Especial. Breve historia
del baile flamenco
Breve historia del baile flamenco
S.C., noviembre de 2007
El baile es el gancho, el flamenco
que entra por los ojos, el que salta a la vista. Y no
es de ahora. Viajeros europeos del siglo XIX quedaron
prendados de las artes de las bailaoras y bailaores de
la época, precursores de las formas, los fondos
y las estéticas que aún perduran. La Campanera,
La Macarrona, La Mejorana, Rafael Ortega, Antonio Bilbao,
Pastora Imperio, La Argentina, La Argentinita, Carmen
Amaya, Vicente Escudero, Faíco, Antonio, Antonio
Gades... son sólo algunos de los nombres que hicieron
grande el arte de la danza jonda. Y no deben caer en el
olvido.
Orígenes
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Dibujo de Doré
(1880) |
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La antigua flamencología arrancaba
siempre sus cavilaciones sobre los orígenes del
flamenco con un pasaje de Marcial en el que loaba a las
‘puellae gaditanae’, las sensuales jóvenes
gaditanas que danzaban al son de sus crótalos.
Pero desde aquellos tiempos de la antigua Roma habrá
que esperar muchos siglos hasta que nazca el baile flamenco.
En la fijación de las formas flamencas interviene
la escuela bolera, creada en el siglo XVIII a partir de
la academización de antiguos bailes populares como
panaderos, zapateados, oles, boleros, seguidillas, fandangos,
jaleos de Jerez, malagueñas, el vito o la cachucha.
Y las fronteras entre esas danzas populares y las que
son propiamente flamencas son bastante difusas.
En los testimonios de los viajeros románticos,
ya en el siglo XIX, se describen, a veces muy pormenorizadamente.
En 1831 el malagueño Serafín Estébanez
Calderón describía en ‘Escenas andaluzas’
un baile en un patio de Triana. Y allí dice que
se bailaban seguidillas y caleseras. Uno de los pasajes
de su crónica dice así: “Las hileras
de gitanillas y muchas bailantes y cantadoras que se agolpaban
en su derredor con palillos entre los dedos, con muchas
flores en la cabeza, el canto y la sonrisa en los labios,
el primor de la danza en los pies”. El viajero
francés Charles Davillier escribió con detalle
sobre los bailes que presenció en tierras andaluzas,
muchos de ellos en esos primitivos escenarios de la danza
flamenca de entonces que eran los bailes de candil en
los patios de vecinos, las trastiendas de las botillerías
y las cuevas del Sacromonte granadino. Y su compañero
Gustave Doré lo dibujó.
Salones y cafés
A mediados de aquel siglo, el baile andaluz pisaba más
nobles estancias. El empresario Miguel de la Barrera publicitaba
en los hoteles sevillanos ensayos abiertos al público
en su salón de baile, pues las academias de la
época hacían las veces de salas de exhibición,
sobre todo, para público extranjero. Un anuncio
publicado el 3 de agosto de 1850 en el periódico
‘El Porvenir’ se indica que “en
la acreditada academia que dirige don Manuel de la Barrera,
calle Pasión junto al Anfiteatro, hay ensayos públicos
extraordinarios de bailes nacionales hoy sábado,
al que asistirán todas las discípulas del
director y además las mejores boleras de esta ciudad,
bailándose la Malagueña, la Redova, el Vito
y jaleos de Cádiz”.

La Macarrona en el Café
Novedades de Sevilla
Y a ellos se suman a partir de la apertura
de Los Lombardos en 1847 en Sevilla, los cafés
cantantes, los escenarios donde el flamenco viviría
su primera época de oro. Nacen entonces las primeras
estrellas y figuras míticas del baile. La
Macarrona, Malena,
Rosario
la Mejorana, Concha
la Carbonera, las
hermanas Antúnez, las Coquineras,
La
Cuenca, Enriqueta
la Macaca, Rita
Ortega, Salú
la Hija del Ciego, Miracielos,
Mojigongo,
Lamparilla,
Antonio el de Bilbao, Estampío...
son algunos de los nombres que destacan en la época,
muchos de ellos glosados por afinadas plumas. De La Macarrona,
por ejemplo, escribió Fernando el de Triana que
“es la que hace muchos años reina en
el arte de bailar flamenco, porque la dotó Dios
de todo lo necesario para que así sea: cara gitana,
figura escultural, flexibilidad en el cuerpo, gracia en
sus movimientos y contorsiones, sencillamente inimitables”.
Ya a principios del siglo XX los cafés
comienzan su declive. Y los bailes de salón y las
variedades van apartando a los bailes andaluces. Así
lo critica el maestro
Otero en su ‘Tratado de bailes’, publicado
en Sevilla en 1912. Sin embargo, los contratiempos se
vuelven en vientos favorables, pues el baile flamenco
da entonces el salto a los teatros. Antonia
Mercé ‘La Argentina’ coreografió
piezas de compositores clásicos nacionalistas como
Isaac Albéniz, Enrique Granados y Manuel de Falla,
además de crear espectáculos de inspiración
popular como ‘El embrujo de Sevilla’. “Él
no escribió sus obras para el baile; pero yo no
he visto nada de más ritmo”, declaró
a un periódico de la época sobre Albéniz.
Argentina (Foto D'Ora)
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Vicente Escudero (Foto
Lipnitzki) |
Y similar trayectoria siguieron La
Argentinita, Laura
de Santelmo y Pastora
Imperio. A estas damas teatrales del baile flamenco
vino a sumarse Carmen
Amaya, pero con una propuesta diferente, pues apelaba
por la vía directa al flamenco más visceral.
Así arrasó en los más grandes escenarios
de América, donde huyó tras estallar la
Guerra Civil española y donde se convirtió
en una de las grandes estrellas de la danza internacional.
También así fue considerado en Estados Unidos
otro ‘rara avis’ del baile, el vanguardista
Vicente
Escudero. Tanto el bailaor vallisoletano como Carmen
Amaya y La Argentinita fueron catapultados al estrellato
por el famoso empresario del espectáculo Solomon
Hurok. Y él mismo lo cuenta todo en sus memorias,
‘Impresario’. Según escribió,
no fue fácil conseguir contratar a La Argentinita:
“Desde 1930 empecé a
asediarla. Tardé seis años en persuadirla
de que América la amaría cuando se presentase
con propiedad, y antes de dos años no estuvo dispuesta
a pisar de nuevo el suelo que había sido tan frío
la primera vez. (...) ¿Por qué debería
ella deshacer su corazón contra la barrera de la
indiferencia americana cuando Europa clamaba por ella
y la América Latina la recibiría como a
una reina, y Australia se engalana siempre que se dispone
a realizar el largo viaje hasta allí abajo?”
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