Entrevista a Encarnación
Marín, La Sallago, cantaora:
"Yo pienso que el cante puro no se pierde
porque siempre hay un público escogido"
Estela Zatania. Almería, febrero de 2002
La noche del 23 de febrero de 2002, cuando
la joven superestrella internacional del flamenco, Estrella Morente, estaba clausurando
el Festival Millenium en Madrid tras recoger sendos discos de platino y oro para
sus dos primeras grabaciones, un acontecimiento flamenco más humilde estaba
teniendo lugar en una pequeña peña flamenca de las afueras de Almería.
Una mujer nacida hace más de ocho décadas había recorrido
el largo camino desde su pueblo natal de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz)
para ofrecer su cante intemporal a un reducido grupo de aficionados. Muchos ignoraban
que La
Sallago aún seguía en activo y, dada la ubicuidad del flamenco
vanguardista, era un lujo poder conocer a esta cantaora, dueña de una voz
que encierra la sencillez de otros tiempos y la sabiduría de toda una vida
con el cante.
La Sallago (Foto: Estela Zatania)
El encuentro con Encarnación Marín
no era la típica entrevista de preguntas y respuestas escuetas. La Sallago
entretejía anécdotas, coplas, recetas, recuerdos... A veces, parecía
hablar en verso, con ese ritmo y gracia que poseen los andaluces en cantidades
tan generosas. En la tradición gaditana de El Espeleta y Pericón,
contaba historias descabelladas con picardía y entusiasmo, sus ojos brillando
y sus manos gesticulando. Fernando Moreno, el tocaor que la llevó desde
Sanlúcar a Almería, y que la acompañó a la guitarra
en la peña, afirmaba sonriente: "No ha parado en todo el camino, lo
hemos pasado bomba con ella". Tiene fama de saetera, pero es cantaora larga
con sello personal e inconfundible. Era una joven de armas tomar, una rebelde
cuando las jóvenes no se rebelaban. En entrevistas anteriores, ha hablado
de su difícil matrimonio, pero ahora parece haberlo perdonado todo y sólo
quiere reírse y "cantar mucho para que la gente conozca el cante de
los Sallago y de Sanlúcar". Dos temas dominan en la conversación
de la sanluqueña, dos caras de una misma moneda: la niñez y la vejez.
La niñez de los hijos que nunca tuvo... y su propia vejez.
Estamos en casa de Norberto Torres, escritor,
tocaor, fundador y socio número uno de la peña El Ciego de la Playa
de Huércal de Almería. La tía Encarna pide un café
"caliente caliente, que esté ardiendo". Su primera frase ya delata
la clase de personaje que tengo delante: "Me llamo Encarnación Marín
'Sallago' y tengo ochenta y tres años y cincuenta días". Se
inclina hacia mí y susurra: "Con el resfriado tan grande que he tenido
hija, me tienes que pedir un poquito de whisky pa no acordarme...".
Enviuda en 1969, ¿no?
¿Y cómo lo sabe usted?
Porque he estado estudiando, en Internet...
¿Y eso cómo es, hija?
Mire usted, estaba yo cantando en El Puerto cuando me enviudé...
Lo digo porque grabó su primer disco
en solitario en 1972, con 53 años. ¿El matrimonio la limitaba profesionalmente?
Era muy difícil, muy difícil...
para salir, para ir sola por ahí. En Sanlúcar siempre ha habido
muchas mujeres que cantaban, jóvenes y mayores... íbamos a tomar
nuestro café y te invitaban. Y las fiestas pagadas, claro, pero mis principios
siempre han sido con mis amistades. Mi marido nunca se metía en eso...
sabía que mi madre cantaba, mis dos hermanos mayores cantaban muy bien,
que ya han muerto, y el otro que está vivo que también canta, pero
ninguno se ha hecho profesional. La única profesional de la familia soy
yo. ¿Por qué? Pues nada, porque me gustó mucho, porque respeto
mucho la Semana Santa y así empezó.
