Entrevista a Pierre Lefranc,
investigador :
"En la investigación del flamenco ya
nos sobran discursos académicos,
demostraciones "arreglaítas" de antemano"
Silvia Calado Olivo. Madrid-Niza, abril de 2002
Una dirección de correo electrónico
basta para conectar Madrid y Niza. A un lado del cable, alguien que formula preguntas;
al otro, Pierre Lefranc (París, 1927), autor del libro 'El cante jondo'.
El investigador, que desarrolló su trayectoria académica en universidades
de Francia, Marruecos, Senegal y Canadá, reflexiona sobre aquella inmersión
en el triángulo cantaor Sevilla-Jerez-Cádiz que, casi por casualidad,
vivió en los años sesenta, coincidiendo con la campaña de
recuperación de Antonio Mairena. El rechazo al término "flamenco",
al que sólo considera una etiqueta comercial; la brecha abierta entre el
cante público y el de la intimidad; y la necesidad de "abrir ventanas"
en torno a la investigación, son algunas de las conclusiones que extrae
de su trabajo... Y una exigencia: "Respeto y seriedad" a aquellos que
se acercan a "una de las creaciones artísticas espontáneas
más espléndidas de la cultura universal".

Pierre Lefranc
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'El Cante Jondo' es fruto de un trabajo
de campo elaborado en los sesenta en varios núcleos flamencos de Andalucía.
¿Qué le llevó a emprender esa labor?
La oportunidad, es decir, la suerte.
Después de varios años en Madrid y en París, de amistosa
frecuentación de los principales artistas del tablao madrileño Zambra
(Perico del Lunar, Rafael Romero, Juan Varea, Manolo Vargas, Pericón de
Cádiz, Pepe Culata, Roque Jarrito Montoya y otros), se presentó
la posibilidad, gracias a amigos gitanos de La Línea y sobre todo a Anzunini
del Puerto, de ser llevados (mi mujer y yo) a esos núcleos de cante y familias
gitanas en Chiclana, Utrera, Rota, Jerez, El Puerto, Cádiz, Dos Hermanas...
Llevábamos en el coche un magnetófono, que era el primero que se
veía en ambientes gitanos. Cuando se escribe de trabajo de campo, se sobreestima
la dimensión metódica de un asunto que fue, en gran parte, improvisado.
Yo era entonces profesor de inglés en la Universidad de Rabat y era fácil
ir a Andalucía de vacaciones. Un aspecto importante es que, siendo presentados
como "primos" de Francia, nadie nunca nos cobró algo para cantar,
salvo una excepción que se podía comprender. Al contrario, en otra
ocasión, habiendo acompañado a la Fernanda y otros, y hecho "son"
durante una fiestecita en casa de un ganadero utrerano, el señor me dio
a mí dos billetes verdes pues, siendo yo el propietario del coche grande,
evidentemente, era yo el empresario también. (Naturalmente, los billetes
se los entregué a nuestros primos de Utrera).
Poco más tarde, me di cuenta
de que había que dar respuesta a todo aquello. También, de vez en
cuando, nos pasaba por la mente la idea de dedicar un libro a esos recuerdos,
bajo un título que podría ser 'Los años gitanos'. Hubo también
otro fenómeno mayor que merece ser mencionado. Al pasar de considerarse
el cante sólo como cosa de tablao, a considerarse como herencia cultural
interna, hemos salvado una frontera cuya existencia no sospechábamos y
que no se puede nunca olvidar. Se trata de dos cosas, no antagónicas pero
distintas: por detrás de lo que se viene presentado al público hay
(en teoría) una cultura. Conseguir el acceso a esa cultura me puso en la
obligación de describirla.
¿Encontró rechazo por el
hecho de no ser español? Y, por cierto, ¿cree que se puede dar más
luz a la investigación sobre el flamenco con esa distancia?
