Entrevista a
Raúl Rodríguez, director musical de Son de
la Frontera
“Si queremos hacer una música
local, tenemos
que abordarla con una mirada universal”
Silvia Calado. Madrid, julio de 2004
Por la delgada línea que
separa el flamenco de las demás músicas del
mundo, lo antiguo de lo moderno... pasean cinco músicos
que la vida vino a juntar en Morón de la Frontera
y, más concretamente, en la boca de la guitarra de
Diego
del Gastor. A partir del legado del tocaor moronero
y con un tres cubano como puente hacia la otra orilla atlántica,
Son de la Frontera -formado en la trastienda de Martirio-
viene a ofrecer una música que bebe de lo local para
ser universal. Curtidos ya en mil batallas, Raúl
Rodríguez (tres cubano), Paco de Amparo (guitarra),
Pepe Torres (baile), Moi de Morón (cante) y Manuel
Flores (compás) tienen la naturalidad y la inquietud
suficiente para abrir de par en par una puerta hasta ahora
entornada. “No es una visita al panteón, sino
una manera de dar música que hoy se pueda necesitar”.

Son de la Frontera
(Foto: Mario Pacheco)
¿Cómo se forma Son
de la Frontera?
La escuela de Diego del Gastor y la rama
familiar ya estaba en activo. Yo me empiezo a ir a Morón
en el año 95 como guitarrista, buscando esa fuente.
Al año siguiente, ya empiezo a encontrar a la gente
de mi generación de la rama familiar, los sobrinos
nietos de Diego del Gastor, los sobrinos de Dieguito de
Morón, de Juan del Gastor, de Paco
del Gastor y de Andorrano, que son nietos de Joselero.
Y empiezo a tocar con ellos. En el 97 me trae mi madre -Martirio-
el tres de La Habana, que fue invitada por Compay Segundo
para cantar con él. Y tuve una visualización:
podemos hacer falsetas con este instrumento. Me llevé
unos años tocándolo sólo en fiestas,
sin rentabilidad ni intención de darle una fórmula.
Cuando ya vi que no tenía mala pinta, que Andorrano,
Dieguito y los mayores me miraban con cariño, decidimos
darle forma. En cuanto conocí a Paco de Amparo y
a Pepe Torres -que son los dos sobrinos nietos de Diego
del Gastor-, a Manuel Flores y a Luis Torres, hijo de Andorrano,
empezamos a trabajar como banda de acompañamiento
de Martirio desde 1998. Llevamos seis años haciendo
discos con ella -‘Flor
de piel’ y ‘Mucho
corazón’- y haciendo todas las giras, sobre
todo, en Latinoamérica y Estados Unidos.
¿Qué relación
tuvo en la gestación del grupo el trabajo con Martirio?
Ese contacto ha tenido mucho que ver. El
trabajo con mi madre como productor y arreglista era releer
en clave flamenca todos esos boleros y esos tangos. Se trataba
de hacer treinta años después el mismo fenómeno
que Fernanda
de Utrera hacía con Diego del Gastor cuando cantaba
boleros y cuplés. Haciendo esa especie de ida y vuelta,
pero a la altura a la que estamos hoy, he intentado que
ese toque tan rico tuviera un contacto con las músicas
de la rama americana, que creo que tienen mucho más
que ver con el flamenco de lo que se piensa. Hemos hecho
estas falsetas contra venezolanos, colombianos,
cubanos, argentinos... Y vimos que tenía un código
mucho más abierto que ese tan hermético que
se le supone.
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| "Lucho
por que la música de Diego del Gastor no se
considere tan muerta" |
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¿Cómo describirías
la música que hacéis?
La composición está basada
en la música de Diego del Gastor. Y a partir de sus
falsetas, sacamos todas las puntas que tiene esa estrella.
Tiramos hacia todos los lados sin salir de su música,
que tiene mucha riqueza y, al mismo tiempo, mucha necesidad
de hacerse útil. Lucho un poco por que no se considere
tan muerta. Está muy viva.
A partir del ensayo ‘Guitarras
de cal’ se abrió el debate de si el toque
de Morón es o no una escuela, si es una forma de
pulsar...
Hay que verlo con un poquito de contexto.
El único instrumento que ha habido en Morón
para desarrollar la música popular durante el siglo
XX fue la guitarra... y, concretamente, la de Diego. Hay
una escuela porque hay un montón de creaciones propias
del lugar, no sólo mecanismos. Como Diego fue el
único guitarrista que aglutinara toda la música,
en la boca de la guitarra fue absorbiendo todas las influencias.
