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BIENAL DE FLAMENCO DE SEVILLA
2002.
EL COLOR DE LA ARMONÍA/UN RAMITO DE LOCURA
La cuerda locura de la creación
Silvia Calado Olivo. Sevilla, 25 de septiembre de 2002
Fotos: Javier Hurtado
El color de la armonía. Gerardo Núñez:
guitarra. Pablo Martín: contrabajo. Ángel Sánchez, Cepillo:
percusión. Un ramito de locura. Carmen Linares: cante. Gerardo Núñez:
guitarra. Pablo Martín: contrabajo. Cepillo, Agustín Henke: percusión.
José Manuel León: guitarra. Ana González, Federico Baeza,
Miguel Ángel González, Manuel González: palmas y coros. Teatro
de la Maestranza. Sevilla, 25 de septiembre de 2002. 21 horas.

Carmen Linares y Gerardo Nuñez
Cuando durante un concierto de Gerardo Núñez alguien comenta,
más bien con poco estilo, que "a ver si sacan ya al tocaor" el
halago se impone al insulto, pues es señal de trascendencia. Si el niño
pintor a los doce años ya ha superado el realismo... o se da a la creación,
o se dedica a las marinas de listas de boda. Si el niño guitarrista ya
entonces acompañaba a Borrico... a dar color a la armonía. Gerardo
Núñez, uno y trino, escarba en un concepto tan personal como transfronterizo
de entender la música, que no sólo el flamenco. Y el matiz es el
que supera a los fanáticos de este micro-orbe. Tocaores hay tantos...
'El color de la armonía', concierto anunciado como estreno absoluto,
supone una nueva travesía en ese viaje de búsquedas, encuentros,
descubrimientos, en el que está embarcado el icosaedro instrumental Jerez-Vitoria-Sanlúcar-Universo.
El guitarrista salió solo a tocar 'Yerma', composición para obra
dramática en la que todo germina. Mínimo, silencioso, rasante, flotando
y, entre tanto, se hace el trío encauzando los sonidos hacia una soleá
por bulerías. El contrabajo, pizzicato, tensando en la base que apuntala
el cajón, la guitarra por arriba, por abajo, por medio, por todo. Uno y
trino. 'Trafalgar' se avanza con arco, Gerardo lo recoge ducho en dinámica,
de más a menos sin soltar el tempo. Y qué más da resolver
el acertijo referencial, si a ti te gustaría que fuera una nana y te corre
una lágrima por la cara. Un guiño a dos: el contrabajo pellizcado
en las cuerdas y percutido en el cuerpo. Ejercicio de humildad, uno de tantos
durante el recital. Cortes, desgarros, silencios, la digitación desgañitada
-porque también sabe-, el diálogo de cuerda a cuerda...
Aunque 'Un ramito de locura' es otra obra y hubo veinte minutos de entreacto,
el punto suspensivo conduce a terminar la frase. El coloreo de Gerardo Núñez
envuelve ahora al cante, al cante grande, sereno, elegante, de Carmen Linares.
Y es ella quien alardea de humildad para, sin moverse del sitio, Gerardo Núñez
bucee más y más en su locura armónica. Un ejemplo: cuando
en la bella 'Milonga del forastero' de Borges, la cantaora se clava, maestra,
y la guitarra dobla la medida. Y de forma menos evidente ocurre en el resto del
concierto... conciertazo de profesionales a la altura del espacio. Tonás,
soleares, bulerías, romeras -un negativo para el coro-, taranta, seguiriya
y cabal, tangos, seguiriyas. El cante fue estremecedor para unos, frío
para otros... cuestión de sensibilidades, gustos, clichés. Pero
sin cabida para la discusión en cuestión de sabiduría, madurez,
afinación, dramatismo, clase, música. Hay tantos pintores de marinas...
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El envés
Por fin. Una artista se da cuenta del truco
temporal. Que los fotógrafos tengan que acudir a pases gráficos previos para tomar
imágenes del futuro directo supone que las fotos que se verán en los medios serán
las de ese antes. Y si al antes vas con la camiseta del I love Benidorm...
así será en los papeles. La cuestión es si a los artistas no les importa, si no
hay quien les convenza de darle importancia, si es cuestión de organización. Pues
sí, ese era el vestido que Carmen Linares llevaba en su triunfal noche en el Teatro
de la Maestranza.
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