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Se supera
el ecuador del festival con la cúspide de la obra más representada,
redondeada por el roce frenético del día a día desde que
se estrenara hace cinco meses en la Bienal. Rodeada de jóvenes bailaores,
Sara Baras intenta salirse del estereotipo por locura contando la misma historia
de amor. Tanto arrullo. Primero descuelga su coquetería del perchero para
poco a poco entrar en fiesta cortesana; en las bulerías Juana Cañaílla
es impulsada por los velos flamígeros de su falda.
 
 
 
Un cuadro
griego, más que del siglo XV, "pathos" vitalista y trágico,
eran sus jaleos del enloquecimiento, que remata arrancando el pelo de su contrincante.
Taila Marín (por Chelo Pantoja, ausente con Juañares, autor de parte
de la música junto al guitarrista Jesús del Rosario) canta granaína-malagueña
para que Sara sueñe, y se divaga (mmm.... ¿cobrarán los herederos
de Enrique el Mellizo todas las malagueñas que de él se hacen a
diario?), fandangos, sevillanas, seguiriyas, saeta, soleá en comienzo del
desvarío de lucimiento lento, muerto (Felipe el) Hermoso, en realidad (José)
Serrano. Otro cantaor sale a escena, Miguel el de la Tolea, con su canción
atarantada a lo Cigala, cuya vidalita marca clímax. El violín pone
el rabo de la ñ de doña Juana en la rondeña, atilda una obra
-con banda sonora acabada de editar- que alcanza la enajenación en almíbar
musical, sin aspavientos de mantilla.
 
 
Luis Clemente
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