SABICAS, BREVES REFLEXIONES SOBRE LA GENIALIDAD
Alberto García Reyes
Año 1912. La segunda revolución industrial daba sus coletazos
finales en pos de un movimiento obrero de carácter social que surgió
con el objetivo explícito de enfrentarse al capitalismo decimonónico
que tantas miserias provocó entre las clases más humildes. La utopía
marxista, los preceptos de Bakunin y Kropotkin y la socialdemocracia rusa, que
posteriormente se escindió en mencheviques y bolcheviques, no tenían
todavía repercusión en una España que miraba a la revolución
"desde el poder", según las ideas conservadoras de Antonio Maura,
que había sustituido a Sagasta y, por ende, al bipartidismo.

Sabicas
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Puede que esta situación social, política y económica
dirigiera aquel llanto que se oyó por primera vez en el número 4
de la calle Mañueta de Pamplona hacia las posturas que años más
tarde le llevarían al exilio. Agustín Castellón Campos, Sabicas,
vio la luz entre Sanfermines y gitanos, en la ciudad que Hemingway no tardaría
en hacer popular con su pluma periodística. Casi nada se sabe de los primeros
años de vida de don Agustín. Pero hay un dato esclarecedor: bien
fuera en Jarauta, Arrochatea o Villaba, lugares donde vivió de pequeño,
la guitarra le acechó cuando aún apenas tenía fuerzas para
levantarla. Su primera sonanta se la compraron sus padres por 17 pesetas y tan
sólo dos años después se estrenó en un escenario.
Fue en el teatro Gayarre, donde tocó con motivo de una jura de bandera.
A partir de aquí, Sabicas, que ya se había ganado el apodo por su
temprana afición a comer habas crudas -el Niño de las Habicas-,
no pudo apartarse nunca más de las seis cuerdas.
Sin embargo, uno de los puntos clave de su rápida formación coincidió
con el traslado a Madrid cuando tan sólo contaba con 10 años de
edad. Manuel Bonet no tardó en descubrirlo y lo hizo debutar en el teatro
Eldorado con la compañía de la Chelito. No se puede olvidar el parentesco
que Sabicas tuvo con el maestro Ramón Montoya, pariente de su madre, si
se quiere entender la inclinación que don Agustín mostró
hacia la guitarra flamenca de concierto. En sus primeros años como profesional
fue un seguidor acérrimo de Montoya. Pero los años 30 provocaron
en él un cambio radical. El trabajo como acompañante de los cantaores
más relevantes del momento -Juan Valderrama, el Carbonerillo, Antonio el
de la Calzá...-, realizando grabaciones en las que aparece como Niño
Sabicas, le ayudará a concebir un toque mucho más personal, con
una técnica de mano derecha inconfundible e irrepetible.
No obstante, el punto de inflexión en su trayectoria tanto artística
como personal llegaría con la Guerra Civil. Agustín, que siempre
fue un hombre de ideas claras, miraba hacia el exterior con ojos de quimera, en
busca de aquello que a España aún tardaría muchos años
en llegar: libertad. El exilio fue casi obligado. Y en este punto se cruzó
en su camino nada menos que Carmen Amaya. Juntos cruzaron el charco con destino
a América del Sur para ofrecer una gira por todo el continente que les
tuviera alejados de los enfrentamientos políticos españoles. Pero
Sabicas le tomó cariño a aquellas tierras y a mediados de los cincuenta
se instaló en Nueva York para dar conciertos en solitario.
Paco de Lucía lo descubrió allí durante su primera gira
con el bailarín José Greco, según unas declaraciones recogidas
por Juan José Téllez: "Allí descubrí a Sabicas
y a Mario Escudero, porque en España en esa época nosotros mamábamos
del Niño Ricardo, que fue el guitarrista que enseñó a toda
nuestra generación, era un poco como el maestro de todos. A Sabicas y Escudero
casi no le conocían aquí, hasta que más tarde comenzaron
a llegar los discos que ellos grababan en América. Vi en Sabicas una nueva
forma de tocar, algo nuevo..."

