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BIENAL DE FLAMENCO DE SEVILLA 2002. ORESTES EN LISBOA
Tragedia grecoflamenca con prospecto
Silvia Calado Olivo. Sevilla, 12 de septiembre de 2002
Fotos: Javier Hurtado
Orestes en Lisboa. Personajes. Los gitanos: Agamenón
(Antonio Reyes), Climestrea (Carmela Greco), Orestes (Manuel Reyes), Electra (Alegría
Suárez), Ifigenia (Inge Marín). Los dioses: Zeus (Alejandro Granados),
Atenea (Rafaela Carrasco). Los músicos: Guitarra (Canito), Piano (Pablo
Suárez), Contrabajo (Juan Miguel Guzmán), Violonchelo (José
Luis López), Percusión (José Antonio Galicia, Daniel Suárez).
El coro: Corifeo (Rafael Jiménez El Falo), semicoro masculino (Juan José
Suárez y Víctor Carrasco), semicoro femenino (Patricia Prieto y
María Nuño de la Rosa). Dirección: Francisco Suárez.
Dramaturgia: Blanca Suñén y Francisco Suárez. Teatro Lope
de Vega. Sevilla, 12 de septiembre de 2002. 21 horas.
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Si la mezcla de 'La Orestea' de Esquilo con la Revolución de los Claves
portuguesa ya suena a lío, si ello se enlaza con la historia de un gitano
portugués fratricida y la historia se cuenta con danza flamenca y teatro,
el cóctel ya requiere prospecto. Y, de hecho, lo había. El programa
de mano llevaba adjunto una hojita en la que, además de avisar de que La
Tolea era sustituida por Carmela Greco -por cierto que Manolete ya avisó
de su renuncia-, se reexplicaba el argumento e incluso se exponía una tabla
con las connotaciones adjudicadas a cada símbolo escénico: la lámina
de acero es "signo de poder y de violencia", el chal verde es "la
injusta sumisión femenina", la lámpara de cristal es "la
presencia de la muerte"... Si la obra no se explica por sí misma,
algo falla.
Por partes. La danza. Habría que sacar de contexto un par de números
para encontrar danza flamenca digna de reseñar. Casualmente, la de los
dioses. Alejandro Granados, en el papel de Zeus, y Rafaela Carrasco, en el rol
de Atenea, bailaron el uno con su habitual elegancia clasicista y la otra con
precisión curvilínea. El resto de los danzantes, los humanos, ni
tan siquiera alcanzaron las faldas del Olimpo.
La música. La composición de Juan Antonio Suárez, Canito,
buscó infructuosamente lucimiento. La guitarra se halló extraviada,
también el cajón, el resto de las cuerdas intentaron ambientar cuanto
pudieron y José Antonio Galicia, una de las bazas del elenco, se esforzó
en enfatizar intensidades con los instrumentos percusivos a su alcance, tan experimentado
en acolchar coreografías de artistas como Rafael Amargo y Ángel
Rojas, como recoge 'Tres en raya' (Alía, 2001), del que se extrae el corte
en el cuan almuédano corea. El cante, incorporado a la escena en un grupo
coral, tampoco estuvo a la altura de la divinidad. El Falo ahogó sus desatinos
en letras con fines explicativos propias de función colegial. La soleá,
la seguiriya, la rumba, la quieroynopuedo alboreá, la rumba catalana, los
tientos, las alegrías, la balada informe... ¡por Amalia (Rodrigues),
gracias al fado enlatado!
El teatro. Incluso con libreto, la narración era difícil de seguir.
Francisco Suárez no empleaba actores, ni daba texto a los bailaores como
hizo con Merche Esmeralda en 'Bodas de Sangre' (1998). La danza debía narrar
y los textos vertidos, vía cante, matizar. La misma misión tenía
la escenografía, de carácter abiertamente simbólico, como
hace unas líneas se explicaba, y también la iluminación,
siempre parca de tan tinieblas. Y sobró atrezzo y sobró purpurina
en esta prospección aflamencada de tragedia griega, que no es ni esto ni
aquello. Que unos se salieran antes de que el telón cayera y otros se rompieran
en aplausos dio una vuelta más al ovillo...
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