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BIENAL DE FLAMENCO DE SEVILLA
2002.
CONCIERTO FLAMENCO PARA UN MARINERO EN TIERRA
Magnivicente
Silvia Calado Olivo. Sevilla, 11 de septiembre de 2002
Fotos: Javier Hurtado
Ciudad de las ideas/Concierto flamenco para un marinero en
tierra. Guitarra: Vicente Amigo. Segunda guitarra: José Manuel Hierro.
Cante: Blas Córdoba, José Parra. Voz, percusión: Patricio
Cámara. Percusión: Paquito, Güito. Bajo: J.P. Cucurella. Orquesta
de Córdoba. Orquestación: Leo Brower. Dirección: Joan Albert
Amargós. Teatro de la Maestranza. Sevilla, 11 de septiembre de 2002. 21
horas.
Sin
conocer el motivo, pero tampoco sin importarle -pues en lugar de resta era suma-,
todo el que se acercó al Teatro de la Maestranza anoche para compartir
el homenaje para guitarra y orquesta al poeta marinero de Vicente Amigo obtuvo
un bono 2x1. Por la audición de 'Concierto flamenco para un marinero en
tierra', venía de regalo el directo de 'Ciudad de las ideas'. Y, si por
receptor y emisor hubiera sido, aún estaríamos ahora por 'Vivencias
imaginadas' o por 'De mi corazón al aire'. Ni ganas de tocar ni disposición
a escuchar faltaron en una noche de unánimes oles, de palmas a compás,
de bis y bis y bis... Y todo ello dedicado, no sólo a Rafael Alberti, sino,
como expuso el guitarrista de Guadalcanal, a la paz. La efemérides lo pedía.
El bono regalo fue el primer plato. Una cara A en la que Vicente Amigo y compañía
acometían el ya horneado 'Ciudad de las ideas', recientemente puesto de
largo en el Festival de Verano del
Teatro Real de Madrid. Tinglaíllos percusivos varios, bajo eléctrico,
una segunda guitarra y el roto lamento de Blas Córdoba secundaban al tocaor
en el sonoro callejeo que prometía apenas cuatro temas en el programa -nunca
hacer caso a los programas... que hasta decía, por "fallos técnicos",
que el concierto era estreno absoluto- y, sin embargo, triplicó cuantitativamente
toda expectativa. La ensimismada taranta -exceso de rever, por cierto-, la salina
alegría, la ritmosa bulería, la rumba 'Ta tá', el cadencioso
bolero, la magnivicente soleá a Córdoba, a la ciudad de las ideas,
a esa de la que manan canciones que ya prescinden de hechuras para tomar por sí
mismas entidad. Y todo ello envuelto en un formato de grupo en el que la dinámica
entiende de crescendos, recortes, rasantes, balsámicos coros, silencios...
aunque, insistimos, nunca la formación de directo vaya a alcanzar las cotas
de calidad de la grabación.
El segundo plato, cara B. El grupo se recogió en fina hilera (con menos
percusión, con José Parra por Blas Córdoba al cante) y se
puso a la espalda toda una orquesta... y, a un lado, la voz del marinero desterrado.
El concierto, estrenado ya hace una década con motivo del centenario del
poeta del 27, traduce a notas los versos: metáforas, paralelismos, pleomasmos,
aliteraciones... Y lo hace con un tono cercano, familiar, de aquí, de lo
español, de lo andaluz, lo marino, lo taurino, sin pecar de folclorismo.
Vicente Amigo, cuando se colocó de espaldas a fagotes, violines y contrabajos,
ya tenía concedidas las dos orejas. Y ya intuía que iba a recibir
rabo, vuelta al ruedo y salida a hombros por la Puerta del Príncipe. Templó
la sonanta sin amilanarse, imponiendo su discurso al de la orquesta, sin volverse
atrás. Y se sintió esa España negra, la exuberante sensualidad,
los paseos por la arena, la pleamar, la bajamar... Qué bello oír
a toda una orquesta por alegrías. Qué bello oírla por guajiras.
Y, Vicente, capitán, tirando de timón hasta llegar a puerto, un
puerto en tierra que rompió en unánime ole tras la última
nota, tras el último verso.
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