La Sallago
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"Cultura Jonda 1. Homenaje a Manuel Machado"

 

 

"Con catorce años estaba
ganando mi
dinerito ya
con el cante"

 


Entrevista a Encarnación Marín, La Sallago, cantaora:

"Yo pienso que el cante puro no se pierde
porque siempre hay un público escogido"

Estela Zatania. Almería, febrero de 2002

La noche del 23 de febrero de 2002, cuando la joven superestrella internacional del flamenco, Estrella Morente, estaba clausurando el Festival Millenium en Madrid tras recoger sendos discos de platino y oro para sus dos primeras grabaciones, un acontecimiento flamenco más humilde estaba teniendo lugar en una pequeña peña flamenca de las afueras de Almería. Una mujer nacida hace más de ocho décadas había recorrido el largo camino desde su pueblo natal de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) para ofrecer su cante intemporal a un reducido grupo de aficionados. Muchos ignoraban que La Sallago aún seguía en activo y, dada la ubicuidad del flamenco vanguardista, era un lujo poder conocer a esta cantaora, dueña de una voz que encierra la sencillez de otros tiempos y la sabiduría de toda una vida con el cante.


La Sallago (Foto: Estela Zatania)

El encuentro con Encarnación Marín no era la típica entrevista de preguntas y respuestas escuetas. La Sallago entretejía anécdotas, coplas, recetas, recuerdos... A veces, parecía hablar en verso, con ese ritmo y gracia que poseen los andaluces en cantidades tan generosas. En la tradición gaditana de El Espeleta y Pericón, contaba historias descabelladas con picardía y entusiasmo, sus ojos brillando y sus manos gesticulando. Fernando Moreno, el tocaor que la llevó desde Sanlúcar a Almería, y que la acompañó a la guitarra en la peña, afirmaba sonriente: "No ha parado en todo el camino, lo hemos pasado bomba con ella". Tiene fama de saetera, pero es cantaora larga con sello personal e inconfundible. Era una joven de armas tomar, una rebelde cuando las jóvenes no se rebelaban. En entrevistas anteriores, ha hablado de su difícil matrimonio, pero ahora parece haberlo perdonado todo y sólo quiere reírse y "cantar mucho para que la gente conozca el cante de los Sallago y de Sanlúcar". Dos temas dominan en la conversación de la sanluqueña, dos caras de una misma moneda: la niñez y la vejez. La niñez de los hijos que nunca tuvo... y su propia vejez.

Estamos en casa de Norberto Torres, escritor, tocaor, fundador y socio número uno de la peña El Ciego de la Playa de Huércal de Almería. La tía Encarna pide un café "caliente caliente, que esté ardiendo". Su primera frase ya delata la clase de personaje que tengo delante: "Me llamo Encarnación Marín 'Sallago' y tengo ochenta y tres años y cincuenta días". Se inclina hacia mí y susurra: "Con el resfriado tan grande que he tenido hija, me tienes que pedir un poquito de whisky pa no acordarme...".

Enviuda en 1969, ¿no?

¿Y cómo lo sabe usted?

Porque he estado estudiando, en Internet...

¿Y eso cómo es, hija? Mire usted, estaba yo cantando en El Puerto cuando me enviudé...

Lo digo porque grabó su primer disco en solitario en 1972, con 53 años. ¿El matrimonio la limitaba profesionalmente?

Era muy difícil, muy difícil... para salir, para ir sola por ahí. En Sanlúcar siempre ha habido muchas mujeres que cantaban, jóvenes y mayores... íbamos a tomar nuestro café y te invitaban. Y las fiestas pagadas, claro, pero mis principios siempre han sido con mis amistades. Mi marido nunca se metía en eso... sabía que mi madre cantaba, mis dos hermanos mayores cantaban muy bien, que ya han muerto, y el otro que está vivo que también canta, pero ninguno se ha hecho profesional. La única profesional de la familia soy yo. ¿Por qué? Pues nada, porque me gustó mucho, porque respeto mucho la Semana Santa y así empezó.

