La primera década del siglo
XXI concluye. Y es tiempo de hacer balance... flamenco.
El género ha vivido diez años intensos, en
los que ha visto nacer a artistas, despedir a leyendas,
crear nuevas tendencias, enterrar estilos caducos, consolidar
formatos escénicos, trazar circuitos, aflorar (y
desaparecer) sellos discográficos, padecer y afrontar
la crisis de la industria discográfica, consolidarse
el modelo de macrofestival, crecer y crecer en el mundo,
subirse al tren de Internet… y, al final, saberse
declarado Patrimonio de la Humanidad. Artistas, espectáculos,
festivales, discos y acontecimientos son los cinco bloques
en los que se estructura este balance que, en estas semanas,
iremos publicando en Flamenco-world.com, con tu participación.
Vota a tus preferidos de la década.
La década 2000-2010 comenzó
con múltiples alumbramientos. Sobre todo, de
cantaores. Una nueva generación irrumpía
blandiendo un neoclasicismo que contestaba la uniforme
tendencia ‘camaroniana’. Estrella
Morente, Arcángel, Miguel
Poveda y Marina Heredia demostraron que eran posibles
otros modos, otros referentes, otros timbres, siempre
mirando atrás. A lo largo de los años,
los discos y los festivales, fueron consolidando sus
posiciones, cada uno con su discurso, unos fieles
a lo flamenco, otros abiertos a encuentros foráneos.
David Lagos, David Palomar, Miguel Ortega, Londro…
dieron también el paso adelante, tras años
en el atrás de las compañías
de baile, con propuestas discográficas propias.
Y, poco a poco, también se
vieron como referentes de quienes venían detrás,
una nueva hornada de vocalistas nacidos a lo largo
de la década de los ochenta, que hoy comienzan
a hacerse nombre propio, entre ellos, Jesús
Méndez, Argentina, Jesús Corbacho, Encarna
Anillo y Rosario la Tremendita. Y, sobre todos, ya
en clave de éxito, Pitingo,
fundador de un subgénero mixto, la ‘soulería’,
que llena teatros y entra en las listas de ventas.
La fórmula de los encuentros
se demostró exitosa. Y fue el cantaor madrileño
Diego
el Cigala quien lo confirmó con ‘Lágrimas
negras’, un disco de boleros tradicionales cantados
con quejío y acompañados al piano por
el venerable Bebo Valdés. Aunque no con esa
amplitud y concreción, ya el ‘crossover’
mixto se instaló en la producción discográfica
del flamenco desde los 90 y durante la siguiente década
no ha hecho sino asentarse como fórmula, muy
popular en casos como el de José
Mercé, que combina lo flamenco, con lo
pop y lo latino. La rama árabe la siguió
explorando el maestro Lebrijano junto a Faiçal,
aunque también sorprendió con el literario
‘Cuando Lebrijano canta se moja el agua’,
basado en textos de ‘Gabo’ y compuesto
por Dorantes.
La única propuesta experimental
de la década ha sido la de Enrique
Morente, con una prolífica labor en directo
y en estudio basada en la exploración y “deconstrucción”
del cante clásico y la poesía, acercándolo
a sonidos contemporáneos como los de la electrónica
o el noise. Mientras celebraba la década de
‘Omega’ en 2006, disco de culto que se
retomó en directo con motivo de la efeméride,
vieron la luz ‘El pequeño reloj’,
‘Morente sueña La Alhambra’, ‘Pablo
de Málaga’ y dos recopilatorios de directos
inéditos. Justo antes de terminarse la década,
el año y este texto, Enrique Morente engrosó
inesperadamente la lista de las despedidas...
La guitarra siguió liderada
por Paco
de Lucía, que en 2004 volvió a dictar
sentencia con ‘Cositas buenas’. Músicos
de su escuela y de la de Manolo Sanlúcar, que
justo en 2000 abrió una nueva vía musical
para la guitarra en ‘Locura de brisa y trino’,
asentaron personales propuestas como las de Vicente
Amigo, Cañizares, Gerardo Núñez,
Juan Carlos Romero, José Antonio Rodríguez,
Pedro Sierra, Chicuelo… Y a ellos se sumaba
Tomatito
tras dar el salto definitivo de acompañamiento
al cante (de Camarón) a guitarra de concierto,
abierta en la década a colaboraciones externas
como la que protagonizó junto al pianista Michel
Camilo y a la Orquesta Nacional de España,
alumbrando los discos ‘Spain’ (2000) y
‘Sonanta suite’ (2010), respectivamente.