Sabicas in Buenos Aires, 1939
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En la contraportada de un disco editado por el maestro de Pamplona en 1961
podía leerse:
"Sabicas vive constantemente entre flamencos, tanto sea en Nueva York, durante
sus viajes o en su casa de la ciudad de Méjico. Se pasa el día y
las veladas tocando, y le agrada recibir la visita de otros guitarristas. No muestra
en absoluto el recelo tradicional con respecto a enseñarles a otros sus
originales falsetas, sino que, por el contrario, se pasa las horas enseñándoles.
Pero, como dijo lamentándose un guitarrista, después de una de estas
sesiones: sabe perfectamente que nadie más que él puede tocar sus
variaciones debidamente".
Este texto muestra algunas evidencias de la personalidad de Agustín
Castellón, que había abierto su mente en América hasta el
punto de hacer la primera grabación que se reconoce como intento de fusión,
"Rock encounter" (Polygram, 1966), junto a Joe Beck. Los resultados
no fueron muy satisfactorios según el propio protagonista, que llegó
a decir: "A mí no me gusta el rock ni el jazz. Lo hice porque mi hermano
Diego quería que abarcase otros campos para vender más".
Lo cierto es que, sea como sea, Sabicas conformó el eslabón entre
la guitarra flamenca de antaño y la actual. Paco de Lucía, de nuevo
en declaraciones a Juan José Téllez, lo corrobora: "Yo hasta
que descubrí a Sabicas, pensaba que Dios era el Niño Ricardo, y
de alguna manera yo aprendí de su escuela y de su estilo, pero cuando conocí
a Sabicas me di cuenta que en la guitarra había algo más. Con Sabicas
descubrí una limpieza de sonido que yo nunca había oído,
una velocidad que igualmente desconocía hasta ese momento y, en definitiva,
una manera diferente de tocar. A partir de aquí, no es que me olvidara
de Ricardo pero sí pude añadir a mi aprendizaje la manera de tocar
de Sabicas y la transformé para hacerla mía".
Importantísima también es la relación que don Agustín
mantuvo con maestros del jazz de la talla de Charles Mingus, Ben E. King, Gill
Evans, Thelonius Monk o Miles Davis durante esos años. Sabicas fue tratado
como uno más de ellos por las discográficas, que distribuyeron sus
grabaciones por todo el mundo.
A España no regresaría hasta 1967 para volver periódicamente
desde entonces. Veinte años después, su país natal le tributó
el primer homenaje de carácter nacional, concretamente en Madrid, que le
abrió las puertas del Teatro Real. Antes, en 1982, Pamplona le dedicó
sus Sanfermines. Eran tiempos de disfrute para el genial guitarrista, que llegó
a grabar con Enrique Morente un año antes de su muerte. A principios de
1990 la noticia sentó como un jarro de agua fría: "Sabicas
se apaga en un hospital del Bronx". El 14 de abril de ese mismo año,
Nueva York veía como el gitano de Pamplona nos dejaba para siempre.
Desde entonces, Agustín Castellón Campos ha sido recordado por
muchos motivos, bien sea como maestro de Paco de Lucía, bien como guitarrista
imprescindible en la historia del flamenco, bien como, simplemente, coleccionista
de corbatas. El caso es que gracias a sus terribles escalas, a sus primeros escarceos
con la revolución armónica, a su técnica de martilleo en
el picado y a su gran conocimiento del cante, Sabicas debe estar en la cúspide
de la historia jonda. Las palabras de la Niña de la Puebla, a quien acompañó
en infinitud de escenarios antes de la Guerra, son todo un documento: "Siempre
que yo hacía algo nuevo en el cante, él lo acertaba sólo
con mirarme". Así era el maestro Agustín, vasallo y señor
al mismo tiempo, alguien que nunca abandonó, ni en la mente ni en la práctica,
su deseo de alcanzar la utopía.
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