"Siempre me ha preocupado más por qué
se cantaba que cómo se cantaba"
Septiembre 2001
Silvia Calado Olivo
DRAMATIS FLAMENCAE
"Estamos en Navisa, en la calle Herramientas, que antes era la calle C".
Y Herramientas cruza con Nanas de Espinas y ésta con Andalucía Amarga.
Nombres raros para calles de un polígono industrial, anexo al humilde barrio
sevillano del Cerro del Águila. Pero es que fue allí donde hace
setenta años nació Salvador Távora. Y este frío entramado
de talleres y almacenes, donde se modelan los montajes de La Cuadra, la compañía
de teatro popular que marcó un nuevo camino a la expresión flamenca
durante la transición democrática española, con obras como
Herramientas, Nanas de Espinas, Andalucía Amarga... o con ese aquel
antes y después llamado Quejío. Un cuerpo menudo, enjuto, enfundado
en fina guayabera, coleta canosa, sonrisa aniñada, mirada aún curiosa,
personifica al ente creador de ese flamenco teatral, ese dramatis flamencae...

Salvador Távora
¿Cómo toma Salvador Távora contacto con el flamenco?
Yo no he tomado contacto con el flamenco, el flamenco nació conmigo.
Nací en un barrio donde el flamenco era un lenguaje habitual, en el Cerro
del Águila, donde había cantaores con sus estilos. Me juntaba con
el Vizco Amate, escuchaba a El Papero por soleares. El flamenco era un sonido
más de mi vida. Igual que escuchaba una fuente de agua o un carro que pasaba
con mulos, escuchaba cantar flamenco.
Incluso fuiste cantaor...
Cantaor de lo que sabía, de todo lo que no había aprendido en
academias, de lo que se cantaba en el barrio en aquellos tiempos. Fue una experiencia
muy importante. Entré en el cante por la vía del toro. En los tiempos
en que toreaba, cuando era novillero, el flamenco y el toro eran dos cosas muy
unidas. Naturalmente, siempre que había una corrida, te rodeabas de amigos
flamencos. Los acontecimientos taurinos, que he vivido desde dentro y desde fuera,
se celebran siempre con su hermano de expresión popular que es el flamenco.
Son expresiones populares con perfectas afinidades. El flamenco y el toreo son
dos artes analfabetas... no necesitan el alfabeto para pronunciarse.
Después, cuando empecé a pensar en el teatro, utilizaba el lenguaje
conocido que, para mí, era el cante. Pero no lo utilizaba como algo virtuoso
de garganta -siempre he estado en contra del virtuosismo en el flamenco- sino
que lo utilizaba, incluso cuando yo he cantado en mis espectáculos, como
un grito angustioso, como una manera de decir las cosas que no se podían
decir en aquel tiempo hablando.
Porque con la censura también te topaste...
| "Los estudiosos que quieren evitar el compromiso
y se quieren quedar sólo con su parte virtuosa o sonora están haciendo
un atentado al flamenco" |
Claro. Pero el cante era lo que más se escapaba de la censura porque,
aunque se camuflara la letra, nunca se podía camuflar el dolor que tiene
la voz. Y esa era una forma muy significativa y muy fácil de llegar, con
el dolor de la voz. Hay quien dice, como el escritor Félix Grande, que
el cante puede considerarse desde que empieza, hasta mi primer espectáculo
Quejío y, de ahí, en adelante. Con Quejío, un espectáculo
exclusivamente de cante, se entendió que el cante no era sólo un
hecho virtuoso, sino que, como signo de comunicación, superaba el gesto,
superaba la palabra... y solamente su tonalidad daba noticia del sufrimiento de
un pueblo tan machacado como el andaluz. Yo le quité al cantaor lo que
no era del cantaor: la camisa de chorreras, las pulseras de oro, los anillos y
ese traje tan planchado que parecía de camarero. Le di al flamenco un aspecto
laboral, poniendo al cantaor junto a las herramientas de trabajo y lo alejé
del aspecto cabaretero de tablao y de diversión que tenía. El flamenco
es fundamentalmente un dolor, después puede ser lo que quiera. Pero, como
dolor, naturalmente, tiene mucho que ver con la vida de quien lo canta. Lo que
pasa es que los cantaores, a veces, han querido llevar su vida por un lado y el
flamenco por otro. Y eso es muy difícil.

Salvador Távora, "Carmen"
Ya lo decías entonces: "La realidad de Andalucía va por
un lado y el cante por otro".
