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Ambiente
humeante. Se cierra el bar. Los últimos de la fiesta se acomodan tambaleantes,
(el flamenco mira al jazz en la "Grilo night club experience", entre
el vaho de algunas ensoñaciones) porque para el segundo espectáculo de su propia
compañía, el bailaor jerezano volvió a acordarse del Candela madrileño trasplantando
personajes y acción a un club de jazz que suena flamenco, con la patente de Jorge
Pardo y Carles Benavent.
A Tino di
Geraldo le falló su vuelo y fue sustituido por El Cepillo, con lo que los flamencos
marcaron un poco más el ritmo. Ahí las potencias cantaoras de Carmen Grilo y David
Lagos, la constancia seguidora y creativa de El Bolita entre bailes y músicas
desde el momento en que su guitarra suena y dos hombres embriagados, solos, un
vaso estalla y Grilo trastabilla, baila y zangolotea, muestra sus personalidades
en ambivalente y fecundo umbral de contaminaciones, bajo la dirección escénica
de Gustavo Tambascio.
Un inciso
de personaje, porque, por encima del camarero, llama vivamente la atención el
papel en que se mete el bailaor Pedro Córdoba, en la piel de un tipo candelero
de gestos borrachos -despendolados y achispados- que entrecortan las manos en
desgarbo rítmico a lo Israel-Latorre. Contrapunto Grilo.
Tangos con
grupo, seguiriya con lucimientos, baile sincronizado de Grilo con una amante y
una mujer en trajes de noche (protagonistas, junto a una tercera, de la pasarela
por bulerías de Joaquín en sus sueños), fandangos de Carmen Grilo que en el estribillo
la banda hace canción, Pardo a la flauta, Carles por todos lados. Si hay jazzistas
que al meterse en lo flamenco se sienten como universitarios (en la primera cita
con una camarera), ellos son decanos creadores de un estilo.

Jorge Pardo
Carles y
Jorge españolizan sellos jazzísticos (de tres letras, de CTI a ECM) con un toque
free que Pardo reconduce a sambarrumba para cantar con saxo a ese Grilo de pura
intuición, con los tacones más musicales. Los tres girarán dentro de poco al lado
de Paco de Lucía, a quien saludan en sus bulerías 'Río de miel'. Como la corriente
de la noche da para mucho, el bailaor pone con su cuerpo la expresión a cada verso
del Luis Cernuda también bifurcado en 'Noche del hombre y su demonio', leídos
por Jesús Quintero, del libro que subtitula la obra: 'Como quien espera el alba'.
Entre otros
buenos momentos, las alegrías de David, las soleares (escape libre del toma y
daca que mantiene en tono elevadísimo Carmen -hermana pequeña (17) de Joaquín-
forzando a Lagos) que acaban bailando Pedro Córdoba y Grilo, o el clímax-jolgorio
final (el Grilo más Grilo en la última pataíta) antes de que en grupo sigan a
la cantaora melancólica que por taranta va al alba.
 
 
Joaquín Grilo
José Galvez
Palacio de Villavicencio,
19 horas
En la taranta
que tocó solo se percibía la guitarra bruñida, gitana, de Diego Amaya, quien acompañando
solventaba con sólida disposición al cantaor lento, meticuloso, de pálida voz
descansada sin riesgo de asfixia, siendo del barrio de Santiago. Por ejemplo en
las bonitas seguiriyas elegidas con tanteo de liviana por salirse del carrilito
que mantiene en alegrías, soleá y taranta. Comenzaba y acababa de pie, por pequeña
trilla y largas bulerías cortas con baile de manos y gemelos; es cantaor de camisa
celeste y corbata rosa que como cantante melódico tiene un disco. Por su parte,
al destacado guitarrista se le puede apreciar en el disco del Capullo.
Luis Clemente
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