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Especial. Reflexiones de Antonio
Canales
Antonio Ruiz Soler. Durmiendo. Velando
Antonio Canales. Sevilla, agosto de 2003
Mientras despertaba
aún tambaleante en la luz
recordaba
Dormido esta noche te vi bailar
como una mariposa vibrante
ondeando por los cálices
las corolas
Libando y abandonando el néctar
salpicándonos de rocío
Centelleaban los colores
en el blanco
propagándose como un perfume
A veces, posándote en el vuelo
indolente nos mirabas
Gracioso y evanescente sonreías
centrando dos pupilas fulgurantes
muy cerca
y desde el otro lado del mundo
Después
soñé que conmigo soñabas
Ya no supe si dormía
o eras tú quien en mí despertaba

Antonio baila con La Uchi (Foto: Álbum particular
de Toni el Pelao)
Pronunciar el nombre de Antonio
es sinónimo de danza. Sería una osadía por mi parte intentar
en breves palabras hacer un recorrido de su vida, ya que el maestro ni fue breve,
ni mucho menos cabe entre unas pobres y simples líneas.
A él me unen muchas cosas, tenemos el mismo nombre, los dos nacimos
en la misma ciudad, Sevilla... casualidades de la vida.
El fue quien me rescató del antiguo tablao de Los Cabales y me abrió
las puertas del Ballet Nacional de España. También tuve el honor
de dedicarle mi obra 'Torero', su última comparecencia en un debut de danza.
Yo era para él "su antoñito".
Aquella noche inolvidable, recuerdo el aplauso más cerrado y emocionante
que he escuchado durante toda mi carrera. Se encontraban entre los asistentes
personalidades de todo rango, las cuales estoy seguro que nunca podrán
olvidar este momento irrepetible. Tengo en mi casa un hermoso cuadro que me regaló
y en un cajón bajo llave guardo sus recuerdos, sobre el mueble grabé
una placa que dice: 'La danza vive aquí...'.
Olor a nardos me traen tus recuerdos, a jazmines y a geranios floridos, como
la cáscara al limón amargo, así me envuelven tus recuerdos.
Me sentí niño en la cuna de tus brazos y crecí bajo la atenta
mirada de tus ojos hechiceros, nadando en la incertidumbre de tus pupilas expresivas
y delirantes. Como un torpe potro galopé al filo de tu grupa inalcanzable
y quedé aturdido ante el cansancio y la sorpresa continua de tu galopante
vivir.
Misterioso el ensueño de tus brazos, muñecas de angustias retorcidas,
tus dedos como orquídeas venenosas, mordieron a mi alma sedienta de amores
y de danzas. De suspiros llenaste el aliento de mis días y aún continuas
golpeándome en las sienes adormecidas por tu ausencia.
Soñador de lunas de azafrán, jinete con espuelas de metal, que
al son de martinetes, forjas sobre el lomo del viento, las palabras íntimas
de tu esencia, de tu voz amarga...
Antonio, hoy nos descubrimos ante ti, maestro, padre, amigo, genio... niño,
viejo, loco, cuerdo... arlequín que azotas al viento y, eternamente, Bailas,
Bailas, Bailas...

Chocolate con Antonio el Bailarín,
Carmen Amaya y René Heredia
revista@flamenco-world.com
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