No se podía entender que, en aquel tiempo, un pueblo que emigraba, que
se tenía que ir sin trabajo y se fuera cantando por seguiriyas dolorosas,
estuviera representado por cuplés y por letras que retrataban a Andalucía
como un paraíso. Cualquiera, por muy poco lúcido que fuera, entendía
que la expresión andaluza iba por un lado y la situación del pueblo
por otro. Y eso es malo. Cuando un pueblo tiene su expresión artística
alejada de su realidad, una de las dos cosas andan mal.
Al flamenco le han hecho mucho daño los estudiosos desde fuera. El flamenco
no se puede estudiar de una manera fría, sino desde dentro, sabiendo cantar...
y sabiendo cantar sin haberlo aprendido de discos, entonces no había discos.
Y siempre estudiarlo en función y en relación con una situación
social, jamás puede estudiarse fuera de la situación social, ni
del cantaor ni del lugar donde nace. El cante de las minas es cante de minas,
el cante por fandangos es el cante por fandangos y el cante por seguiriyas tiene
toda la pena gitana. El cante está estrechamente ligado a la realidad.
Por eso, aquellos estudiosos que quieren evitar el compromiso y se quieren quedar
sólo con su parte virtuosa o sonora están haciendo un atentado al
flamenco.
| "El mayor peligro para el flamenco, más que
las fusiones o las innovaciones de unos y otros, es que se ha aburguesado, que
se ha salido de contexto, de su realidad social" |
¿Y no crees que el flamenco aún tendría
mucho de qué quejarse y, sin embargo, se ha aburguesado demasiado?
Sí, sí, sí. El mayor peligro para el flamenco, incluido
el baile, mucho más que las fusiones o las innovaciones de unos y otros,
es que se ha aburguesado totalmente, que se ha salido de contexto, de su realidad
social. Porque está conducido y manejado. Están marcando las directrices
del flamenco muchos pequeños burgueses con una concepción del arte
demasiado estricta y encorsetada. No se pueden clasificar los cantes como si fueran
naranjas o manzanas. El cante es la creación de un individuo y la creación
jamás puede someterse a un corsé ni cuadricularla. Yo creo que se
equivocan, que sería preferible que se dedicaran a las matemáticas
porque le hacen mucho mal al creador.
El fandango era uno de los palos -antes de que lo dejaran en mal lugar, no
sé por qué, como un cante menor- más ricos. Fíjate
si era rico, que cada barrio tenía su propia expresión, no había
cantaor que no tuviese su estilo en fandangos, después, su personalidad
en la seguiriya, en la soleá, en la debla... Pero un cantaor definía
por su estilo de fandango su forma de pensar y de ser. Esa insistencia en aburguesar
el flamenco y el baile es terrible. He luchado contra el flamenco frívolo
y de tablao porque lo he vivido desde dentro y me dolía. He luchado por
imponer las seguiriyas y las deblas y los martinetes en espectáculos serios,
alejados de los restaurantes, donde se cantaba para que la gente hiciera la buena
digestión. Creo que el sitio del flamenco no ha estado nunca en ninguno
de esos lugares. ¡Y no sólo lo he vivido, lo he sufrido por dentro!
Ese convencimiento mío vivencial, no me lo puede discutir nadie, por eso
lo digo con toda la libertad, tal como lo vivo y lo siento.
¿Cómo descubriste que la expresión flamenca encajaba
en la expresión teatral?
Yo no he metido el flamenco en el teatro. He hecho un teatro del flamenco.
Desde finales del siglo pasado, casi todos los autores teatrales literarios han
hecho sus pinitos diciendo que hacían experiencias flamencas y metían
a un cantaor que cantaba desde fuera, otro que cantaba en una silla... Yo no.
He hecho del cante una expresión dramática per se. Ahora lo empleo
con menos volumen porque estoy dando paso a otras expresiones andaluzas como las
del trabajo. En los primeros trabajos, el flamenco era la expresión dramática.
Yo cantaba como fuera, moviendo una hormigonera o tirado en el suelo o de pie.
El cante era el espectáculo, pues iba acompañado de un signo del
cuerpo y de un dolor de la voz. Y porque era inequívoco, no había
palabra. Cada cante tenía su significación y junto a él convivían
elementos del cante, como una hormigonera o un rastrillo o una hoz o una música.
¿Cómo se define ese teatro del flamenco?
Está definido en Quejío. Para hablar de la opresión,
no tuve más que poner los cantes. El cante de liberación es una
bulería, el cante de opresión, una seguiriya, el cante largo de
acusación es el martinete... cada cante tiene un sentido dramático.
Yo he utilizado los sentidos del flamenco para hacer un espectáculo argumental.
