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BIENAL DE FLAMENCO DE SEVILLA 2002. ESTRELLA MORENTE

El trino, la arritmia, la copla

Silvia Calado Olivo. Sevilla, 6 de octubre de 2002
Fotos: Javier Hurtado

Mestizaje. Estrella Morente: cante. Alfredo Lagos, Miguel Ochando: guitarra. Ramón Porrina, Bandolero: percusión. Auditorio. Sevilla, 10 de octubre de 2002. 22:30 horas.

Cuando Estrella Morente entonó sus primeros trinos, el público comenzó a tragarse el enfado. Cuarenta minutos de retraso al relente oficialmente justificados por el derbi... La granaína había entrado acancionada apuntando sus floreos vocales naneando, vestida de corto. Cantiñeó a continuación asiendo a Pastora Pavón del mandilón. Gorgoriteando antigua, jugueteando con las melodías, con las castañas de Galaroza y, al tiempo, con su personaje. Que remata con un plante de brazo, que se vuelve de espaldas, que gesticula diciendo, que recoge el mantón. Se apoca por tientos y soleares, poniendo en juego el ritmo del espectáculo, sin comprender a ratos que un auditorio al aire libre para ocho mil personas se enfría irremediablemente. Continuó descendiendo levantina tan lírica, tan comedida, tan barroca a solas con Miguel Ochando quien conduce al pajarito a tierras propias. La granaína chorrea tranquila de la sonanta, un liriri la acaricia, un aplauso (el único de la noche a mitad de copla) la reprueba. Y ella que sonríe, que sabe renunciar al trémolo y sube limpia sin piedad. Las chicharras le hacen compás si es que no son sordas. Tan despacito canta, tan recogida, tan enrevesado el camino melódico, que ha de dispensar excitantes: morentina. Y se pone de pie y se acanciona recurriendo a progenitor. 'Super flumina...'. Sobre las corrientes de San Juan de la Cruz. Las formas tan propias, su repertorio grabado tan poco defendido.


Estrella Morente

El ritmo del concierto definitivamente toca suelo cuando la niña sale a cambiarse de traje. Un solo de cajón no basta, tampoco la guitarra fandanguera... se toma su tiempo antes de salir disfrazada de musa goyesca. Viene invocando a los muleros, siguiendo a los peregrinitos que hacia Roma caminan, se cruza con el manisero... y entonces sí, entonces agarra con fuerza el recital, despabila al respetable y se arrebata presta a iniciar un crescendo que espante a Morfeo. Previo ajuste con los guitarristas, ella comodísima y lanzada, da unos cuantos pases de mantilla y escala al Cerro de Palomares, baila un poquito, tanguea... Y, diciendo homenajear a Sevilla por la vía del toreo, llega a su sitio. Estrella Morente se erige en tonadillera y, haciendo las delicias de ese público de señora cincuentona (con todos los respetos) por el que ha cambiado a sus iniciales seguidores bisoños, se pasea por el borde del escenario terminando su faena. Que tiemble el gremio coplero. El público acabó en pie, se le gritó guapa unas cuantas decenas de veces y llamó a su familia en la tabla para despedirse por bulerías. Un fin de fiesta que, al tiempo, fue fin de Bienal. Y empate en el Sánchez Pizjuán.

El envés

La décimo segunda edición de la Bienal de Flamenco de Sevilla se terminó. Tras treinta y tantos días de función, el suspiro de alivio es inevitable. El atracón de flamenco requiere ahora una digestión que se supone dilatada. Tanto es menester reflexionar sobre el resultado de este festival de festivales: lo atinado o no de la programación, lo relativo de su carácter internacional, lo resuelto o no de la gestión organizativa... A tomar aire.

 

revista@flamenco-world.com

 

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