Yo estaba siempre trabajando, era la mayor, y he pasado muchos malos ratos. Mis hermanos se iban a la mar y yo vendía mi pescao muy niña, desde un plato, ¿sabes? Y fue en Semana Santa cuando me conoció la gente, cantando saetas. Allí estaba la virgencita, en la calle Barrameda... En el Bar del Rocío estaba yo y, cuando vi a la Esperanza, una prima mía me echó así p'alante: "Ahora es cuando tienes tú que cantar, no cuando estás en tu casa". Y canté. Y así empezó. Con catorce años estaba ganando mi dinerito ya con el cante, en el mismo Sanlúcar, pero no porque yo lo pedía ni lo exigía, sino porque la gente sabía que yo estaba mu malamente y había mucha hambre. Mi madre ignoraba que yo cantaba: "¡Matilde, que está su hija cantando por allí en todos los barrios, la que se ha formao!". Y mi madre decía: "¿Cómo va a ser mi hija? Si no tiene tiempo pa cantar". Pero cada vecino me daba una pesetita, los que podían y los que no podían.

Después me llamaron para cantar saetas en el Casino de Sanlúcar, pero primero llamaron al Rerre de los Palacios, un cantaor joven de fama, guapo, bueno y de buena casta. Me llevé trabajando con él cuatro o cinco años en Madrid. El Rerre decía: "¿Ustedes por qué me han llamado a mí cuando hay una Sallago cantando que vale como yo o más?" La gente rica de Sanlúcar no me conocía porque yo nunca salía del barrio. Fui al Casino a cantar y así me conoció la gente de bien. Luego vine pa Jerez a cantar saetas con el nombre de mi madre, Matilde Sallago. Me voy a Cádiz la misma noche en el concurso y me pongo Consolación Sallago, el nombre de mi tía. Y me voy pa Sevilla en la misma noche -en el 48 fue eso- con las saetas. La primera noche en los tres sitios, cambiándome de nombre. En Sevilla me puse Encarnación Marín, no Sallago. Y entonces dijo uno: "¿No os habéis dado cuenta de que es la misma?".


Encarnación Marín, La Sallago (Foto: Estela Zatania)

Su abuela era de Lebrija, ¿no?

¿Pero usted cómo sabe estas cosas? ¿Qué es eso del interné?

Que hay muchas cosas escritas y te llegan por la misma línea del teléfono...

¡Ojú, qué ange! Pues sí, mi abuela era de Lebrija... se vino a Sanlúcar de Barrameda porque hizo falta para buscar dinero e iba por el puerto y entonces salió el flechazo con mi abuelo Sallago, que iba y venía de las Américas en los barcos. Mi otro abuelo era gallego y todo el mundo quiere que yo sea gitana... dice la gente que si yo soy de Lebrija, que si soy de Utrera, que si de Jerez. En Jerez es donde me conocieron los Domecq. Fuimos por allí diariamente a trapellar: Comprábamos trigo para molerlo en el molino y cuando me vieron cantar los Domecq, me quitaron los canastos, me quitaron todas las cosas que tenía para vender y dijeron: "Tú no vendas más porque vienes a Jerez con nosotros". Y, a partir de allí, me he perdío yo en fiestas y juergas... Jerez me lo dio todo, se lo juro por Dios. Me tenían pintá, cuando era joven, a mí y a mi hermana, como dos sardinas asá en los platos, con nuestros tirabuzones... ¿Y qué más sabe usté de mí, hija? [se ríe]

¿Conoció a Manuel Torre?

Manuel Torre no era Manuel Torre, sino el Niño de Jerez. Y mi madre siempre me decía: "Encarna, si supieras como canta el Niño de Jerez...". Eso de Manuel Torre era después porque no quiso que le dijeran Niño de Jerez, porque además era muy, muy grande.

Continúa...

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