Ningún rechazo. Siendo "primos"
de Francia, éramos familia. Además, teníamos un conocimiento
bastante amplio, que sorprendía, de los cantes. El problema de la distancia
no se planteó nunca en los años siguientes. Con mis cintas, los
discos, los recuerdos detallados de lo vivido y nuestra experiencia del cante
en su marco, tenía bastante material para alimentar mi reflexión...
daba igual que estuviera en el Polo Norte, en el Sur o en la luna. También
habíamos cogido el cante en un medio social y familiar que rápidamente
se modificaba o dejaba de existir: el pasado que habíamos conocido desaparecía
a gran velocidad. La distancia me puso al abrigo de fenómenos de evolución
sin relación con mi tema. Por otra parte, de esta experiencia nuestra,
que fue tan particular, no se puede sacar ninguna ley.
¿Cómo se desarrolló
aquella experiencia y qué retos afrontó durante la labor de análisis
posterior?
La experiencia fue intensa, fascinante,
muy alegre, a veces, muy fatigosa, inolvidable. Por cierto, no se puede resumir
en pocas palabras. Después, como lo explico en el libro, paré todo
el trabajo durante quince años (1972-1987) por dos razones. Por una parte,
me encontraba bastante ocupado profesionalmente (me jubilé en 1987). Y,
por otra parte, el "trabajo de campo" coincidió con los primeros
años de la campaña de recuperación de Antonio Mairena donde
él sólo, como testigo único, recuperaba tal o cual cante.
Era indispensable buscar otro(s) testigo(s). De hecho, fue necesario esperar a
que se pudiese dar por completa la obra de Mairena para que fueran conocidas,
en grabaciones o cintas domésticas, otras fuentes disponibles en familias
y pueblos. Aparte de aquello -que era mera precaución-, no encontré
ninguna dificuldad particular. El eje central de mi libro es de historia cultural
y esas son cosas que yo sé cómo hacer casi profesionalmente en varios
contextos. El libro de Luis y Ramón Soler sobre Mairena me facilitó
confirmaciones y precisiones cuando yo estaba terminando.
¿Qué novedades aporta este
libro respecto a los anteriores trabajos publicados sobre la materia?
Abre perspectivas nuevas e importantes
sobre los orígenes, como indica el CD. Esencialmente, aporta un corpus
social y geográficamente situado: un corpus de cantes para futuros estudios,
incluso por musicólogos. Y está basado, no sólo en la discografía
existente, sino también en la percepción de los cantes y, de la
finalidad de esa cultura, en su marco de origen. Además, la descripción
detallada de cada cante en su contexto, con listas de ejemplos seleccionados,
permite a aficionados "verdes" atravesar una frontera de especialización
que no es fácil.
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"Postrarse ante la etiqueta comercial llamada flamenco para
interrogar su etimología es un rito casi alucinante"
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En el texto, se aprecia una línea
divisoria entre tradición privada y cultura de mercado, ¿qué
ha perdido la primera en favor de la segunda?
La línea divisoria existe y se puede
verificar a dos niveles. Con muy pocas excepciones, como Terremoto o Fernanda,
la entrega no puede ser la misma en una ocasión pública o un estudio
de grabación que en una reunión íntima: salvo con los ojos
cerrados y un máximo de ensimismamiento, no puede uno quejarse bien delante
de un micrófono o de un público anónimo y poco visible. Además,
lo que se canta delante del público es sólo una parte del repertorio
teórico disponible y del repertorio personal del cantaor o de la cantaora,
que tiende naturalmente a proteger lo suyo. Había cantes -los de Manuel
Cagancho y del Nitri- que Pastora Pavón conocía pero nunca grabó.
El tabú contra cantar las alboreás en público se basa en
que pertenecen a la cultura interna y constitutiva del grupo. Lo que se vende
es lo que se puede vender sin perjuicio, lo que vale se preserva. Si vendes lo
tuyo lo pierdes, se va de ti, por un poco de dinerito... que desaparecerá
también. Lo que vale se conserva hasta dándolo porque, en esos contextos,
dar es compartir. Hay dos esferas que funcionan aparte, una para ganarse la vida,
la otra para entregarse. Muchas veces, después de cantar profesionalmente,
los hemos oído decir: "Ahora vamos a tal sitio, a cantar".
...continúa
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