La mayoría de los jóvenes
guitarristas se decantaron por seguir su línea,
aunque, poco a poco, se fueron perfilando otras propuestas
derivadas de la suya y de otras escuelas. De la jerezana,
salieron “personalidades” como las de
Juan Diego, Alfredo Lagos, José Quevedo, Santiago
Lara, Javier Patino y Diego del Morao. De Cañorroto,
El Viejín, Jerónimo, David Cerreduela,
Ramón Jiménez… Niño
Josele se acerca al jazz. Juan Antonio Suárez
‘Cano’ y Jesús Torres desarrollan
sendos discursos propios derivados de la composición
para baile. José Manuel León escudriña
las claves algecireñas con miras vanguardistas.
Etcétera.
El baile en la década ha sufrido
una verdadera eclosión de propuestas, estilos,
formatos, formas y nombres. Las compañías
de la década, por volumen, espectáculos,
repercusión y solidez, han sido las de Joaquín
Cortés, Antonio Canales, Sara Baras, Eva
Yerbabuena y María Pagés. Por supuesto,
cada uno con su respectivo discurso. Joaquín
Grilo, Javier Barón, Manuela
Carrasco… son algunos más de los
grandes nombres del periodo, aunque sus propuestas
han sido más individualistas.
Ellos venían de cimentar sus
posiciones en los años 90 y mientras las consolidaban,
fueron viniendo nuevos nombres. Farruquito,
bendecido en el celuloide por su abuelo, demostró
ser uno de los más aclamados con montajes como
‘Alma vieja’ y ‘Puro’. Pausada
su carrera por problemas personales, fue su hermano
Farruco quien tomó el testigo, y hasta se ve
ya despuntar al más chico de la saga, El Carpeta.
En esa estela de virtuosismo, fuerza y raíz,
despuntaron también Juan de Juan, apadrinado
por Antonio Canales, y otros bailaores de su órbita.
Los menos tomaron el camino de la
vanguardia. Israel
Galván pasó de ver cómo el
público se iba de sus espectáculos,
a convertirse en icono de la modernidad para público,
prensa y programadores centroeuropeos. Dirigido por
el creador contemporáneo Pedro G. Romero, empezó
la década con ‘La metamorfosis’
de Kafka y la terminó con el Apocalipsis bíblico,
quedándose antes ‘Solo’ y versus
Los 3.000. Andrés Marín, por su lado,
fue defendiendo su discurso minimalista, austero y
rectilíneo, con aliados como el sonador de
campanas Llorenç Barber o la artista contemporánea
Pilar Albarracín.
Con intenciones de ir más
allá, pero con un pie puesto siempre en la
formas clásicas, se encuadran bailaoras jóvenes
como Rocío
Molina -que cierra brillantemente la década
con el Premio Nacional de Danza 2010 en la modalidad
de interpretación-, Pastora Galván,
Concha Jareño, Olga Pericet y Fuensanta la
Moneta, todas ellas con diferentes propuestas en circulación
por los festivales del género. Las preceden
Belén
Maya, Rafaela Carrasco e Isabel Bayón,
quienes depuraron en estos años sus respectivos
lenguajes, que tan bien alimentados venían
de la cantera que fue la Compañía Andaluza
de Danza. Más centradas en el canon, fueron
abriéndose paso Mercedes Ruiz, Adela Campallo,
María José Franco y María del
Mar Moreno. Lo mismo que Ángel Muñoz,
Andrés Peña, Juan Ogalla, El Junco…
en el apartado masculino.
Y, al tiempo, va fraguándose
una tendencia interdisciplinar, que conecta el baile
flamenco con la danza clásica española,
la escuela bolera y el contemporáneo. Rubén
Olmo es uno los bailarines-bailaores que nutren esta
tendencia, plasmada en su obra ‘Tranquilo alboroto’.
El estandarte de esa línea es Dospormedio &
Compañía, dirigida por Rafael Estévez
y Nani
Paños. Juntos, además, trabajan
en un proyecto basado en la improvisación con
los sonidos electrónicos de Artomatico.