Ahora en Carmen las cantaoras están cantando lo que en la ópera
académica cantaría un tenor o una soprano, cuentan la historia mediante
su cante. Y eso está lejísimos del marco pequeño burgués
donde quieren que el flamenco luzca o quieren que subsista. Me parece una equivocación
porque terminará en fiesta para que a todo el mundo le siente muy bien
lo que come. El cante debe ir directamente sobre las personas, incidir en ir hacia
una sociedad mejor, como todas las artes. Las artes que no sirvan a una sociedad
mejor, más culta, más comprometida con su tiempo, más justa,
cualquier arte que no contribuya a ello -y el flamenco es un arte por encima de
todo- es un arte equivocada.

Salvador Távora, "Quejío"
Tu obra parece contradecir el sentido individual del flamenco: ¿flamenco
como expresión individual o como expresión grupal?
Todos los coros de todos mis espectáculos son extraídos de cantes
individuales, de las alboreás, de los cantes de trilla, de las nanas...
Uno de mis desafíos en el teatro es hacer coral y colectivo el grito angustioso
e individual del flamenco. Y a veces consigo que la gente salga cantando los coros
de las alboreás, los coros de la debla. Todos los coros de mis trabajos
están sacados de un cante, de una angustia individual.
Y el toro...
La relación entre flamenco y toro es histórica. Aquellos que
en la Bienal (de Flamenco de Sevilla) decían que era un espectáculo
de toros tienen un despiste histórico total. El flamenco tiene que ver
con el toro en todo, no sólo en las relaciones personales ente toreros
y cantaores, que es estrechísima, sino en que son expresiones populares
nacidas desde el mismo concepto popular del arte. Son expresiones que no se pueden
separar. El flamenco, igual que el toreo, es un invento popular colectivo. No
hay ningún tipo de respaldo académico en la historia.
El matadero es uno de los lugares donde más se desarrollan los cantes.
Del matadero sevillano salieron miles de toreros. Era un nido de toreo y de aficionados
al cante. Yo he vivido eso de niño... los matarifes en los bares del matadero.
El cante estaba tan ligado a esos lugares de trabajo que a mí me resulta
muy difícil separarlos, sobre todo, porque el pueblo asiste igual a una
corrida de toros que a un festival de cante.
Pero no siempre ha sido bien entendida esa unión entre arte, espectáculo
y muerte que se da en Carmen o Don Juan en los ruedos...
Sólo la Administración catalana ha considerado el toreo como
carnicería y no como arte. Y ha perdido. Es como cuando hablaban de flamenco
protesta... Y el flamenco siempre fue un cante insidioso y con un cierto aire
de rebeldía. Igual que el toro. Frente a otras artes más de museo,
el toro siempre ha sido rebeldía, la elevación de gentes que han
podido llevar el oficio de matarife al campo del arte. La lidia pertenece a la
civilización mediterránea desde sus orígenes. Lo que he intentado,
y voy a intentar hacer con otras artes, es introducir la lidia reglamentada como
arte. Voy a intentar introducir varias artes para evitar esos conceptos pequeño
burgueses de clasificación. Mezclo distintas artes sin destrozarlas. Armonizo
el flamenco con el ruido de una máquina, la guitarra con el sonido de un
martillo y armonizo el cante coral con el solo, pero siempre dejando cada cosa
en su lugar, sin que nada pierda sus características.
El toro es el único animal que vive, que tiene derecho a la vida. Todos
los demás son engordados para comer. El toro de lidia es el único
animal que vive libre hasta la hora de su muerte. Nos podemos cargar la única
tradición producto de una reflexión entre la vida y la muerte, entre
cómo queremos vivir y cómo queremos morir. Se despacha eso muy fácilmente.
Y yo estoy muy contento de haber logrado esa unidad entre el toro, el flamenco,
la música, el arte ecuestre y cosas nuestras, por algunos consideradas
tópicos, que no lo son. Tópicos son cuando se falsean, cuando no
se falsean no son tópicos. Una mujer con un mantón puesto como lo
tenían mi madre y mi abuela, eso no es un tópico, es una realidad
nuestra. Y un torero jugándose la vida delante de un toro no es un tópico.
Es un tópico un señor vestido de torero cantando zarzuela.
La reflexión sobre la vida y la muerte está muy presente en
tu obra...
Sí. Está presente en mí. Y en el flamenco. El flamenco
es algo de sangre. Yo vivo atemorizado siempre de todo. Es una cosa que está
por encima de tu voluntad. Pero no sé por qué un sector de andaluces
hemos heredado eso. Me conformo con saber que no soy yo solo y me sirve mucho
la comparación y me anima. Picasso era así y Lorca era así
y Juan Ramón Jiménez era así y Alberti era así y Bécquer
era así... Hay muchos andaluces que han tenido la muerte como un motivo
de reflexión durante toda la vida. Lo que hace falta es no tener un complejo
de la muerte sino un concepto aristocrático de la muerte. Hay que tener
una determinada aristocracia del espíritu. El que reflexiona sobre la muerte
y sobre la vida es que tiene un espíritu aristocrático. La muerte
no tiene nada que ver con lo grotesco, con la oscuridad. El cante lo entiende
así. Al cante le quitas el amor y la muerte, que son los temas que dan
consistencia y mantienen vivo al flamenco, y lo matas. Cuando el flamenco sólo
hable de alegría durará el tiempo que dura un restorán.
