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ANA SALAZAR CANTA A EDITH
PIAF
Lo jondo del Sena
Candela Olivo. Madrid, noviembre de 2003
Fotos: Daniel Muñoz
'Ana Salazar canta a Edith Piaf'. Ana Salazar: cante
y baile. Pepito Rivero: piano. Patricia Prieto: coros. Juan Pedro Cornejo: acordeón.
Víctor Ambroa: violín. Yelsi Heredia: contrabajo. Pablo Martín:
percusión. David Tavares: guitarra. Guillermo McGill: batería. Teatro
del Instituto Francés. Madrid, 26 de noviembre de 2003.

Ana Salazar
'Ana
Salazar canta a Edith Piaf' cobra vida. El directo del disco que da una nueva
vuelta de tuerca al encuentro entre el flamenco y la 'chanson' entra en escena
con dignidad y solvencia, presto a hacerse un destacado hueco en el circuito escénico
musical internacional. El espectáculo cuenta, para ello, con bazas de garantía.
La principal es una artista más que completa, que no sólo canta,
sino que además baila, interpreta, transmite y se lo cree. La segunda es
lo cosido del trabajo tanto en el acompañamiento musical en vivo -en la
onda del flamenco jazz, más una actualización del sonido original
de gorrión de París-, como en lo escénico. La tercera es
la universalidad del proyecto: ni demasiado flamenco, ni demasiado 'chanson';
en la mezcla gana la naturalidad. El conjunto resulta coherente, visualmente atractivo,
accesible y lleno, muy lleno de sensibilidad. Esta propuesta, joven y responsable,
abre al flamenco otra puerta por la que hacerse entender.
Un susurro en 'off' invocando al silencio preludia el descorrido del telón.
El acordeón se templa la garganta apuntando la melodía, arropado
por piano, violín, contrabajo, percusión, guitarra y batería.
Todos los instrumentos, ya templados, aguardan la entrada en escena de Ana
Salazar. Ella llega sigilosa, vestida con pantalón, chaleco y pañuelo
anudado al cuello. El micrófono de diadema -suficiente para su tono de
voz- le da libertad de movimientos. Y ella lo explota, moviéndose con soltura
por toda la tabla, al compás de 'Padam padam'. La expresividad de la cantante
y bailaora no tarda en capturar a la audiencia. Canta ahora sentada 'Como yo',
con pose de 'femme fatale' de película de los años 40, dulce, sensual,
diva. Patricia Prieto duplicándola. Música y voz, balsámicos.
No, no se puede decir que sea flamenco, pero sí es flamenca la expresión,
el modo de modular, el modo de quejarse, de apasionar.

Ana Salazar
La 'historia' fluye con un cuidado ritmo y una cuidada estética. Se
forma un corrillo -McGill, productor del disco, ahora sentado sobre el cajón-,
por bulerías. "Os voy a cantar una cosita". Es el cuento del
acordeonista. Ella jalea, interpreta, pasea, posa... Su presencia escénica
es potente, enganchona. Y lo sabe. Y juega con todos los recursos a su alcance...
incluidos los silencios, usados con madurez. Quieta, en un extremo del escenario,
dice una estrofa susurrada, que estremecen a la audiencia. Incluidos los remates
de pies, que para eso es bailaora. "Que pare la música". Con
un pequeño cambio de actitud y de vestuario, completando con chaqueta el
atuendo a lo Marlene Dietrich, acomete 'Dios mío'. La pieza, pausada, se
enriquece con alguna pincelada de baile... Siempre, por cierto, están dosificadas
y encajadas, en la justa medida. Un remate de pies para esa estrofa doliente de
amor, como todo el recital.
Cantando hasta un poquito en francés trae 'Mon manège a moi',
por tanguillos. Los instrumentos sordean para marcarle el compás... y ella
se pone salinera dominando todo el escenario y algo más. El ritmo se aplaca,
sobrio, para modelar 'Con este sol'. Una guitarra señala al astro y ella
lo mira mientras canta. El estribillo recae completo sobre el coro para que aquí
Ana Salazar baile de verdad, con toda su energía, con toda su plasticidad.
Las gradaciones del acompañamiento musical enfatizan el tema, riquísimo
en matices: los remates de pies, el cante a solas con el piano, el silencio, el
coro un pasito por detrás... Uf.
El célebre 'Non je ne regrette rien' se convierte, pasado por el tamiz
de la gaditana, en 'No me arrepiento de ná'. Con una rosa roja en la mano,
subrayándole la gestualidad, la canta de modo desgarrado. El estribillo,
que tiene un no sé qué que recuerda a Las Grecas, le da pie a moverse
y a evidenciar más, aún más, su carisma. Continúa
bailando... sin música... o haciendo música ella misma, percutiendo,
repercutiendo. Sobresaliente. Se le suma el piano y sobre las teclas, dibuja con
el cuerpo. Cuando se planta en un extremo de la tabla, se sienten sus jadeos y
de un suspiro sale una última letra. El patio de butacas contiene la respiración.
Fundido a negro. Suena una voz en francés, penando de amor, se aparece
el rostro de Edith Piaf y una guitarra flamenca, enlatada, dobla el lamento. La
transición permite a Ana Salazar cambiar de atuendo. Ahora lleva los rizos
recogidos y un vestido largo rojo que la siluetea. Un micro de pie le sirve de
eje. Asida a él canta 'Historia de amor', sobre letra original de la propia
Piaf. Canta con más ganas, la música azuzándola, sonando
grande el conjunto. El clímax emocional estaba aún por llegar...
'Palabras de amor' lo provoca. Lo siente y lo hace sentir. Tensión. Intención.
Silencio. Tiempo detenido en el elevar de brazos. Una lágrima le resbala
por la cara. Y con ella sigue cantando abrigada por las notas del atrás,
un atrás comedido, sincero. Eso es jondura. Eso es pellizco. Para salir
del trance, 'Himno al amor' por bulerías. Ojos, sonrisa, estética,
guiño, gesto, disfrute. El concierto va tocando a su fin. Sobre los acordes
al piano de 'La vida en rosa', Ana Salazar presenta a su gente, "pedazos
de artistas y de personas". Total naturalidad, como en casa. Allá
va esa canción, rítmica, viva, de buen sabor de boca, de buen rollito.
Crescendo final. A tope. El teatro estalla.

Ana Salazar
revista@flamenco-world.com
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