero la vida es muy dura, muy sacrificada. No sé si merece la pena tanto
esfuerzo".
La herencia queda en los alumnos. De hecho,
ya se ha marcado en pupilos como Javier Barón, de quien Toni fue su primer
maestro flamenco, o en figuras como Joaquín Cortés. Y prueba de
ello es la siguiente anécdota. "Cuando estábamos dando clases
en El Horno, Joaquín Cortés estaba con un bailarín que al
ver un vídeo mío bailando la farruca preguntó: "¿Ese
quién es?". Y le contestó: "Ese bailaor de la dinastía
de Los Pelaos es la fuente de donde nosotros estamos bebiendo". Yo le dije:
"Gracias, Joaquín". Y me contestó que era la verdad. "No
se trata de que hagamos la farruca mejor que nadie, cada uno tiene su estilo,
pero nosotros la hacemos diferente. Sara Baras, por ejemplo, la baila de maravilla,
pero...".
Sin embargo, quienes con mayor fidelidad han
asimilado la farruca de Los Pelaos y mayores éxitos han logrado con este
baile ha sido la generación coetánea a Toni: "Pilar López
y Antonio Gades estuvieron dando coba y pagándole mucho dinero a mi tío
El Gato para que les pusiera la farruca. Venían ochenta veces a emborracharnos
para que les pusiéramos nuestro baile. Pilar López cogía
siempre las cosas de Los Pelaos. Está viva y se le puede preguntar... Las
manos, el levantar los brazos, la llamada y el marcaje no los tiene nadie, nada
más que nuestra dinastía". En el caso de Manolete, que ha hecho
de la farruca su marchamo, Toni afirma que "la ha cogido de mi padre porque
fue con La Chunga trabajando y, según él mismo cuenta, sin que mi
padre lo viera, se ponía detrás suyo a bailar lo mismo". Uchi
matiza que "¿cuántas veces ha dicho Manolete "a ver esa
llamada, Pelao, a ver ese paso"? Aparte de que le queremos mucho porque es
compañero de siempre, para nada es el revolucionario de la farruca".
¿Qué caracteriza a ese
estilo tan particular? En un primer lugar, Toni subraya que "no es copiado
ni académico, pues aunque yo tomo la farruca de mi padre y de mi tío
El Gato, a mí no me enseñó mi padre nunca a bailar".
Curiosamente, "a ninguno de ellos", desvela la bailaora. Por ello, "todos
tenemos nuestro estilo personal", pero también un gen común:
"Tú ves a un Pelao bailar y lo reconoces inmediatamente". Uchi,
tomando perspectiva, describe el de Los Pelaos como un baile "de cintura
para arriba" con rasgos como "la manera de subir los brazos, algo que
no se ve ya. Ahora el bailaor está moviendo muchísimo la mano, parecen
mujeres bailando. Y es muy bonito, pero es diferente. A Los Pelaos se les ve levantarse
de una forma que parece que crecen. Son inconfundibles. Y el padre era divino
o será que yo soy una enamorada del arte".
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Uchi
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Cuarenta y dos años enamorada... María
Luisa Martín García fue requerida por Toni el Pelao cuando, tras
recorrer el mundo con La Chunga, decidió montar su propio espectáculo
a mediados de los sesenta: "La contraté, empezamos a hacer pareja
en mi grupo propio y... Llevamos treinta y siete años casados y cinco más
hablándonos". Como concreta Uchi bromeando, "artísticamente,
llevamos toda la vida juntos, lo que pasa es que sólo se le ve a él,
pero yo siempre he estado".
Uchi, hermana de la también bailaora
madrileña La Polilla, empezó a bailar con Rafael de la Cruz, que
la llevó a trabajar a París, aunque también se formó
con la mujer de Frasquillo, con La Kika y en clásico con Victoria Piquer.
Posteriormente, se incorporó a los cuadros de tablaos madrileños
como Las Cuevas de Nemesio, Las Brujas y Torres Bermejas, hasta que se embarcó
en la troupe de su pareja, que alternó con otros contratos como la gira
por Oriente Medio con Gracita del Sacromonte. Toni recuerda que, precisamente,
fue en Las Cuevas de Nemesio donde celebraron la boda: "Como no teníamos
dinero para un salón... Pusimos una tarta muy grande en el escenario y
con las siete mil pesetas que nos regalaron nuestros compañeros pagamos
el convite".
Pero sigamos con lo artístico.
Del estilo de baile de Uchi, Toni comenta que "cambió totalmente al
entrar a trabajar conmigo. De ser una bailaora de academia pasó a ser una
bailaora de flamenco". Y ella asiente: "Fui aprendiendo flamenco de
verdad, que es fundamental para mí, lo es todo. Me encanta ahora en las
clases ir sacando el flamenco de la gente". A propósito de la faceta
didáctica que ambos desempeñan en estudios de la capital madrileña...
"Uchi intenta montarles flamenco en general y yo tengo un grupo de alumnos
a los que les estoy montando la farruca para el día en que yo falte. Yo
no los dejo pasar, luego que hagan lo que quieran. Les estoy montando mi estilo
para que el día de mañana quede eso ahí". La maestra,
sin embargo, se muestra más flexible: "Tampoco quiero quitarle a la
gente que tenga su estilo, lo que cada uno sienta".
Los tablaos: amanecer y ocaso

Uchi y Toni el Pelao saludan en Torres Bermejas
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Toni el Pelao y Uchi vivieron de lleno la
época dorada de los tablaos madrileños. Allí coincidieron
con José Mercé, con Rancapino, con Paco de Lucía, con Camarón
de la Isla. La bailaora pincha a su marido para que cuente cómo introdujo
al cantaor de San Fernando en el circuito. Y Toni accede: "Vino con Miguel
de los Reyes aquí a un cabaret cuando tenía como unos quince años.
Miguel era afeminado y, por lo visto, le echó mano". Y fue a buscarse
la vida por otro lado. "Era la época en que parábamos en la
cafetería de la calle Carretas...
- Perdone, ¿usted es cayo?
- Real.
- Mire usted, me gustaría que pudiera ayudarme no económicamente,
sino a buscar trabajo.
Esa noche lo llevé a Las Cuevas
de Nemesio y el representante me dijo que ese no valía nada ("¡qué
desgraciao!", exclama Uchi). Y al día siguiente, él se tocaba
y cantaba, se lo llevé a la oficina a don Felipe, el dueño de Torres
Bermejas...
- Mire usted, aquí traigo a este muchachito,
se llama Camarón de la Isla y canta y toca la guitarra.
- Guitarrista no necesito, pero cantaor... miraremos a ver para el cuadro. Que
venga esta noche y se suba al cuadro.
Estuvo en el cuadro quince días
pues, cuando yo debuté como figura en Torres Bermejas, lo saqué
del cuadro para que me cantara, con Juan Maya Marote y Juan Habichuela tocando".