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Con una
malagueña de Chacón se daba el cante de salida en el Festival de
Jerez, fue lo primero que se oyó en el entrañable y poco barroco
Teatro Villamarta, cuyo color terroso vino bien a la insípida noche: cinco
cantaores y una manida recuperación teatral, cinco voces apelando "jerezanía"
y un drama lorquiano empobrecido. Con más frío del habitual por
el cambio de fechas, la soleá del más veterano, Romerito de Jerez,
despertó la jornada inaugural.
Cuando Chelo
Pantoja remató con dos mellizas sus malagueñas adelantaba el clasicismo
de lo que sería la sesión, aunque al meterse en frío por
seguiriyas hace un vuelco sorprendente de la grande "Hermana la Alejandra",
ella valiente, acostumbrada al aire festero. Los cantaores siguientes ironizaron
en sus agradecimientos por la oportunidad de estar en el festival, Jesús
el Almendro por mirabrás y unas algo más engrasadas seguiriyas,
y Manuel Palacín ("desde el año 72 no cantaba en este teatro")
con bulerías por soleá y, tras corta toná, es de agradecerle
un cante tan poco usual, arriesgado y de enlace como la liviana, que dejaba oír
un corazón agujetoso y seguiriyero de vez en cuando.
"Al
paño fino en la tienda, una mancha fue y le cayó", la soleá
machista de la noche lo mejor, grande y larga para un cuerpo pequeño como
el de Romerito de Jerez, que sigue con taranta y cartagenera y dos fandangos lacrimógenos
a pleno pulmón al borde del escenario con aspavientos. A la guitarra, José
María Molero, otro artista de la diáspora aquí congregada,
Jerez-Madrid-Jerez, y sin embargo el sobrino de Romerito, Enrique Pantoja, prendía
con su chispa el fin de fiesta y hablaba sobre "jerezanía y sus generaciones".
Cuando llega a "punto y aparte" se aparta y pega sus cantes a sí
mismo -a lo Fernando de la Morena-, saltitos y pataítas de sal jerezana...
Siguen los hombres, sentados, hasta que Chelo, la de más rosca, canta fandangos
por bulerías para alcanzar el punto final con su paseo junto a Enrique.
 
 

Esperanza Fernández
Trasnochada
segunda parte del programa con la reposición de "Diálogo del
Amargo" de Mario Maya, simplicidad extrema en iluminación, coreografía
y personajes, con un Rafael de Carmen sudando las seis partes, desde que Esperanza
Fernández, que hacía de madre, le cantara escenificando granaínas
y las bulerías del sueño que va sobre el tiempo. El resto del reparto
(Beatriz Marín y Ricardo Franco al baile) tenía al seguidor Paco
Jarana en el ojo de la guitarra (secundada por la de Salvador Gutiérrez,
y Pepe el Ecijano al cante) frente a Esperanza, quien entró por primera
vez en un estudio de grabación hace quince años para registrar esta
obra. Si para avanzar hay que mirar el pasado, como reza el lema del festival,
sobre esta obra no ha corrido muy bien el tiempo, su leyenda, y se deseaba el
fin con la navaja a golpe de seguiriya y el navajazo a grito del Amargo, "una
muerte triste por los olivos".

Esperanza Fernández y Rafael del Carmen
Luis
Clemente
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