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Como el
aleteo de las aspas de sus brazos sobre la cabeza, ese gesto tan característico
suyo, no cesaba de rondar la sensación, tras los dos tangos finales, de
cómo podía ser esta María la misma coreógrafa de la
luminosidad de 'El perro andaluz. Burlerías' o la de la fantasía
goyesca de 'La Tirana'. Era ésta la María del baile poderoso que
ya había rodado su nueva obra de retales por Estados Unidos y Japón
antes de llevarla a Jerez, donde la estrenaba en España con un concierto
de Juan Manuel Cañizares protagonizando la primera parte.
Baile en
total oscuridad, un destello, un latido primario. Una bombilla en el centro cúbico,
en el corazón de la caja negra que es para ella el escenario de un teatro.
Desde el corazón de la soleá con los ocho bailaores de su compañía
hasta la soledad de María en barroco garrotín. La farruca no llega
a cantarse, compuesta por el guitarrista Paco Arriaga para la coreografía
de cuatro hombres preparada por Fernando Romero. Las cuatro mujeres hacen el zorongo
-del baile de negros, realizado en colaboración con Manolo Marín-
en trajes de flamencas con telas de la India.
María
se crece, alumbrada por la bombilla que parece tocar su infinita brazada. Innovaciones:
en las seguiriyas suenan viejas placas de Rosalía de Triana y Manuel Vallejo,
sobre las que Arriaga agrega guitarras -con la ayuda de El Fiti- no necesariamente
flamencas, y, cuando cantan, Ana Ramón intercala un estribillo pop entre
tercios seguiriyeros.
Extremidades
imponentes y trenzado trabajo de guitarras cruzadas en unas originales bulerías
que ella finaliza girando sobre su eje. Manuel Soler compone el sofisticado juego
de percusiones, combinaciones entre palmas, tacones, abanicos, bastones y castañuelas
mientras se pasean, hasta que se concluye con un divertido diálogo entre
las castañuelas de María y los dos bastones de Manuel.
A la hora
de las pataítas biseras, María comienza rapeando un tango y hasta
lo hace Soler en la despedida a corrillo. Y nuevos tangos para despedirse en la
tierra de la bulería.
María
Pagés había salido en la primera parte mandando por alegrías
de flecos y a renglón seguido Juan Manuel Cañizares acaricia su
guitarra hasta llevar la mano izquierda a su boca. Es el Cañi más
delicado, el de 'Noches de imán y luna'. La rumba velocísima 'Lluvia
de cometas', el picado exacerbado y "el perfecto uso del cajón"
en el solo de Manuel Soler. Un tercero era el segundo guitarra, el primero que
le enseñó a tocar, su hermano Rafael, y todos hacen bulerías
y tangos de largo recorrido. Incluso hubo un cantaor no anunciado, Antonio Malena.
Se les suman otros dos guitarristas para reproducir el taranto abrupto que firma
con sus caderas esta bailaora grande.
 
 
 
 
María Pagés
Dieguito
el Cigala
Palacio de Villavicencio, 19 horas
Un Cigala
sonriente y de esfuerzos intermitentes por primera vez en Jerez, "una ciudad
con tanto arte y tanto futuro", se templa por soleá y en una de sus
especialidades, la taranta, mete por la grande sus matices personales. Y para
personal y bonita, la entrada de Niño Josele a las alegrías; "lirios
y rosas", mirada y sonrisa perennes del guitarrista enganchado al cantaor,
por fandangos en los que hace una desgajadora subida y bajada más allá
de Morente.
Dedica
a la tierra una bulería evidentemente no de Jerez, porque las bulerías
de Diego son largas, como un Camarón en speed. Pero los dos, Niño
y Cigala, crean estilo, como prueban en los tangos y la segunda ronda de fandangos.
Por si queda alguna duda, 'Entre vareta y canasta'. Para saludar saca a su hijo
redentor en brazos y para el bis por martinetes pide al guitarrista que le dé
el tono. Niño Josele se asoma por la puerta al fondo de la sala y se lo
da.
De esta
manera finalizaban los 'Conciertos de Palacio', cuya buena acústica había
acogido sin amplificar a dos ciclos, 'D'atrás a´lante' y 'Flamenquerías'.
Una vez concluido también 'De peña en peña', los trasnoches
presentaban 'Huelva por fandangos', estirado espectáculo -aquí reducido-
que coordina Antonio el Raya.
Luis Clemente
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