| Tradicionalmente,
la noche de Antonio el Pipa es la de más lleno y clamor del Festival de Jerez,
que en su segunda jornada va ambientándose al iniciar ciclos antes y después del
espectáculo villamartino, el entrante cantaor de “Veladas de Palacio” y el postre
“De peña en peña”. El Pipa arrasa en su tierra, querencia y apego, y más con un
programa para la ocasión que debería hacer prever una nueva orientación en su
carrera, puesto que lo que presentaba era resumen de sus tres últimos espectáculos.
Pero, dos horas antes, David Lagos dejaba vislumbrar un futuro jondo.
 
 
David Lagos y El Bolita
Con
la mirada perdida y su cabeza ladeada, David canta esencias de la mejor bodega
y El Bolita las recoge en acompañamiento de cristal fino. Sin micrófonos, vespertinamente,
David se reafirma como el más flexible y jondo, quizás, entre los cantaores jóvenes,
cuya voz personal no imita a nadie sonando a Jerez. “Llevo a Tío Borrico en el recuerdo...” dice una letra suya
(también es capaz de adaptar al poeta cubano César Vallejo) con la que se despidió
por bulerías cortas, suculentas. Antes, alegrías intensas. Y antes, las malagueñas
con las que presentaba su buen momento de potencia, juego y aplomo. Deja a El
Bolita solo para fantasear sobre rondeña: guitarrista en abstracción, manipula
silencios, acaricia un formidable prólogo a la soleá y se convierte en descuadriculador
por fandangos. En cuanto a los momentos intensos de este David-Goliath (hermano
del guitarrista Alfredo Lagos, marido de la cantaora Melchora Ortega) que disfrutamos
en clave de Tomás Pavón (aplicada imaginación), giraron entre la soleá y una seguiriya
que apuntilló con su engrandecimiento arriesgado de la cabal de Sernita.
 

El Pipa
Telón
y simpatía. Poco a poco se forma una estampa con seis mujeres. En el origen, las
mujeres. Simpatía en el panteón: baile de viejas gordas salerosas de Jerez y se
trasplanta la estampa a un rincón con mesa y Juana la del Pipa por soleá, esa
voz con gránulos de carbón activado, y más soleá para el baile gitano, a borbotones,
de la sevillana Concha Vargas. Entra la figura. El Pipa por alegrías en su gama,
con cuidados detalles de disciplinado bailarín que se va juntando con mujeres
hasta llegar al sonrojo apabullado de abrazos y esos besos tan sonoros entre sobrino
y tía. Era “La gañanía” del espectáculo “Vivencias”, y una taranta melodiosa en
la guitarra de José Luis Montón sirve de pasillo a “El tabanco” de aquellas “Generaciones”:
puede ser “flamenco degenerativo” (cuanto más lo ves, menos te gusta) o hallarse
algo quijotesco en el bailaor, pero cuando tía Juana da paso desde una esquina
por tonás a Terremoto, la cosa conmueve. Ya sentado, Fernando hace sus persistentes
malagueñas y entre los cuatro cantaores dejan un temblor de bulerías al golpe:
Luis Moneo, Manuel Tañé, Juana y Fernando, quien eleva con la entrada de las guitarras
(Pascual de Lorca y Juan Moneo) unas bulerías de su timbre único. Acabó aquel
cante con violencia de tormenta, eléctricamente. Fin de la segunda parte del tópico
bailaor resumido. De su última obra, “Puntales”, la efectista farruca (insiste:
es baile de hombre) y catorce en línea por bulerías, todos bailan con el risueño
transmisor de Antonio, los cantaores, las viejas de arte quieto con delantal...
Tercera
etapa del día. La de más solera fue la elegida para iniciar el ciclo “De peña
en peña”, que va saltando por diez sedes a partir de la medianoche. Fue en Los
Cernícalos donde Mercedes Ruiz puso el cuerpo a cuerpo a lo tablao por alegrías
y seguiriyas ante los cursillistas y el personal variado que llenó el local. Discreto
respaldo para una bailaora con ligeras y olorosas posturas de Eva la Yerbabuena.
Luis
Clemente
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