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Mientras
llueve en Jerez, "se riza el aire gris": a la tercera jornada, de nuevo
Lorca. En esta ocasión bajo visión de Antonio Gades,
introductor de muchos aficionados en el mundo gracias a su alianza con Carlos
Saura. El intenso dramatismo que protagonizaban Gades y Hoyos se suple, en un
clima tan austero como convincente, con la plástica de la Compañía de Elvira Andrés,
marcando diferencias con la obra de Maya que abría el festival. Impactante desenlace.
Y una foto de boda. En blanco y negro.
 
 
Elvira
Andrés
Una
guitarra en la oscuridad, una madre, un hijo que se prepara para la boda. Una
cuna, una nana (¡cantada por Marisol!) en la iconografía sonora de 'Bodas de sangre'.
Más guitarra de Emilio de Diego, autor de las músicas, excepto la de '¡Ay mi sombrero!'
de Pepe Blanco, júbilo unido a la alboreá coral que inicia la boda y con el guiño-stop
para la foto. Fluidez, buena movilidad y trasteo del escenario sobre el diseño
que Alfredo Mañas y Francisco Nieva habían preparado para Gades. Tras la rumba
(deudora de Las Grecas) comienza el drama, los aires arrastrados, el relucir de
los cuchillos. Momento denso, a cámara lenta el duelo; tan denso como el silencio
del papel pautado del flamenco. Redoblan palmas en la muerte. Y en la retina,
durante los aplausos, para el fotógrafo imaginario, el cuadro se cuadra.
Previamente
dos coreografías de Elvira Andrés -en las que ella no aparece, mientras en 'Bodas'
hace de novia- dejaban momentos experimentales en música de ecos electrónicos
y vanguardia de volantes a través de una docena de escenas ondulantes, una docena
de bailaores combinados. 'A la luz': piano y tacones, hombres y mujeres en blanco
y negro con castañuelas e imperiosa necesidad de expresarse bajo música inquietante
(la de De Diego y Víctor Martín), a veces tenebrosa, con el lenguaje de cuerpo
y crótalos. 'Mujeres': seis -preludio de las cinco que traerá La Yerbabuena-,
con fondo repetitivo, puntilloso, como si alguien de música concreta interpretara
copla. Los bailes de la nueva era, new age españolizada. El flamenco (que nació
con un punto homérico, fantasioso) como metáfora tiene la función de crear nuevas
realidades.
 
 
Duquende
Por
las 'Veladas de Palacio' iniciaba el ciclo 'Flamenquerías' Duquende, flemático,
cadena al bolsillo del chalequillo. De puntillas delicadas el toque del jerezano
Juan Diego para desgranar parte del 'Samaruco' salpicada por fandangos, tres rondas.
Las dos bulerías del disco, taranta y cartagenera del barrenero, tangos y alegrías
modernas ("A la luna del cielo los astronautas..."), soleá de Alcalá
de rama nueva" y esas difíciles y bonitas seguiriyas a lo Morente, todo eso
fue lo que el cantaor de Sabadell trajo a Jerez, menos rabioso que de costumbre,
con su tatuaje de Camarón. "Ya no me cantes cigarra..." Y Tomatito
le jaleaba entre el público: "Ole, Duque..."
Luis Clemente
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