La falseta más conocida probablemente proceda de
‘La Zarzamora’. Y él también tocaba
contra norteamericanos de la base militar de Morón,
que traían un concepto de la música muy moderno,
muy hippy, muy contracultural. Y los tenía que seducir.
Hay muchos giros más cerca del blues o del rock que
los que después han hecho muchos guitarristas flamencos.
Tengo la idea de que en Morón la guitarra de Diego
ha sido la caja de música. Y hoy día sólo
hay abrirla y dejar que suene por sí misma, que no
sólo tiene un sello propio, sino que mucha música,
al tiempo, muy moderna y muy antigua.
A partir de ahí, ¿qué
queréis aportar vosotros?
Al meterle el tres ya se descuajaringa
un poco. La sonoridad se empieza a multiplicar, aparece
el pulso de púa, que lo emparenta con otras tradiciones
de instrumentos de cuerda y aparece otra vez la cuerda de
acero que fue flamenca mucho antes. Queremos demostrar que
podemos vivir esa música con mucho respeto, con mucha
educación y sin complejo. Si en Sierra Leona se puede
hacer una música propia a partir de lo que cantan
sus viejos, aquí también se puede hacer, siempre
que se tenga la perspectiva de una música nueva.
No puede ser una visita al panteón, sino una manera
de emborracharse hoy, que te dé música
que hoy puedas necesitar.

Son de la Frontera (Foto: Mario
Pacheco)
Al coger el tres, ¿traes
la tradición de la música cubana?
Como es un instrumento que no está
globalizado -no lo construye Gibson ni Yamaha ni Fender,
como sí ha pasado con las congas y otros instrumentos
autóctonos-, pues no hay ni instrumentos, ni cuerdas,
ni métodos... sólo en Cuba. Cuando lo traje
no pude estudiar nada, más que coger los discos y
raspármelos a oreja que, como soy autodidacta, es
lo que siempre he hecho. Me di cuenta de que para ser un
buen ‘tresero’ cubano me iban a hacer falta
muchas borracheras en La Habana, que no me iba a dar lugar,
pero sí tenía otras más a mano. Borracheras
quiere decir vivirlo de verdad. Vi que podía hacer
un camino dándole un punto personal que a lo mejor
desde allí iba a ser más complicado. Desde
aquí, hacer la música de allí, daba
un espejo raro. Y me resulta una ida y vuelta bonita porque
el instrumento es un hijo híbrido de la guitarra
y del laúd desarrollado en Cuba por campesinos andaluces,
los guajiros. Que vuelva aquí haciendo música
flamenca y que nosotros vayamos a mostrarlo allí,
como hemos hecho en CubaDisco, produce un juego de significaciones
muy bonitas.
Por cierto, ¿qué
tal os recibieron en CubaDisco?
Ha sido la puesta de largo. Tenía
mucho susto porque se trata de hacer con un instrumento
suyo una música distinta. Y está tocado de
otra manera, me he tenido que buscar otras técnicas,
otras afinaciones, otras fórmulas. Y han sido bien
recibidas. Allí son tan generosos... y, como dice
mi madre, hay tanta alma por metro cuadrado, que es difícil
que te miren mal si tú no llevas intención
de llevarte algo. Y mi intención es la contraria,
aportar un punto de vista interesante que a ellos les puede
estimular.
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| "Intentamos
pensar qué sonaría en la frontera, un
milímetro antes de que empiece el flamenco
y un milímetro después de terminar" |
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¿Qué significado
tiene ese apellido ‘de la frontera’?
Estamos jugando a ser fronterizos, a no
ser de ningún lado, sino a ser de ese lugar que divide
los sitios mentales y patrióticos y culturales. Intentamos
pensar qué sonaría en la frontera, un milímetro
antes de que empiece el flamenco y un milímetro después
de terminar. ¿Quién delimita, qué delimita
dónde está la frontera entre lo antiguo y
lo moderno, entre lo local y lo universal, entre lo flamenco
y las demás músicas del mundo?
¿La rama americana es, pues,
un hilo del que tirar?
Hay una fuente común más
grande, pero a nivel teórico, se ha escrito con carácter
absolutista. La flamencología ha maltratado la fuente
americana sin darse cuenta de que históricamente
están metiendo la pata hasta el cuello. Donde se
juntaban los barcos antes de salir para Cuba era en Cádiz;
cuando llegaban a América, el primer puerto de desembarco
era La Habana. Todas las borracheras, cantes, chistes, ropas...
se dejan allí. Esas expediciones se llevaban sus
añitos saqueando el territorio y la última
reunión antes de volver era en La Habana. Y volvían
a Cádiz y a Triana, los dos puertos que resulta que
son los puertos madre del flamenco. Eso ocurre al mismo
tiempo que cristalizaban los palos importantes cubanos.
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