Antonio Gades, homenaje. Especial

Carta a Antonio Gades

En 1979 yo tenía 16 años y llevaba 12 de ellos “bailando” o, mejor, “pisando escenarios”. Ese año llegó el BNE a Valencia, recién creado y dirigido por ti, maestro. Tras asistir a la función, entre emocionado y confuso, al ver la cantidad de tiempo perdido que acumulaba, me fui a trabajar a la sala de fiestas donde trabajaba entonces. Alguien que te conocía, me consiguió una cita para hablar contigo. Al día siguiente, en la puerta de artistas del Teatro Principal de Valencia, a las cinco de la tarde. Por obvios motivos esa noche no dormí y al día siguiente me planté en el sitio convenido, pero a las dos de la tarde, para evitar sorpresas. Tres interminables horas después, te vi llegar a lo lejos, como a cámara lenta, como en la irrepetible escena del duelo de ‘Bodas de sangre’. Te vi pasar ante mí y una sensación de respeto casi religioso me impidió mover un solo músculo. Paralizado por un momento, volví a mi casa, organicé mis cosas (cogí mis botas) y a la semana siguiente me fui a Madrid.

Entré en la escuela del BNE. Y me enteré de que, poco después, escogerías a uno de los alumnos que allí estábamos para cubrir un puesto en la compañía. Llegó el día de la prueba y una vez más te vi avanzar por el interminable pasillo del Hospital San Carlos, entonces sede del BNE, hoy Museo Reina Sofía, y otra vez experimenté la misma sensación de parálisis. Mientras tu figura desgarbada enfundada en ese jersey de cuello alto de lana y ese pantalón de pana avanzaba y se agrandaba, la mía empequeñecía hasta desaparecer. No sé qué verías en mí, maestro, porque a pesar de no dar pie con bola en toda la prueba, decidiste que yo ocuparía la plaza.

Gracias a eso, 25 años después, alguien me pide que tenga el honor de escribir sobre ti. Tú, maestro, representas, no sólo en mi carrera, sino en mi vida, un modelo a seguir. Nunca he tratado de bailar como tú ni de coreografiar como tú. Seguro que estarías de acuerdo conmigo en que copiar a nadie es una pérdida de tiempo y mucho más si se trata de alguien de tus dimensiones estéticas y de tu apabullante personalidad. Cuando digo “un modelo a seguir”, me refiero a la ética, al amor a tu profesión, al respeto hacia tus maestros, al vanguardismo de tu obra, al perfeccionismo y a la disciplina, a la inquebrantable honradez y fidelidad hacia ti mismo y hacia los que te rodearon. Toda una serie de valores que hoy en día se descomponen por momentos y a casi nadie le importa.

Ahora que no estás físicamente intentaré, en los momentos de desaliento, tener a mano alguna de esas entrevistas tuyas en las que, al igual que en tus obras, eras conciso y directo, sin efectismos ni florituras y sin concesiones a la galería y en las que uno bebía para no perder la fe. Te vi, maestro, la última vez, en Sevilla, en el Teatro Lope de Vega, donde la Bienal te dio un merecido homenaje y yo recogí un premio por mi coreografía. Volví a sentir lo mismo que la primera vez, ese profundo respeto casi religioso, con la admiración añadida de no haberte visto cambiar ni un ápice en lo esencial. Pura coherencia. Entonces, con un micrófono de por medio, pude agradecerte públicamente lo que directa e indirectamente habías significado en mi carrera.

Hoy, en tu ausencia, al menos queda tu obra como luz de guía para los perdidos y como espejo en el que se quiera mirar todo aquel que ame y respete la danza como tú lo hiciste. Como dice la canción de esa Cuba que tanto amaste:

Aquí se queda la clara,
La entrañable transparencia
De tu querida presencia

Compañero Antonio Gades

Hasta siempre maestro,

Javier Latorre


 
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