EL CABRERO / NUEVAS VOCES
DEL CANTE GITANO
Cante protesta. Cante herencia
Candela Olivo. Mont de Marsan, 4 de julio de 2002
Ficha técnica. Nuevas voces del cante gitano: Pepe de Pura,
María Peña, Guillermo Manzano y Tomás de Perrate, al cante;
Antonio Moya y Miguel de Badajoz, a la guitarra. El Cabrero, al cante,
con Manuel de Palma, al toque. Café Cantante de la Place St Roch. Mont
de Marsan (Francia), 4 de julio de 2002. 19:30 y 21:30 horas.

El Cabrero (Foto: Daniel Muñoz)
|

María Peña (Foto: Daniel Muñoz)
|
Primer tiempo. Tiempo para la herencia. Con la pretensión de mostrar,
como en cada edición, "algo del arte inédito", el Festival
de Mont de Marsan reunía bajo el epígrafe 'Nuevas voces del cante
gitano' a "jóvenes" (hasta cuarenta años) representantes
de dinastías flamencas como los Pinini, los Torre o los Perrate. El mercado
de la Place St Roch, lleno a rebosar, llevaba instalado el chip cante... de ahí
el silencio y la compostura, a pesar de lo distendido del ambiente de este espacio
concebido a lo café cantante. El grupo presentaba un espectáculo
ligado, pero de turnos, que comenzó por la soleá de Guillermo Manzano,
un bronco eco de la Triana exiliada. Tomó el relevo, también con
Miguel de Badajoz al toque, Pepe de Pura, un habitual del atrás para baile
que se desahogó por malagueñas... voz de hilo, falsete, caracoleo.
Ya con Antonio Moya pulsando su bajañí con clavijero de palo, Tomás
de Perrate liberó su lamento rancio y primitivo por seguiriyas... también
ahogándolo, lo que enfatizaba el dramatismo que ya de por sí encierra
este cante de esencia utrerana. El cierre de la ronda se reservó a María
Peña que, recordando a los quejíos lebrijanos de mujeres como Inés
Bacán o Pepa de Benito, tejió unos tientos con flecos de tangos.
Una segunda ronda, ahora por bulerías -de vez en cuando a cuplé
y sin faltar un par de pataítas- puso el broche a este recital múltiple.
Segundo tiempo. Tiempo para la protesta. Por ser "un cante insurrecto,
que no se deja modelar", El Cabrero se presentó por seguiriyas ante
un público que, a priori, ya había sucumbido ante los "encantos"
del trovador. El sombrero calado hasta las cejas, la media barba, el pañuelo
rojo anudado al cuello, negras las vestiduras... y una voz que se hace escuchar
en su permanente discurso ya sea dicho, ya cantado. 'La lluvia', un soneto de
Borges metido por bulerías con cierto aire bambinero, dio rienda suelta
al potente torrente del pastor que, acto seguido, canalizó por malagueñas,
no sin antes ordenar que las cámaras fueran retiradas. El toque de Manuel
de Palma se mantenía sencillo y certero, mientras el cantaor aprovechaba
para lanzar sus consignas: "Dijo mucho más que yo, Picasso con su
pintura, él se expresaba pintando y al Régimen molestó, y
yo molesto cantando". Dicho esto y que nunca piensa cuando se va a echar
a dormir para siempre, entró a matar con un cante autobiográfico,
con estribillos por tanguillos: 'Como el viento de Poniente'. Una ristra de fandangos
reconfirmó la militancia del cante... el público aplaudiéndole
cada gracia, cada giro, cada gesto. Soleá, previo aviso de "como no
tengo prejuicios, digo la verdad", y después cartageneras, "un
cante mu difisi porque tiene recovecos, no se puede falsear", y después
una canción por bulerías de cantautor sobre la maldad del hombre.
El final iba a ser una toná cantada en pie, tras el reído apaño
de subir el micrófono a la silla, con mensaje pacifista y antiautoridad.
Como el público estaba en pie y lo aclamaba, tuvo que claudicar -"después
de la toná no apetece ni un merengue- y, respondiendo a una petición
popular, cantó la farruca... y fandangos de Huelva... y un mitin más.
"Ahora cualquiera me echa a mí de aquí".
revista@flamenco-world.com
|