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En voz alta. Chocolate continúa
creando... y transmitiendo
Si los perros cantaran por seguiriyas
Silvia Calado Olivo. Sevilla, 3 de septiembre de 2002
Un día antes de participar en Jondura, el segundo "festival"
de los Reales Alcázares, Antonio Núñez, Chocolate, reflexionó
en voz alta. Chaqueta, corbata, gafas de montura dorada, la tez de cacao, la sonrisa
puesta, la palabra dispuesta... a pesar del aviso: "Yo sé cantar,
hablar no sé. Que pregunten lo que quieran". Chocolate,
Agujetas, Terremoto y Güito. "Participar en ese cartel me parece extraordinario,
va a tardar en darse otra vez". ¿Y el título? A su juicio,
"se puede tolerar, lo que se va a cantar va a ser tan jondo, que nos vamos
a meter en un pozo".
Cantar en Sevilla también tiene su significado. Chocolate, repleto de
historias, cuenta que "los antiguos decían que para refinarse había
que venir a Sevilla. Los cantaores de los pueblos decían eso". Y,
de hecho, dice que "los locales de los Pavones eran refinados... y allí
los cantaores de fuera bebían de Manuel Torre, de La Niña de los
Peines, de los Pavones". Precisamente, en aquel famoso local que Pepe Pinto
tenía en La Campana aprendió Chocolate el cante con el que pretende
retarse: "Yo todavía tengo una seguiriya que hacer, que es la de Enrique
el Mellizo, que se la escuché a Arturo Pavón". Según
cábalas del cantaor, al que ni dándole dinero se le pasa por la
cabeza ir a Los Ángeles a recoger un Grammy Latino, Arturo Pavón
la aprendería del hermano del matarife, El Morcilla, porque "nadie
conoció a Franconetti ni a El Mellizo". Recuerda Antonio Núñez
que Arturo "cantaba distinto a Tomás Pavón, era más
corto, se parecía más a Enrique. Tomás, sin embargo, era
más músico que su hermano".
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Fotos: Daniel Muñoz
De aquella época, Chocolate echa de menos la comunicación entre
los artistas flamencos, el aprender unos de otros escuchándose. "Eso
se ha perdido y el motivo me calculo cuál es. Un día le di mi tarjeta
a un señorito y me dijo: "¡Caramba!, si está aquí
su teléfono". Y como hay teléfono, ya no hay un sitio donde
codearse y hablar de los tercios de unos y otros". Antonio Núñez
cree que era esa la forma de crear... aunque asegura no haber renunciado a esa
práctica: "Yo sigo creando tercios peculiares en la serrana, en la
soleá, en la seguiriya... estoy alargando y agrandando estilos como el
taranto de Manuel Torre, que era más seco. Yo le he buscado efecto para
que, por lo menos, me den para café y me den palmas".
De ahí el proyecto de la seguiriya de El Mellizo. Sin saber aún
si se atreverá con un cante que con palabras no puede explicar, y que ni
siquiera sabe si será detectado -"tendría que ponerse alguien
allí a mi lado a anunciarlo"-, Chocolate prepara su segunda intervención
en la décimo segunda edición de la Bienal de Flamenco de Sevilla,
cantándole por seguiriyas a la bailaora sevillana Manuela Carrasco en el
espectáculo Esencias. "Ya me ha llamado dos veces, así que
tendré que ir. Dice que no se muere sin que yo le cante por seguiriyas".
Y matiza que "es una fenómena, la que tenemos hoy pura".
Sobre la comunicación, sobre la pureza... y también sobre el
público reflexiona Chocolate en voz alta. El cantaor sabe que en un espacio
pequeño como la peña "hay más confianza, hagas lo que
hagas, te va a entender más que la masa del público"... a la
que no le ve la cara ni le adivina los deseos: "En el teatro hay una mayor
responsabilidad". El idioma es casi lo de menos. "En el extranjero,
igual que aquí, lo que te calienta es el público". Si bien
es cierto que "el extranjero te aplaude, pero no te jalea". Tan cierto
como que "al flamenco en el extranjero le guardan mucho más respeto,
lo tienen como una cosa no vista, al contrario que nosotros, que lo tenemos aquí
y no le echamos mucha cuenta".

Y con un par de anécdotas encadenadas, demuestra que pellizcar supera
idiomas, fronteras... y hasta especies. "Una vez que iba yo a cantar a Mairena,
donde se reunían todos los grandes, un español llevó a un
americano. Cuando terminó, le preguntó que quién le había
gustado más y el americano respondió: "Sho-co-laa-tte".
¿Y él me entendería a mí ni na? Y le transmitiría,
pues hay veces que, sin que sepan siquiera qué has cantado, has puesto
el vello de alambre".
No contento con la del americano, remata con la del perro... "Y voy a
contar una anécdota que me pasó a mí en Brenes. Tengo allí
una casita para veranear y un verano iba yo con mucha caló por la calle,
pegado a la pared, tarareando un cante por seguiriyas. A lo lejos vi que había
un perro muy grande. Era el cante del Marrurro. Y hace el perro de repente, sin
verme a mí, guaaaaau, guaaaaaaaaaaaau. Me transmití con el perro.
¿Qué le pasó al perro? Pues que era americano...".
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