MANOLO SANLÚCAR Y CARMEN
LINARES. LOCURA DE BRISA Y TRINO
Sintonía
Candela Olivo. Mont de Marsan (Francia), 3 de julio de 2002
Ficha técnica. Manolo Sanlúcar: guitarra
y composición. Carmen Linares: cante. Santiago Lara: segunda guitarra.
Paquito: percusión. Espace François Mitterrand. Mont de Marsan (Francia),
3 de julio de 2002. 21 horas.

Manolo Sanlúcar (Foto: Daniel Muñoz)
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Carmen Linares y Manolo Sanlúcar
(Foto: Daniel Muñoz)
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"La obra que vamos a hacer es el resultado de años intentando ordenar
una inquietud musical. Cuando aparece no supe entenderla... hasta que pude hacer
esa gramática musical donde desenvolverme. En la búsqueda de arañar
ese espíritu sabía que, sin cante, el flamenco no puede caminar,
acudí a Lorca para pedirle prestados unos poemas e invité a esta
gran dama del flamenco. Vamos a intentar esta noche buscar ese espíritu
que nos permita sintonizar". Manolo Sanlúcar, como es característico
en él, se tomó unos minutos para explicarse... antes de dejar a
su guitarra hablar. El Espace François Mitterrand de Mont de Marsan se
mostraba frío de tan respetuoso ante este flamenco del intelecto. ¿'Locura
de brisa y trino' sintonizaría con las casi dos mil personas congregadas
en el pabellón?
Sin alterar la estructura original, el concierto comenzó por el principio:
'Adán'. Y ya se reconoce ese talante distinto, armonioso, complejo, fresco
de la obra. La cantaora se tienta en los primeros compases, Paquito se ciñe
a hacer base, Santiago Lara respalda tímidamente a la primera guitarra,
ya desplegada en todo su ser bajo la cabellera de nieve que la guía. Silencios,
espacios, sin agobios. Sobre el poema 'Normas', las seis cuerdas se ahondan. El
eco del quejío de Carmen queda suspendido en el vacío y Sanlúcar
que juguetea bajo, sobre, entre el compás, sonando a veces asonante...
cajón y djembé recordando. La voz se desgarra, los puños
apretados, garganta escarpada. Y las pantallas gigantes, voyeurs, recogiendo gestos,
dedos, miradas. 'El poeta pide a su amor que le escriba' refresca, sobre bulerías,
el ambiente. Se palpa la evolución de la composición en el fraseo
de la guitarra. Y todo suena limpio.
Sin cante, el guitarrista de Bajo Guía escribe una 'Carta a doña
Rosita'... con reposo, adulando, dulce, declarándose. El culmen del preciosismo
al toque. Mientras vuelve la cantaora jienense y salen los acompañantes,
Sanlúcar pide disculpas por el tiempo que está dedicando, entre
tema y tema, a poner a punto su guitarra, la humedad es traidora: "Es el
precio de conservar un instrumento tan noble como la guitarra, que no se enchufa
en ningún sitio". El poema de amor se torna ahora desgarrado: 'Gacela
del amor desesperado'. El respeto de la guitarra hacia el cante es conmovedor.
El cante aprovecha su libertad para calar, sin miramientos, en lo más hondo
de la sensibilidad del respetable. Con los cuatro de nuevo en escena, y sobre
compás de alegrías, acometen 'Campo'. "El cielo es de ceniza",
lamenta Carmen. Y con resolución caminan hasta la subida de cierre. Sin
soltar el tempo, anuncian el final, esa rumba titulada 'Son de negros en Cuba'.
La guitarra salpicando, el cante hecho jugueteo, el atrás siempre en su
sitio. Arriba, más arriba... y remate. El público decide que es
el momento de expresarse y, en pie, se deja las manos presentando sus respetos,
hasta lograr un bis por bulerías... que también sabe a poco. El
espíritu de 'Locura de brisa y trino', efectivamente, sintonizó.
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