¿Y cómo puede un producto fruto del compromiso artístico,
social o vital encajar en el entorno capitalista?
Para eso tengo mi teoría. El producto tiene que ser resultado de tus
convicciones sociales, estéticas y artísticas. Si una sociedad capitalista
quiere asumir ese producto, tú perfectamente puedes vender ese producto
porque estás consciente de que si hay una mala intención en esa
sociedad, ese producto le va a ser indigesto. Lo que no puedes nunca es elaborar
un producto para que te lo compre esa sociedad capitalista. Cuando empezó
La Cuadra por las universidades, por las asociaciones de vecinos, centros políticos
europeos, muy bien. Después, cuando entramos por primera vez en un teatro
al público medio, empezaron a acusarnos de que hacíamos productos
pequeño burgueses. Pero íbamos con los mismos productos.
No puedes es producir para que te compren. Hay quien dice "Salvador ha
puesto un toro ahí...". Mira, no. Hay seis toros todos los días
en las corridas y no va nadie. Estoy haciendo un estudio sobre el toro y provocando
una reflexión sobre el toreo como arte, sobre las relaciones del toreo
con el medio popular y con el cante. Estoy consciente de lo que estoy haciendo
y no para vender el producto, sino porque lo siento así. Si el producto
me lo compran y quien me lo compra no se indigesta, bendito sea. El Gobierno catalán
creía que se iba a indigestar y no lo ha querido, por eso ha luchado por
no tenerlo. Metiendo el toro en un espectáculo elevado a cultura y elevado
a arte va a ser más difícil prohibir las corridas de toros. Pero
has de ser consciente de que vas, no a vender, si no a incidir en que tu creación
no sea mutilada y que contribuya a que la sociedad piense de otra manera.
¿No echas de menos que el teatro haya ido perdiendo su función
social?
No hay arte que no tenga dos funciones que cumplir: la social y la artística.
Un arte que sólo cumpla la función social es demagógico.
Un arte que sólo vaya a divertir tampoco cumple su función. Aristóteles
ya lo definía en su poética del arte. Decía que en teatro
era muy fácil la tragedia, era una concesión de seres trascendentes.
Y la comedia era una especie de imitación de la vulgaridad cotidiana. Y
es así. Si tienes un espectáculo nacido de una mentalidad trascendente,
intentas que haya una trascendencia trágica. Si haces un espectáculo
únicamente para la diversión, me parece bien. Pero divertir no creo
que sea una función social ni artística. ¿Qué pasa
con el teatro en Madrid? Que sigue siendo como un espectáculo para señoras
después de tomar el té. Igual ocurre en los programas televisivos,
hay una especie de frivolidad en la sociedad. Esas producciones no cumplen ninguna
función social, sino una función enajenadora de la sociedad. Quizás
sea querida, pero no me parece honesto. Si es divertida también, pero que
sepa a quien sirve. Hubo un tiempo en el que se hacía una división
fácil: espectáculos de derechas y espectáculos de izquierdas.
Los de izquierdas eran los que hacían reflexionar. Aquellos que eran puro
cachondeo eran supuestamente no políticos, pero eran tan políticos
como los otros, pero su papel era distinto.
En el cante pasa igual. El cante tiene una función fundamental: hacer
a la gente sentir, gozar y pensar. Lo que no puede ser es convertirlo, como sucedió
en un tiempo, en un arte para la diversión y para la fiesta. Pero no entendida
como en Andalucía se entiende la fiesta, donde a veces puede ser un llanto,
donde la lágrima puede ser signo de un contento. Hay cosas que la gente
ha confundido mucho y en el flamenco más. Yo leo cosas que me dan mucha
pena... ¿Cómo se puede confundir el flamenco exclusivamente con
la complacencia y con la fiesta?
Me gustaba algo que me decía Mairena: que a mí siempre me ha
preocupado más por qué se cantaba que cómo se cantaba. Y
la mitad de los estudios se enfocan hacia cómo se cantaba. No me preocupo
mucho de la exactitud de cómo se cantaba, no como esos estudiosos arqueológicos
de las formas, sin saber de dónde y por qué aparecen esas formas.
Primero por qué y después cómo, pero no al revés.
¿Por qué cantaba así Manolito María? ¿Por qué
Terremoto cantaba así? ¿Por qué cantaban así los grandes?
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