VI FESTIVAL DE JEREZ
SALOMÉ. BALLET DE AIDA GÓMEZ
El arte de seducir... y otras artes
Silvia Calado Olivo. Jerez, 2 de marzode 2002
Ficha técnica. Aida Gómez: baile y dirección
artística. Carlos Saura: dirección escénica. José Antonio: coreografía. Roque
Baños: música original (con la colaboración de Tomatito). Nicolás Fischtel: diseño
de iluminación. Reparto: Aida Gómez (Salomé), Paco Mora (Herodes), Carmen Villena
(Herodías), Antonio Najarro (Juan Bautista). Solistas: Gemma Barreda y Aloña Alonso.
Teatro Villamarta. Jerez de la Frontera (Cádiz), 2 de marzo de 2002. 21 horas.

Salomé. Ballet
de Aida Gómez (foto: Daniel Muñoz)
Érase una vez una mujer llamada Salomé
a cuya terrenal llamada no atendían los ojos de Juan Bautista. Érase
que sedujo carnalmente a Herodes para que la vengara, para decapitar al profeta...
Érase que Aida Gómez quiso dar movimiento, siglos después,
al texto bíblico. Érase que sedujo al cineasta de la danza, a Carlos
Saura, para enmarcar su versión y al coreógrafo José Antonio,
para darle forma. Érase que llevó el resultado al Festival de Jerez,
punto en el que la seducción dio también sus frutos... a decir por
los aplausos por bulerías en los que rompió el Villamarta, lo cual,
de tan habitual, ya casi no es significativo.

Salomé. Ballet
de Aida Gómez (foto: Daniel Muñoz)
¿Nadie quedó, al menos, confundido con la introducción?
Veinte minutos de ensayo, de un ensayo puro y duro en el que Paco Mora, un rato
después reencarnado en Herodes, guía al cuerpo de baile por tangos
y soleá por bulerías. A pesar de las gracietas del maestro o de
lo curiosa que fuera la escena para el ajeno a la trastienda de la danza, olió
a relleno. Quizás la conexión con la historia posterior, con la
verdadera historia, era demasiado sutil. Quizás el drama de Salomé
era el sueño de algún pupilo o el pérfido deseo del profesor
(hay quien dice que todo profesor lleva dentro un asesino en serie). Quizás.

Salomé. Ballet
de Aida Gómez (foto: Daniel Muñoz)
Ya entrados en materia, lo primero digno de elogio fue la puesta en escena.
Iluminación a lo Storaro, vestuario, el orden caótico y asimétrico
de las coreografías, la alta calidad de la danza... bailarines, que no
bailaores pues, de lo segundo, según la directora, hay de sobra. Un harén,
las mil y una noches, el rey entronado en silla de ruedas... La danza teatralizada,
ciertas sombras en el contar, bastante lejos de la clarividencia gadesiana en
'Fuenteovejuna'. Salomé-Aida, epicentro. ¿Y la música? Enlatada,
más yuxtapuesta que hilada, creadora de ambientes, acompañante de
acciones y tensiones, a lo celuloide. Un trazo aflamencado, otro operístico,
otro oriental, otro clásico. Y así. Reseñable el flirteo
de la guitarra de Tomatito con las melodías árabes, aires ya explorados
por el guitarrista almeriense en la banda sonora del filme 'Vengo' .
La obra tuvo momentos espectaculares, propios de musical hollywoodiense. El
paso a dos de Salomé y el profeta, en tenso, fallido y dramático
intento de conquista. La extrasensual Aida desprendiéndose de los siete
velos a la media luz de una media luna. La serie de sevillanas jugando a las composiciones:
parejas, tríos, círculos concéntricos... La procesión
final de todo el cuerpo de baile con la desfallecida Salomé ante un telón
de sol sangrante. La media docena de veces que se alzó el telón.
Los aplausos finales por bulerías... que no es tan fiero como lo pintan
el ojo crítico jerezano.