Yo estaba siempre trabajando, era la mayor,
y he pasado muchos malos ratos. Mis hermanos se iban a la mar y yo vendía
mi pescao muy niña, desde un plato, ¿sabes? Y fue en Semana Santa
cuando me conoció la gente, cantando saetas. Allí estaba la virgencita,
en la calle Barrameda... En el Bar del Rocío estaba yo y, cuando vi a la
Esperanza, una prima mía me echó así p'alante: "Ahora
es cuando tienes tú que cantar, no cuando estás en tu casa".
Y canté. Y así empezó. Con catorce años estaba ganando
mi dinerito ya con el cante, en el mismo Sanlúcar, pero no porque yo lo
pedía ni lo exigía, sino porque la gente sabía que yo estaba
mu malamente y había mucha hambre. Mi madre ignoraba que yo cantaba:
"¡Matilde, que está su hija cantando por allí en todos
los barrios, la que se ha formao!". Y mi madre decía: "¿Cómo
va a ser mi hija? Si no tiene tiempo pa cantar". Pero cada vecino
me daba una pesetita, los que podían y los que no podían.
Después me llamaron para cantar
saetas en el Casino de Sanlúcar, pero primero llamaron al Rerre de los
Palacios, un cantaor joven de fama, guapo, bueno y de buena casta. Me llevé
trabajando con él cuatro o cinco años en Madrid. El Rerre decía:
"¿Ustedes por qué me han llamado a mí cuando hay una
Sallago cantando que vale como yo o más?" La gente rica de Sanlúcar
no me conocía porque yo nunca salía del barrio. Fui al Casino a
cantar y así me conoció la gente de bien. Luego vine pa Jerez a
cantar saetas con el nombre de mi madre, Matilde Sallago. Me voy a Cádiz
la misma noche en el concurso y me pongo Consolación Sallago, el nombre
de mi tía. Y me voy pa Sevilla en la misma noche -en el 48 fue eso- con
las saetas. La primera noche en los tres sitios, cambiándome de nombre.
En Sevilla me puse Encarnación Marín, no Sallago. Y entonces dijo
uno: "¿No os habéis dado cuenta de que es la misma?".
Encarnación Marín, La Sallago (Foto:
Estela Zatania)
Su abuela era de Lebrija, ¿no?
¿Pero usted cómo sabe
estas cosas? ¿Qué es eso del interné?
Que hay muchas cosas escritas y te llegan
por la misma línea del teléfono...
¡Ojú, qué ange!
Pues sí, mi abuela era de Lebrija... se vino a Sanlúcar de Barrameda
porque hizo falta para buscar dinero e iba por el puerto y entonces salió
el flechazo con mi abuelo Sallago, que iba y venía de las Américas
en los barcos. Mi otro abuelo era gallego y todo el mundo quiere que yo sea gitana...
dice la gente que si yo soy de Lebrija, que si soy de Utrera, que si de Jerez.
En Jerez es donde me conocieron los Domecq. Fuimos por allí diariamente
a trapellar: Comprábamos trigo para molerlo en el molino y cuando
me vieron cantar los Domecq, me quitaron los canastos, me quitaron todas las cosas
que tenía para vender y dijeron: "Tú no vendas más porque
vienes a Jerez con nosotros". Y, a partir de allí, me he perdío
yo en fiestas y juergas... Jerez me lo dio todo, se lo juro por Dios. Me tenían
pintá, cuando era joven, a mí y a mi hermana, como dos sardinas
asá en los platos, con nuestros tirabuzones... ¿Y qué más
sabe usté de mí, hija? [se ríe]
¿Conoció a Manuel Torre?
Manuel Torre no era Manuel Torre, sino el
Niño de Jerez. Y mi madre siempre me decía: "Encarna, si supieras
como canta el Niño de Jerez...". Eso de Manuel Torre era después
porque no quiso que le dijeran Niño de Jerez, porque además era
muy, muy grande.