La música instrumental y la
nómina de grupos también sufrieron cambios
a lo largo de la década. En el año 2000
vio la luz ‘El concierto de Sevilla’,
que sellaba una influyente alianza musical entre Jorge
Pardo, Carles Benavent y Tino di Geraldo, los
dos primeros integrantes del sexteto de Paco de Lucía,
y popes del flamenco jazz, y el tercero un percusionista
proveniente del rock que selló modos de tratar
el ritmo del flamenco desde su intervención
en ‘Tauromagia’ de Manolo Sanlúcar.
La estela del jazz flamenco se ha engrandecido a lo
largo de estos años, llegándose a convertir
en seña de identidad de los jazzistas españoles
en general, entre ellos, Perico Sambeat y Raynald
Colom.
Padre de esa línea también
fue Chano
Domínguez, que siguió proponiendo
muy diferentes proyectos a lo largo de la década
como el muy sonado ‘Oye cómo viene’,
‘New Flamenco Sound’ y el recientísimo
‘Piano Ibérico’. Dorantes, Diego
Amador y Pedro Ricardo Miño promulgaron propuestas
propias enraizadas en lo flamenco, pero abiertas a
otras lindes. La toma de conciencia de la etiqueta
internacional “world music” provocó
la aparición de diálogos como el ‘Yerbagüena’
de Pepe Habichuela y la Bollywood Strings Band en
2001. Son
de la Frontera, desde Morón, ligó
el legado guitarrístico de Diego del Gastor
con el tres cubano. Del atrás del baile, surgieron
también grupos instrumentales como Echegaray
que, derivado del grupo de Joaquín Cortés,
grabó en 2003; y Ultra High Flamenco, guitarrista,
violinista, contrabajista y percusionista que, tras
componer y acompañar a diversos artistas, se
juntaron a departir.
En cuanto a la rama pop, se vivió
en la década la última etapa de Ketama,
mientras se mantenían otras bandas como La
Barbería del Sur y Maíta vende cá,
y triunfaba Niña
Pastori con su fórmula de pop flamenco
que tan hondo caló en el público joven.
Influidos por el flamenco rock de Pata Negra y Veneno,
y hasta por el rollo progresivo de Smash y Triana,
nacieron grupos como Los Delinqüentes y ElBicho.
Desde Barcelona, y en plan colectivo, implosionaron
a principios de la década los Ojos
de Brujo, con una mezcla de flamenco, rumba, hip
hop y electrónica que se plasmó en exitosos
trabajos y giras como ‘Barí’. Desde
la costa malagueña, triunfaron acuñando
el “flamenco chill” los Chambao, con discos
tan sonados como ‘Endorfinas en la mente’.
Dos bailaoras cambiaron los tacones por la voz. Ana
Salazar se hizo cantante para aflamencar a Edith Piaf,
y La Shica modernizó coplas y lanzó
nuevas canciones con tinte rapero. Y sin etiquetas,
desde Jerez, dos personales artistas fueron salpicando
la década de nuevas y únicas formas
de ser jondo y transgredir: Tomasito,
con álbumes como ‘Cositas de la realidad’
(2002); y Diego Carrasco con ‘Inquilino del
mundo’ (2000).
Las despedidas
A los nacimientos y confirmaciones, por
desgracia, hubo que ir sumando despedidas. Entre 2000 y
2010 se fueron maestros del cante de la talla de Sordera,
Naranjito de Triana, La
Paquera, Chocolate, Fernanda y Bernarda de Utrera, Gaspar
de Utrera, Chano Lobato... Por sorpresa, una enfermedad
grave se llevó a Fernando Terremoto, en plenitud
de su carrera y cuando acababa de terminar el mejor de sus
discos, ‘Terremoto’,
con el que pretendía dar un giro de libertad a su
carrera. El baile perdió, entre tanto, a maestros
legendarios como Antonio
Gades, Manuela Vargas y Mario Maya. Aunque sus artes
no eran ni el cante ni el baile ni el toque, el flamenco
también tuvo que lamentar la muerte del percusionista
José Antonio Galicia en 2003, la del letrista y escritor
Carlos Lencero en 2006, y a final de 2010, la muerte de
Mario Pacheco, fundador del sello Nuevos Medios y padre
del ‘nuevo flamenco’. Y hoy aún no hemos
digerido la inesperada muerte de Enrique Morente el pasado
lunes 13 de diciembre de 2010, quien deja al flamenco futuro
sin brújula.